Historia de la estupidez humana

Escrito por novoyatirarlatoalla 16-01-2007 en General. Comentarios (5)




PRÓLOGO DEL LIBRO DE PAUL TÁBORI.


INTRODUCCIÓN:
H I S T O R I A D E L A E S T U P I D E Z  H U M A N A

INTRODUCCIÓN
Algunos nacen estúpidos, otros alcanzan el estado
de estupidez, y hay individuos a quienes la estupidez
se les adhiere. Pero la mayoría son estúpidos
no por influencia de sus antepasados o de sus contemporáneos.
Es el resultado de un duro esfuerzo
personal. Hacen el papel del tonto. En realidad, algunos
sobresalen y hacen el tonto cabal y perfecto.
Naturalmente, son los últimos en saberlo, y uno se
resiste a ponerlos sobre aviso, pues la ignorancia de
la estupidez equivale a la bienaventuranza.
La estupidez, que reviste formas tan variadas
como el orgullo, la vanidad, la credulidad, el temor y
el prejuicio, es blanco fundamental del escritor satírico,
como Paul Tabori nos lo recuerda, agregando
que “ha sobrevivido a millones de impactos directos,
sin que éstos la hayan perjudicado en lo más
mínimo”. Pero ha olvidado mencionar, quizás porque
es demasiado evidente, que si la estupidez desapareciera,
el escritor satírico carecería de tema.
Pues, como en cierta ocasión lo señaló Christopher
Morley, “en un mundo perfecto nadie reiría”.
Es decir, no habría de que reírse, nada que fuera
ridículo. Pero, ¿podría calificarse de perfecto a un
mundo del que la risa estuviera ausente? Quizás la
estupidez es necesaria para dar no sólo empleo al
autor satírico sino también entretenimiento a dos
núcleos minoritarios: 1) los que de veras son discretos,
y 2) los que poseen inteligencia suficiente
para comprender que son estúpidos.
Y cuando empezamos a creer que una ligera dosis
de estupidez no es cosa tan temible, Tabori nos
previene que, en el trascurso de la historia humana,
la estupidez ha aparecido siempre en dosis abundantes
y mortales. Una ligera proporción de estupidez
es tan improbable como un ligero embarazo.
Más aún, las consecuencias de la estupidez no sólo
son cómicas sino también trágicas. Son reideras,
pero ahí concluye su utilidad. En realidad, sus consecuencias
negativas a todos influyen, y no sólo a
quienes la padecen. El mismo factor que antaño ha
determinado persecuciones y guerras, puede ser la
causa de la catástrofe definitiva en el futuro.
Pero encaremos el problema con optimismo.
Acabando con la raza humana, la estupidez acabaría
también con la propia estupidez. Y ése es un resultado
que la sabiduría nunca supo alcanzar.
En su inquieto (y fecundo) libro, Paul Tabori
describe los aspectos divertidos y las horribles consecuencias
de la estupidez. El lector ríe y llora (ante
el espectáculo humano) y sobre todo reflexiona. A
menos, naturalmente, que el lector sea estúpido.
Pero no es probable que la persona estúpida se
sienta atraída por un libro como éste. Una de las
concomitantes de la estupidez es la pereza, y en
nuestro tiempo hay cosas más fáciles que leer un
libro (especialmente un libro sin ilustraciones y que
no ha sido condensado). Tampoco trae un cadáver
en la cubierta, ni una joven bella y apasionada.
Sin embargo, el lector que supere esta introducción
y el breve primer capítulo hallará después
abundante derramamiento de sangre y erotismo, y
también ingenio, rarezas, fantasmas y exotismo.
Quizás no existe argumento, porque esta obra no es
de ficción, pero hay algunos episodios auténticos (o
por lo menos bastante probados), cualquiera de los
cuales podría servir de base a un cuento... o a una
pesadilla.
Tabori muy bien podría haber llamado a su libro:
La anatomía de la estupidez, pues ha encarado el
