Junto al Lago azul de Ypacarai(Samper Tizano)

Junto al lago azul de Ypacarai

 Visitar a Pénjamo,después de haberme enamorado de él por la canción que lo pintaba como un pequeño paraíso rural, ha sido una de las grandes desilusiones de mi vida.Muchos crecimos cantando las notas de "mi lindo Pénjamo"; así que,cuando tuve una oportunidad de ir a México, me tomé el trabajo de trasladarme hasta allí. Quería ver en persona semejante ensueño. Fue terrible. Sus torres cuatas eran dos esqueletos metálicos para alambres de alta tensión; el paseo deChuripitzeo no pasaba de ser un peladero de tierra arenosa; y "su gran variedad de pájaros" quizás consistía en una referencia al mingitorio,pues lo único en que se veía gran variedad era en mosquitos. Eso sí, de tal tamaño que no se me haría raro que gorjearan por la mañana.

Ese día juré no creer nunca más en las mentiras de las canciones. Pero el alma del hombre es débil,ay, y acaba por traicionar sus más firmes juramentos.

Hace poco estuve en Paraguay acompañando a la Selección Colombia. Durante los dos primeros días demi permanencia en Asunción —ciudad tan ignorada como grata— sobrevoló mil veces mi corazón la letra de "Recuerdos de Ipacaraí". Pero la experienciade Pénjamo derrotó igual número de veces la tentación de visitar el lugar.Empero, el último día de mi permanencia ganó la nostalgia de aquellas novias con las cuales bailé enternecido "una noche tibia nos conocimos junto al lago azul de Ipacaraí", y alquilé un carro. "Al lago azul deI pacaraí", le ordené al chofer en forma imperativa. Alcancé a notar una leve sonrisa en su rostro, pero al final se limitó a comentar algo en lengua nativa y arrancar en dirección a la romántica quimera de tantos enamorados:"Yo cantaba triste por el camino bellas melodías en guaraní".

Comienzo por decir que el lago no se llama Ipacaraí sino Ypacarai. La diferencia es importante en guaraní, me explicó el chofer. En su lengua, Y significa agua, y no se pronuncia con el mismo sonido abierto de la I, sino como una especie de U pujada. El chofer me explicó que "caraí" quiere decir"señor". Era cuestión de sumar: "Señor de las aguas". Sólofaltaba la partícula "pa". Supuse que significaba "azul";en otras palabras, "Señor de las aguas azules". Algo así como un Bochica paraguayo. Chévere, pensé. Me iba a desquitar de Pénjamo.

El automóvil abandonó el perímetro de Asunción, tomó una carretera que conduce a Luque y atravesó luego la pequeña villa. Vi el cementerio. Era el cementerio más curioso de cuantos he conocido: las tumbas están pintadas en colores parranderos —rojos, rosados,amarillos, verdes— como si ya hubiera llegado el Gran Jolgorio de la Resurrección. Tienen ventanales y puertas. Más que un camposanto, parece una urbanización de clase media para pitufos.

Seguimos de largo. Los chacreros cebaban tereré, que es un mate helado, y trataban de espantar la humedad caliente del mediodía. A la salida de Luque observé una casa miserable,casi un quincho, en cuyas paredes se leía: "El Farolito:restaurante-show". Tuve un amargo presentimiento. El presentimiento de que el autor de la canción pudiera ser tan dado a la hipérbole como el dueño del desvencijado night-club luqueño. Otravez la carretera. Atravesamos una planicie verde sembrada de palmeras de mararay, mangos y tayús. Después de unos pocos kilómetros, el letrero anunciabala proximidad de Caacupé-Mi. El chofer tradujo: en guaraní, Caacupé-Misignifica "Más allá del cerro". "¿Cuál cerro?", pregunté con curiosidad, pues no veía nada que se le pareciera: "El que acabamos de pasar", contestó el chofer. No era cerro; no era colina; no era montículo;era una minusválida ondulación de tierra, de aquellas que Lucho Herrera remonta a 80 por hora cabalgando en bacinilla de carreras. Temí que el amor por la exageración retórica fuera enfermedad común de la región.

