Niños,lejos de Disneylandia.(Cristina Civale)

Escrito por novoyatirarlatoalla 05-01-2007 en General. Comentarios (2)


Illustration: Herman Wiederwohl

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el libro"Hablemos francamente sobre el maltrato físico del niño"
en:
http://www.nospank.net/castigo.htm
Hablemos francamente sobre el castigo físico de los niños fue publicado en 1992, la última versión corregida siendo del agosto 2002. Al copyright se renuncia de esta publicación, que se puede obtener libremente a www.nospank.net/castigo.pdf como fichero de Adobe PDF, reproducir y difundir. Visite www.nospank.net para más información sobre esta tema. Parents and Teachers Against Violence in Education es una 501(c)(3) organización sin fines de lucre 501(c)(3). Dirija todas preguntas a PTAVE, P.O. Box 1033, Alamo, CA 94507, o por e-mail ptas@nospank.net
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ADELANTO DE OTRO LIBRO SOBRE EL TEMA:
http://www.clarin.com/suplementos/libros/2006/03/10/l-01288895.htm


Éste es un libro de casos reales, historias de niños cuyas vidas han sido definidas
dramáticamente por la voluntad de sus mayores, infancias que nunca conocerán algo
 parecido a Disneylandia. Su autora obedeció al impulso de ocuparse de este tema el
día que un nene llamado Samuele, de tres años, fue apuñalado una mañana de invierno
 en Italia: la primera y única sospechosa era su madre.

En junio de 2006, luego de un demorado juicio, la joven mujer fue condenada a treinta
años de prisión. Sin embargo, hoy está en libertad. Cristina Civale inició entonces una
exhaustiva investigación periodística y así fueron apareciendo los casos de Francis,
el niño soldado que terminó matando a niños de su edad; Iqbal, el niño esclavo, infatigable tejedor de alfombras; la madre depresiva que metió a su bebita Vittoria en el lavarropas
y dijo haberla confundido con la manta que la envolvía; el famoso caso de Sabine, la niña
raptada y abusada en Bélgica por un viejo pederasta; la escalofriante historia de Horacio,
uno de los tantos argentinos robados por los asesinos de sus padres durante la última
dictadura militar, un chico que siempre sospechó que no era hijo de esos padres;
la increíble historia de Ester, cuya madre le infligía síntomas de enfermedades y casi la
lleva a la muerte; las vidas vapuleadas de los hondureños Jose Luis y Omar.
Todos ellos niños abusados por sus familiares o por perversos desconocidos.
O expulsados de sus casas por la pobreza, lanzados a la prostitución o la criminalidad.

Civale ha llevado adelante una investigación difícil, cruda y realista, que denuncia uno
de los lados más oscuros de las personas. No hay golpes bajos porque el simple relato
de la realidad ya es suficientemente condenatorio. Un libro imprescindible que tiene la
habilidad de narrar el horror sin regodearse, que nos invita a recuperar nuestra capacidad de indignación y a leer con los ojos muy abiertos.

Cristina Civale -La autora-Nació en 1960. Vive y trabaja entre Buenos Aires y Génova. Es escritora y periodista y licenciada en Letras de la Universidad de Buenos Aires. Cursó estudios cinematográficos en Buenos Aires y en La Habana. En 1993 publicó su primer libro, Hijos de mala madre, fragmentos de una generación dudosa, un ensayo sobre la generación de los treinta y pico a principios de los 90. En 1995 publicó su primera ficción, Chica fácil.

Desde 1980 se desempeñó como periodista en diversos medios, primero como redactora
y luego como editora. Desde el semanario El Periodista pasando por el Suplemento Las 12
de Página 12,  la revistas Gente y Elle, el diario Perfil y el semanario Tres puntos. En España colaboró para el periódico El País (2000-2001) y para el magazine Elle, en el que también escribió para su versión italiana. Desde julio de 2005 es columnista de arte de Clarín.com. Actualmente dirige la agencia de comunicación y el site cultural TroVarelAmerica.