tema con el mismo bagaje de erudición y de entusiasmo
que Robert Burton aplicó en La Anatomía de
la Melancolía. Aquí, lo mismo que en el tratado del
siglo XVII, hallamos una sorprendente colección de
conocimientos raros, cuidadosamente organizados y
bien presentados. Aparentemente, Tabori leyó todo
lo que existe sobre el tema, de Erasmo a Shaw y de
Oscar Wilde a Oscar Hammerstein.
El autor revela el tipo de curiosidad intelectual
que no se atiene a las fronteras establecidas por la
cátedra universitaria o por las especialidades científicas,
y que es tan difícil hallar en nuestros días. A
semejanza del estudioso europeo de la generación
anterior, o del hombre culto del Renacimiento, pasa
fácilmente de la historia a la literatura, y de ésta a la
ciencia, citando raros volúmenes de autores franceses,
alemanes, latinos, italianos y húngaros. Sin embargo,
su prosa nunca es pesada ni pedante. En
lugar de exhibir un arsenal de notas eruditas, oculta
las huellas de su trabajo, del mismo modo que el
carpintero elimina el aserrín dejado por la sierra.
Aunque Tabori dice modestamente de su libro
que es mero “muestrario”, se trata de un muestrario
profundamente significativo. Si, como dice el autor,
ésta no es la historia completa de la estupidez, sólo
nos resta sentirnos impresionados (y deprimidos)
ante la vastedad del tema. Sería lamentable llegar a
la conclusión de que es posible escribir sobre la estupidez
del hombre un libro más voluminoso que
sobre su sabiduría.
La fascinación que ejerce la obra de Tabori proviene
precisamente de la variedad de los temas
abordados. Obras antiguas, medievales y modernas
le han suministrado toda suerte de hechos increíbles
y de leyendas creíbles sobre este “astro siniestro que
difunde la muerte en lugar de la vida”. El autor cita
sorprendentes ejemplos de estupidez relacionados
con la codicia humana, el amor a los títulos y a las
ceremonias, las complicaciones del burocratismo,
las complicaciones no menos ridículas del aparato y
de la jerga jurídica, la fe humana en los mitos y la
incredulidad ante los hechos, el fanatismo religioso,
sus absurdos y manías sexuales, y la tragicómica
búsqueda de la eterna juventud.
Sí, éste es el lamentable archivo de la humana
estupidez, desde los vanos ritos de Luis XIV hasta
la autocastración de la secta religiosa de los skoptsi;
desde el miembro de la Academia Francesa de
Ciencias que obstinadamente insistió en que el invento
de Édison, el fonógrafo, era burdo truco de
ventrílocuo, a la técnica de Hermippus, que aseguraba
la prolongación de la vida mediante la inhalación
del aliento de las jóvenes doncellas, desde la fe
en la vid que producía sólidas uvas de oro, al bibliófilo
italiano que consagró veinticinco años a la creación
de una biblioteca de los libros más aburridos
del mundo. ¡Cuán estúpidos somos los mortales!
En general, Paul Tabori se contenta con relatar
la historia de la estupidez, acumulando ejemplos y
más ejemplos. En su condición de estudioso objetivo,
no deduce moralejas ni extrae lecciones. Sin
embargo, como hombre sensible que es, experimenta
dolor y desaliento. “La estupidez”, nos dice
con tristeza, “es el arma más destructiva del hombre,
su más devastadora epidemia, su lujo más costoso”.
¿Sugiere Tabori una cura efectiva de la estupidez?
¿Anticipa el pronto fin de esta peste? Tiene
algunas ideas, relacionadas con la salud de la psiquis,
y alienta ciertas esperanzas. Pero conoce demasiado
bien a la raza humana, de modo que no puede prometer
mucho. Habida cuenta de la experiencia de
siglos, abrigar mayores esperanzas sería también dar
pruebas de estupidez.