Llegamos a Aguará, la población ribereña. Ya no quise saber su significado en español. Por la abundancia de talleres de mecánica automotriz instalados en potreros y de puestos de reparación de neumáticos que despachaban en zaguanes pensé queAguará bien puede ser el nombre con que los fieros guaraníes designan elMercedes Benz. El chofer torció por una calle de arena oscura y luego por otra de adoquines bermejos; agarró luego una especie de avenida gualda y de repente estábamos al borde de un lago.

Era una enorme masa del color y la densidad del arequipe. "¿Ipacaraí?", pregunté con timidez."Ypacarai", respondió el chofer. Busqué por todos lados el azul. No pude encontrarlo. Eran aguas irrevocablemente carmelitas, que lamían la playa mulata. Hallé latas de cerveza, vasos plásticos, una chancleta huérfana panza-arriba y cagajones de vaca. Recorrí varias cuadras por las orillas del lago en busca del azul soñado. Topé con pedazos de palo color palo, con cáscarasde banano color banano y con pasto color tabaco. Incluso vi un pedazo de papel amarillento que hacía propaganda al Partido Colorado. "¿Y el azul?",interrogué finalmente al chofer, imaginándome lo peor. "Aquí no hay nada azul, señor —contestó el hombre—, solamente las plumas del tuyuyú...". Yseñaló una bandada de pseudo-gaviotas que surcaban el cielo marrón. Podría jurar que también las plumas del tuyuyú me parecieron de color castaño.

Di la orden de regresar.Y cuando el carro se alejó de la orilla —"¿Dónde estás ahora, cuñataí, que tu suave canto no viene a mí?" —derramé una lágrima de chocolate bajo el inclemente sol caqui.


Confesiones de un nudista debutante(Samper Tizano)

Confesiones de un nudista debutante.-

 SAMPER TIZANO.-

Cuando nuestra guía australiana me informó telefónicamente el programa para la mañana siguiente,dio la coincidencia de que había un espejo de cuerpo entero frente a mi cama en la habitación del hotel de Sydney.

—¿Dijo playa nudista? —le repetí, pensando que era una trampa del deficiente inglés que hablábamos tanto ella como yo.

Pero no había equivocación alguna. El programa señalaba una visita a playa de Obelisque, a unos 20 kilómetros de Sydney, donde, con permiso de las autoridades, los bañistas suelen asolearse con el equipo de carretera al aire.

—Sí, sí, nudista. En Australia el sol es rey y es bueno conocer uno de los lugares donde se le rinde culto al sol.

Me observé en el espejo.Nunca antes había estado tan barrigón. Ni tan blanco. Parecía un vaso de leche.Mejor dicho, un ánfora de leche. Por lo redondo.

—Pero, Paula, el problema es que mi religión me prohíbe cultos paganos.

—La manera como lo he visto mirar a las chicas top-less en otras playas me hace pensar que en su religión cabe aun un culto más atrevido. A menos que tenga algo qué esconder...

Paula era una muchacha de25 años muy bonita a la cual le tocaba lidiar el grupo de siete periodistas de diversos países que habíamos sido invitados por la aerolínea Qantas a conocer la tierra de los canguros. Me sentí desafiado con su última frase.

—¿Usted va a ir? —le pregunté.

—Claro que sí. Yo adoro el sol. Verá que a los cinco minutos ni se acuerda de que es una playa nudista, y está durmiendo delicioso bajo el sol.

—Paula: odio el sol.

Paula colgó y yo volví a mirarme en el espejo. No me veía en una playa nudista, francamente. O, mejordicho, me veía mirando, pero no me veía dejándome mirar. Uno todavía conserva su pudor. Y su barriga. Pero sobre todo su barriga. Que es de donde nace lo del pudor. Diez minutos después volvió a sonar el teléfono. Era otra vez Paula.