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Adelanto de 20 páginas del libro-CLARIN DIGITAL-

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Este libro nació mientras vivía en Italia. No es un libro
de crónicas, no es un estudio sociológico con
pretensiones de arribar a conclusiones genéricas sobre el
estado de la infancia en el mundo: es un libro de casos,
avalado por una exhaustiva investigación periodística,
donde el sujeto es un niño que padece algún tipo de
maltrato, muchas veces poco difundido o directamente
desconocido o, lo que es peor, naturalizado por su
presencia reiterada como parte de un paisaje, en
apariencia, inmodificable.
Exactamente empecé a imaginarlo el día que un nene
llamado Samuele –conocido en toda Italia como “il piccolo
Samuele”-, de tres años, fue apuñalado una mañana de
invierno, el 30 de enero de 2002. La primera y única
sospechosa era su madre. Luego de un demorado juicio, la
mujer, Annamaría Franzoni, fue condenada en junio de 2006
a treinta años de prisión pero, gracias a maniobras de su
abogado, Carlo Taormina, defensor de varias causas
emprendidas contra el ex premier italiano Silvio
Berlusconi, fue eximida de ir a la cárcel. Siempre negó
haber matado a su hijo aunque todas las investigaciones
recolectaron pruebas que la condenan. Acusó a una vecina
del asesinato y no dudó de presentarse en televisión
donde siempre habló con una frialdad pasmosa. Actualmente

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el caso se encuentra en proceso de apelación y la mujer
continúa en libertad. Vivía en una casa de montaña junto
a su marido y sus dos hijos –el más chiquito era Samueleen
la pequeña localidad de Montroz, una zona rica en el
norte del Piemonte, cerca de Torino. De allí tuvo que
esfumarse para evitar el acoso de sus habitantes, las
piedras imaginarias de una jauría humana en busca de
justicia por mano propia. En el mismo año, se registraron
en Italia otros dos casos de madres asesinas en la misma
provincia. Este caso de crónica policial, que acaparó los
medios durante meses, me llevó a indagar: ¿su accionar
era excepcional o se repetía? Encontré cientos de casos,
casi siempre en países ricos, de madres o de padre y
madre que envenenaban, acuchillaban o ahogaban a sus
hijos. Y no estaban locos: estaban perfectamente
concientes y sanos. Si bien estas acciones no marcan un
patrón de conducta en las mujeres, la existencia de
múltiples casos me produjo horror.
Y fui descubriendo más horrores que no constituyen
excepción, sino un modo de violencia repetido y promovido
por distintas sociedades que siempre castigan al más
débil, aquí también: los niños primero.
Al año siguiente, recibí una invitación para concurrir a
un congreso contra el trabajo infantil en Florencia
organizado por la ONG italiana Mani Tese y por la
organización indú Global March. Asistí porque la idea de
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este libro ya se estaba perfilando como un trabajo que
quería encarar. Y en Florencia el libro cobró forma
definitiva o al menos empecé a esbozarlo como un conjunto
de casos reales donde un niño se convertía en víctima de
un atropello. Hay diferentes planos: el ámbito de lo
privado –la excepcionalidad de las madres que matan o de
mujeres enajenadas que les inflingen enfermedades- y el
ámbito social, la pobreza como disparador de situaciones
donde los niños quedan atrapados como los blancos más
fáciles. En Florencia pude empezar a desgranar cuáles
eran algunas de esas situaciones.
El congreso duró tres días. Encontré al menos tres hechos
que llamaron mi atención.
En primer lugar, la información actualizada y valiosa de
los organismos mundiales dependientes de la ONU –como la
UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia) y
la OIT (Organización Internacional del Trabajo)- y las
numerosas ONGs que luchan a favor de los derechos de los
niños y que se ocupan desde distintos ángulos de estos
derechos, pero que no siempre se reflejan en la vida
cotidiana de los niños.