—Le tengo una buena noticia —me dijo—. Algunos de los periodistas han conseguido una cita con el subsecretario de Hacienda municipal de Sydney. De manera que si no quiere ir mañana a la playa nudista, puede sumarse a los que entrevistarán al subsecretariode Hacienda.

—¿Hay que ponerse corbata?

—¡Cómo se le ocurre! En ninguna playa nudista exigen corbata.

—Hablo del tipo ese del municipio...

—¡Ah! Naturalmente.Corbata y saco de paño.

Me miré rápidamente en el espejo. Si bien no me veía desvestido en una playa nudista, mucho menos me veía vestido con saco y corbata en una reunión a 28 grados centígrados con un burócrata municipal.

—Paula: anóteme para la playa nudista —capitulé con desconsuelo.

 

Nos encontramos en el lobby del hotel a las diez de la mañana. Lo que me temía: estábamos solamentePaula y tres periodistas: el sueco, el noruego y este servidor, cuya barriga y angustia parecían crecer al lado de la flacura y frescura de los dos compañeros.

En media hora —la media hora más veloz de mi vida— el taxi nos condujo a la playa. Paula nos indicó los vestieres en los cuales debíamos cambiarnos. Bueno, cambiarnos es un decir:pelarnos. A lo lejos, junto al mar, se veían seres humanos echados en la arena.Eran los nudistas. Pasaron dos muchachas bronceadas espectaculares. En cueros.No aguanté más y tomé a Paula por el brazo.

—¡No puedo salir así! —le comenté con terror, señalándolas.

Ella se rio.

—Todos  están bronceados,y son flacos, y no les da pena —continué.

—La primera vez es un poquito difícil. Pero a los pocos minutos se le olvida a uno que esas muchachas están sin ropa —me aseguró Paula.

—Mi punto es ese: que yo tengo muy buena memoria y no se me va a olvidar. Y, como a mí no se me olvida,me temo que las haré recordar a ellas que yo tampoco llevo nada encima.

—No sea cobarde —insistió Paula—. Sus dos compañeros ya salieron.

Sí: los dos miserables sedirigían con las ropas en la mano hacia el mar. Escandinavos tenían que ser. Y flacos.

Tardé como 25 minutos en desvestirme dentro de la caseta. Paula empezó a golpear la puerta.

—Ya voy, ya voy—le dije—.¿Es que usted ya está lista?

Paula contestó que sí.Que estaba esperándome para acompañarme. A menos que tuviera algo que ocultar.La perspectiva era terrible. Me parecía fatal salir solo, sin un apoyo solidario en mi debut de colombiano nudista. Pero me parecía mucho peor llegar de la mano de Paula. Mi fisiología latina no estaba preparada para tomar con serenidad tantas novedades. Todavía me demoré diez minutos. Paula estaba apunto de echar abajo la puerta.

No había nada qué hacer.Hinqué una rodilla en tierra, como he visto que lo hacen los toreros, me encomendé a la Virgen de la Macarena, agarré el taleguito con mi ropa, traté de meter la barriga y abrí la puerta.

Abrí la puerta del vestier, con mi ropa en un taleguito, decidido a enfrentar lo que viniera.

Lo que primero venía eraPaula. Estaba en el traje adecuado para una playa nudista, pero yo —zanahorio y aterrado— no me atrevía a mirarla más que a los ojos. Paula me vio y meneó la cabeza.

—Me parece increíble que un señor de su edad ande todavía con pudores de chiquillo —dijo—. ¿Por qué se esconde detrás de ese periódico?

—Temo que me miren —le contesté con entera franqueza. En efecto, me había improvisado una especie de ruana con hojas de diario que me protegía de observadores curiosos.

—Nadie lo va a mirar—adujo Paula—. Y, de todos modos, no hay nada más hermoso que el cuerpo humano.

Yo recordé, como un relámpago, lo que había pesado la última vez que me subí a una balanza. Al mismo tiempo, eché una rápida ojeada a Paula.