En efecto, UNICEF publica cada año un informe de
situación de los niños y niñas en el mundo y además
realiza, por país o continente, estudios pormenorizados
que enfocan situaciones puntuales –trabajo infantil,
pobreza, criminalización de la infancia, entre otros-.
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Estos trabajos tienen la virtud de ser un material de
diagnóstico preciso sobre distintas problemáticas que
acosan a los niños. Además de tener una gran repercusión
mediática, no parecen conseguir cambiar la situación de
vida de los niños y niñas. De acuerdo a este
procedimiento, UNICEF dio a conocer a mediados de 2006 su
informe anual sobre América Latina y el Caribe, Excluidos
e invisibles, donde da cuenta de la situación de la niñez
en el continente de un modo muy pormenorizado pero con
algunas omisiones curiosas: no se habla de Honduras, un
país donde es asesinado un niño por día (ver capítulo ).
Diagnostica: “Millones de niños y niñas viven en medio de
la pobreza, el abandono, la discriminación y la falta de
protección y escolarización. Para ellos, la existencia es
una lucha diaria por la supervivencia”. En el momento de
hablar de las soluciones, sus aportes son los
siguientes:”La solución consiste en incluir a la niñez y
a la adolescencia. Un modelo del desarrollo basado en los
derechos humanos exige que se tomen cuántas medidas sean
necesarias para llegar a todos los niños y niñas sin
excepción”. Destaca la importancia de la participación de
los estados y de todos los agentes en conjunto que luchan
por los derechos de la infancia. Pero la voz de UNICEF se
escucha con intermitencias y tampoco este informe puede
responder por qué hay invisibilidad y exclusión cuando
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sus causas y algunas de sus soluciones ya han sido
detectadas.
UNICEF misma fue muy precisa y eficaz en su informe sobre
Argentina realizado durante el mismo año junto a la
Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. Allí se
denunció que casi veinte mil niños y adolescentes están
privados de su libertad en institutos de menores, en
contra de los preceptos de la Convención Internacional de
los Derechos del Niño y de la nueva ley que los protege.
El trabajo reveló que existe en la Argentina una cultura
del encierro, no como excepción, sino como pauta, ante
una pretendida tutela. La repercusión en los medios fue
masiva y la opinión pública fue informada ampliamente,
pero el informe no pasó de ser un diagnóstico preciso
además de una fuerte denuncia: la ley sigue sin
respetarse.
La OIT, por su parte, es muy concreta a la hora de
proponer una solución firme para poner fin al trabajo
infantil a través de su programa IPEC (International
Programme on the Elimination of Child Labour), un plan
para la erradicación del trabajo infantil por el que
propone a los estados intervenir directamente sobre esta
situación del siguiente modo: pagando una subvención a
cada familia que sea equivalente al ingreso de cada niño
trabajador que haya en el grupo familiar. De este modo
obliga a las familias a enviar a los niños a la escuela,
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no les hace perder el valor del trabajo que generan los
niños y garantiza un futuro con adultos alfabetizados,
como mínimo. La OIT asegura que con la implementación de
su programa el trabajo infantil sería erradicado en diez
años y la inversión realizada por cada estado regresaría
a él al optimizar la calidad de vida y al ayudar a gestar
nuevas generaciones educadas y con más posibilidades de
acceder al trabajo. La misma organización reconoce que se
avanzó mucho en la sensibilización social pero que queda
todavía un largo camino por recorrer en cuanto a la
acción concreta.
En cuanto a las ONGs, la organizadora principal del
encuentro florentino, Global March, con sede en la India,
trabaja con niños que recobra de centros de trabajo y los
inserta en distintas casas de recuperación esparcidas por
el mundo donde los niños reciben educación y alimentación
a cambio de convertirse en militantes de sus propios
derechos. Global March le da la palabra a los niños, su
presidente, Kailash Satyarthi, no se cansa de repetir:
“cada vez queda más claro que los niños son los líderes
de hoy”. Educación para todos, eliminación del trabajo
infantil y de la pobreza son los tres ejes en los que
basan sus acciones que se concentran en la realización
de campañas para crear conciencia sobre estos problemas.
Entre las últimas campañas realizadas se encuentra la que
tuvo lugar durante el mundial de fútbol de Alemania 2006.
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Allí, Global March levantó banderas –a través de
intervenciones de todo tipo: prensa, newsletters,
asambleas, movilizaciones, siempre que era posible con
niños presentes o con la voz de los niños en primer
plano- para difundir quiénes eran los que fabricaban las
pelotas con las que se jugó cada partido: miles de niños
esclavos que se dedican día a día a coser esas pelotas.
La euforia de los goles y los gritos de los festejos
fueron más fuertes que este reclamo y la justicia de la
campaña si bien apuntaba a un eje riguroso, se diluyó.
Global March tiene socios y aliados en todo el mundo. En
América Latina, por ejemplo, está asociada a la Central
de Trabajadores de la Educación (CTERA) en Argentina, al
Foro por los derechos de los niños y adolescentes en
Brasil y a ANIMA, la asociación uruguaya para la
prevención del maltrato infantil, entre dos mil
organizaciones sindicales o no gubernamentales de 140
países esparcidas a lo largo de los cinco continentes.
Las Organizaciones no gubernamentales dedicadas a
trabajar a favor de la infancia son literalmente miles
entres miles. Según la ONG Canal Solidario, comunicación
para el cambio social, existen más de tres mil en todo el
mundo. Se podría intentar una aproximación a ellas por el
tipo de problema sobre el que trabajan: tráfico,
prostitución, trabajo, niños soldados, pornografía on
line, abuso sexual, salud. Voy a citar una pocas que
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marcan tendencia, basándome en el siguiente criterio: son
algunas de las que operan de un modo independiente tanto
de las Naciones Unidas como de otras ONGs que defienden
el valor de los derechos humanos en general, como
Amnistía Internacional o Human Rights Watch. Son las que
se ocupan específicamente de los derechos de la infancia
sin tener por encima instancias mayores, ya sea que
pertenezcan a superestructuras derivadas de los gobiernos
o de otras ONGs. Un ejemplo de este tipo de organización
es la ya mencionada Global March.
Con una acción también global pero con una impronta
múltiple que va desde la intervención en conflictos donde
los niños también son víctimas (desde el Tsunami que
acosó Indonesia a finales de 2004 hasta la guerra en el
Líbano de julio de 2006) hasta la recolección de fondos y
la creación de documentos de consulta y estadísticas
propias, se encuentra una de las ONGs más influyentes en
el ámbito de la lucha por los derechos de la infancia. Se
trata de Save the children, cuyos cuarteles generales se
encuentran en Londres. Cuenta, además, con agencias que
actúan en todos los rincones del mundo y con misiones
específicas con profesionales especializados (desde jefes
de programas, médicos, maestros y voluntarios) asignados
a distintas zonas donde se produce una catástrofe donde
niños y niñas se encuentran involucrados. Save the
children en los últimos años hizo la diferencia con
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respecto a otras organizaciones combatiendo el hambre en
Darfur, Sudán, donde apostó y todavía apuesta una gran
parte de sus fuerzas. Con profesionales jóvenes y
supercalificados, así se autodefinen: “Save the Children
es la primera ONG independiente que trabaja para la
infancia. Cuenta con organizaciones nacionales en
veintinueve países y juntas forman la Alianza
Internacional Save the Children que está presente en más
de cien con programas de ayuda. Los niños son lo primero
y se actúa donde es necesario, sin importar política,
etnia o religión. Por eso, desde 1919 trabajamos en todas
las áreas que afectan a los niños: educación, salud,
nutrición, trabajo infantil, prevención del abuso sexual
y la reunificación de los niños con sus familias tras
catástrofes y guerras”. Para influir en los organismos
de Naciones Unidas, como el Consejo de Seguridad y
UNICEF, Save the Children abrió oficinas en Nueva York y
en Ginebra. Las organizaciones de Save the Children en
Europa también cuentan con una oficina de apoyo activo en
Bruselas, cuyo objetivo consiste en influir en la
Comunidad Europea con respecto a la política nacional e
internacional sobre la infancia. Sin embargo, estas
superestructuras son difíciles de mover allí donde no
quieren movimiento y Save the children, a causa de esto,
funciona como un poder paralelo que enmienda allí, donde
las organizaciones de superestructura gubernamental se
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empantanan por su propia burocracia. Los adultos
supercalificados que forman sus filas actúan de manera
inmediata y eficiente allí donde sucede una emergencia
donde el chico es una víctima a socorrer. Cuando se acaba
la emergencia, Save the children corre de inmediato a la
emergencia siguiente y los chicos siguen viviendo como
pueden en el lugar donde se tapó el parche.