—Dirá su cuerpo humano, porque lo que es el mío...

Paula parecía realmente molesta.

—Bote esos periódicos,camine conmigo a la playa y dejémonos de vainas —me dijo.

(En realidad no dijo"dejémonos de vainas", sino "let's stop this non-sense",pero yo he juzgado que una buena traducción de esto último es lo primero).

Un segundo después Paula se lanzó sobre las hojas de periódico que cubrían precariamente mi pudibundez (los cachacos somos pudibundos), las desgarró y, al sentirme expuesto a la vista del mundo entero, me cubrí la cara con las manos. Pero no se produjo ningún grito aterrado, como yo esperaba. No llovieron tomates ni huevos podridos sobre mi desvestida humanidad. Todo seguía perfectamente normal. Paula no se reía. Las gentes no me señalaban con el dedo. Las señoras no se acercaban con  maliciosa curiosidad a examinarme de cerca.

—¿Ya vio? —Me preguntóPaula sin reparar en mi situación— Aquí nadie mira a nadie, ni hay quién lopudiera reconocer. Nos interesa es tomar el sol.

Empezamos a caminar los 40 ó 50 metros que nos separaban del borde del mar. Al llegar a la playa, donde había decenas de bañistas color caramelo, sentí que brillaba. Pero,lamentablemente, no por mi ausencia.

Ya estaba a punto de creerle a Paula aquello de que en estos sitios nadie mira a nadie (yo, almenos, no me atrevía a mirar a otro punto que el horizonte), cuando, al pasar cerca a una pareja que se asoleaba, el señor me dijo, creyendo reconocer en mía un correligionario judío: —¡Shalom!

Apenado, no contesté nada. Pero le comenté a Paula que, evidentemente, no era cierto aquello de que los bañistas se abstuvieran de observar a sus semejantes. La pareja se había equivocado.

—No se afane —contestó ella, que había escuchado el saludo—. Usted sabe que los judíos están convencidos de que pueden reconocerse entre sí aunque nunca se hayan visto.

Dejé pasar el incidente sin que el pánico se apoderara de mí. Con Paula fuimos a buscar a los dos periodistas escandinavos, que para entonces ya estaban echados sobre sendas colchonetas tostándose.

Yo me limité a recostarme con cierta timidez sin desprender la vista del horizonte. Quería evitar situaciones molestas, como la de parecer mirón en una circunstancia en la cual siempre pensé que lo sería. Al cabo de un cuarto de hora una señora que pasaba por enfrente se detuvo y me preguntó en inglés: — ¿Es usted colombiano?

Aterrado, miré a Paula(ella hizo gesto de no tener ni idea qué estaba ocurriendo); asentí a la señora y la vi sonreír.

—Lo sabía— dijo.

Yo, que desgraciadamente no tengo pinta de boyacense sino de vikingo, alcancé a preguntarle cómo lo sabía.

—Es obvio —contestó ella enigmáticamente. Y siguió su camino. Biringa.

El asunto me estaba poniendo definitivamente nervioso. No hay razón para que en una playa de Sydney, Australia, a 14 horas en jet del mundo, le hagan a uno preguntas de esas. Paula me tranquilizó. Dijo que tal vez era una coincidencia. Quizá la señora había visto mi pasaporte al registrarme en el hotel y había resuelto hacerme una broma. No me convenció del todo. Me recliné inquieto y, para que el sol no acabara con mi calva, me cubrí la cara con una revista que llevabaPaula.

Calculo que sólo habían transcurrido veinte minutos cuando se produjo el incidente.

Escuché dos voces femeninas que —sin haberme visto la cara— gritaban en español: "Miren,allí está Samper, el que escribe en  EL TIEMPO".

Entonces agarré mi talego y, sin voltear a mirar, salí corriendo de la playa, de Sydney y de Australia,aunque debo decir que en los dos últimos tramos de mi viaje de huida ya estaba vestido.


LIBREPENSAMIENTO

.Nunca te des por vencid@

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