En un marco más intervencionista y con un mayor
seguimiento de las emergencias pero actuando
estrictamente en América Latina, se puede mencionar a
Casa Alianza que planta su accionar centralmente en
Honduras, Nicaragua, México y Guatemala. Su razón de ser
es la trabajar a favor de la niñez desamparada y en
riesgo social. Casa Alianza trabaja principalmente con
los chicos de la calle, chicos criminalizados por los
distintos gobiernos. Alberga en cada país precisamente
una casa que es algo más que un refugio: es un espacio
donde esperan que los chicos encuentren la familia que
perdieron o que los abandonó, que descubran un oficio que
les guste y que sea de utilidad para la sociedad a la que
pertenecen. La calle de las grandes urbes de América
Latina son su territorio y a ella quieren devolver como
adultos instruidos a los niños en peligro que una vez
recogieron o que por motu proprio se acercaron a sus
refugios.
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A pesar de que los abusos a los niños se despliegan en
varios frentes, las organizaciones más difundidas son las
que intervienen para eliminar toda forma de trabajo
infantil. Entre ellas se encuentra Free the Children que
tiene un lugar en esta lista por haber sido creada por un
niño. Corría 1995. El niño se llamaba Craig Kielburger y
vivía en Canadá. La cosa sucedió más o menos así. Cuando
Craig leyó en el diario la historia de un chico
paquistaní de su misma edad y su lucha contra el trabajo
esclavo (ver capítulo Iqbal) empezó a interesarse por el
problema de estos niños que vivían una infancia muy
diferente a la suya. Así en el living de su propia casa
fundó la organización que todavía hoy continúa trabajando
con los mismos fines y por la cual Craig, ya adulto, fue
nominado en dos oportunidades al premio Nobel de la Paz.
Craig consiguió reunir por ese entonces un número
suficiente de firmas y las hizo llegar al gobierno de su
país. Pedía que se difundiera a través de los medios de
comunicación nacionales el problema de los niños
paquistaníes. Invitó al primer ministro canadiense de ese
momento, Jean Chrétien, a reunirse con él, pero éste no
lo tomó en serio. Craig convocó a una conferencia de
prensa que tuvo una amplia cobetura. Chrétien, humillado
por el niño, no sólo accedió entonces a recibir a Craig
sino que expresó públicamente su compromiso para
controlar la importación de mercaderías elaboradas con
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mano de obra infantil ilegal. Actualmente Free the
children construye escuelas rurales donde reubica a niños
a los que logra arrancar del trabajo infantil y en Canadá
se siguen vendiendo alfombras paquistaníes.
En un plano de acción más puntual desde el punto de vista
de los objetivos y de su alcance geográfico, cito a Dales
voz, dedicada a luchar contra la explotación sexual y
comercial de la niñez y contra el turismo sexual.
Constituye parte de un programa que lleva adelante la
Fundación española Intervida para estos fines. Dicen de
ellos mismos: “queremos crear una plataforma de
sensibilización y denuncia, así como dar a conocer un
problema sufrido por muchos e ignorado por otros tantos.
Ante una situación tan alarmante, queremos hablar en
nombre de las víctimas silenciosas que forman parte del
colectivo más vulnerable, la infancia. Para ello hemos
creado un emblema en forma de chapa, para poderlo lucir
en cualquier prenda, regalarlo u ofrecerlo a amigos y
conocidos. La chapa de dales voz quiere estar en todas
partes, convertirse en plaga y en manifiesto.
Nuestro único deseo es propiciar un clima, un estado
opinión que, en un futuro próximo, empuje a las
instituciones públicas y al sector empresarial a actuar
severamente sobre todos aquellos factores que perpetúan
esta terrible forma de esclavitud de nuestros días”.
España es, junto con Italia, uno de los países europeos
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que genera el mayor número de “clientes” para este tipo
de explotación infantil y Dales voz, por este motivo,
busca sus sponsors en operadores turísticos y cadenas de
hoteles.
En otro plano, se encuentran las organizaciones que
luchan contra la pornografía en la red. Entre ellas, la
organización Croga.org se destaca por proporcionar on
line recursos de auto-ayuda anónimos y gratuitos para
personas preocupadas por descargar y usar imágenes
pornográficas ilegales. Dicen de sí mismos justamente en
la red, su centro de operaciones: “Nuestro objetivo es
ayudarlo a comprender y controlar sus deseos sexuales y
fantasías sobre menores además de informarlo sobre las
consecuencias de acceder o utilizar imágenes ilegales
tanto para los menores implicados como para usted mismo.
Croga.org se basa en la investigación financiada por el
Programa Daphne”, creado por la Comunidad Europea para
prevenir y combatir la violencia ejercida sobre los
niños, los jóvenes y las mujeres y proteger a las
víctimas y grupos de riesgo. A pesar de estos esfuerzos,
la pornografía en la red es un negocio en crecimiento.
Todas estas organizaciones, desde su lugar y
especificidad, luchan además para velar que se cumpla en
cada uno de los países donde interceden la Convención
Internacional de los Derechos del Niño.
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Esta Convención y su implementación se convirtió en el
segundo hallazgo de mi estadía en Florencia en aquel
Congreso de 2002 contra el trabajo infantil. Más que la
Convención en sí misma, lo que llamó mi atención fue un
hecho que se suele pasar por alto: este conjunto de
normas fue el primero en su género y fue aprobado recién
en 1989. Esto quiere decir que los niños son considerados
sujetos de derecho desde hace menos de veinte años, antes
de esta Convención no lo eran.
La Convención, ratificada por 191 estados -sólo Estados
Unidos y Somalía no lo han hecho- opera como marco
jurídico para defender los derechos de todos los niños y
niñas. En ella se considera “niño” a "todo ser humano
menor de dieciocho años de edad, salvo que, en virtud de
la ley que le sea aplicable, haya alcanzado antes la
mayoría de edad". Más allá de la firma por parte de los
distintos países y de la insoslayable importancia
jurídica, sus principios son tinta sobre papel y poco
más. Tampoco operan sobre la vida concreta de los niños.
La tercera cosa que me sorprendió y que me hizo llegar a
las conclusiones por las que sostengo que los organismos
de la ONU no parecen totalmente eficientes, que los
tratados internacionales aparecen como débiles y que las
ONGs a veces dan en el blanco y otras tantas marchan a la
deriva más allá de las nobles intenciones de todos, fue
la voz de los niños mismos. Desde chicos que cosechan
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algodón en el sur de Estados Unidos hasta nenas
nigerianas explotadas en el trabajo doméstico o chicos y
chicas de la India obligados a prostituirse o nenes
peruanos autoliberados del trabajo infantil y convertidos
en militantes de sus propios derechos. Estos chicos
contaron sus historias y mandaron a callar a los adultos
pidiéndoles justamente eso, que dejasen de hablar de una
vez y que actuasen para frenar la injusticia en la que
otros adultos los habían metido. En estos relatos, si
bien la pobreza se convertía en el puntapié inicial de
todas las injusticias, también la maldad, la impunidad,
la ignominia, la falta de educación, la segregación, el
prejuicio y la manipulación formaban parte del cóctel que
tienen que tragarse millones de chicos en todo el mundo.
Viví casi toda mi vida en Buenos Aires donde nenas y
nenes vendiendo flores, pidiendo una moneda para comer y
en los últimos años recogiendo cartones junto a su
familia o solos formaron parte del paisaje de destierro y
pobreza que desde hace por lo menos 30 años no logra ser
revertido en esta zona de la tierra. Viví con la
impresión ingenua y equivocada de que sólo en países como
en el que nací, donde la desnutrición y el hambre dibujan
un porcentaje inaudito de chicos que deben vivir bajo la
línea de pobreza, podían llevarse adelante abusos de todo
tipo.
17
Pero la visión de Florencia fue lo suficientemente
poderosa como para que comenzara a pesquisar cuál era la
situación de la infancia en otras partes del mundo, más
allá del panorama desolador de los chicos argentinos a
los que se sumaba una historia única de este país, la de
los bebés apropiados por la última dictadura militar.
Fue en Florencia donde reconocí de una vez que la
infancia en todo el mundo se encuentra en estado de
emergencia. Y de esa emergencia “global” era de lo que me
interesaba dar cuenta en este libro.
Mi libro ideal se convirtió en imposible. La idea
original consistía en viajar al lugar del caso sobre el
que quería escribir y vivir allí por un tiempo. No
encontré fondos para ese libro. De todos modos, seguí con
mi pesquisa y encontré otra forma de abordar el tema, una
manera posible: investigar los casos a través de los
testimonios de quienes sí pudieron acercarse al hábitat
del niño, de archivos, de algunos viajes que sí pude
costear para narrar una historia y de numerosas
entrevistas. Los datos que encontré junto a las historias
que cuento en este libro abarcan a ricos y pobres, a
morochos y rubios, a habitantes del norte y del sur.
En treinta y cinco países –como Uganda, Sri Lanka, Reino
Unido, Costa de Marfil, Colombia y Estados Unidos- entre
trescientos y quinientos mil niños son reclutados para la
guerra. Doscientos cincuenta millones son obligados a
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trabajar. Pedófilos violan y matan en pueblitos
tranquilos de Europa y tras los muros de casas de buen
pasar se tejen historias pavorosas: abusos sexuales,
asesinatos, enfermedades infligidas, negligencia que
conduce a la muerte. Y las calles, muchas veces el último
refugio de niños pobres de numerosas ciudades –como
Moscú, Nápoles o Tegucigalpa- se convierten en trampas
mortales donde se suceden ejecuciones sumarias por parte
de escuadrones de la muerte, donde el crimen organizado
no duda en usar a los chicos como mensajeros o eslabones
fundamentales para el ejercicio de la criminalidad, donde
todos, los que sobreviven y los que mueren, son víctimas
porque les roban la infancia y muchas veces junto con la
infancia se les arrebata la vida, literalmente. Detrás de
cada abuso hay un adulto que entrega, que mira, que
concede, que abandona, que no lucha, que es cómplice.
¿Pudo hacer otra cosa o también él es víctima?
Niños son pequeños relatos de horror –de un horror
inmenso-, grandes historias invisibles de la vida real,
escritos desde mi vergüenza de adulta, de una infancia
que ya no tiene derecho a la inocencia: ella también
mata, delinque, viola, estafa cuando no encuentra el
camino para transformarse en defensora de sus propios
derechos; derechos que deberían ser resguardados por los
adultos a los que les corresponde cuidar a los niños,
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defenderlos, alimentarlos, darles educación, una luz para
el futuro.
Los chicos, de este modo, se convierten en el espejo
vicioso e impotente de sus propios verdugos.
Cristina Civale, Buenos Aires, agosto 2006.