novoyatirarlatoalla@blogdiario.com

Con pena y sin gloria

Escrito por novoyatirarlatoalla 01-01-2007 en General. Comentarios (2)

      Con pena y sin gloria
      Chiquita Barreto Burgos



      Presentación

      Las voces plurales de Chiquita Barreto
      Juan Manuel Marcos
           En el volumen IV, Nº 1 (1986) de Discurso literario, una revista de
      temas hispánicos que fundé en los Estados Unidos, apareció un cuento,
      titulado «Judit vencida», firmado por Chiquita Barreto. Debajo del nombre
      de Chiquita, como era costumbre en nuestra sección de Creación, se
      indicaba entre paréntesis el país de origen de la autora: Paraguay.
           La revista circuló, como siempre, en su medio natural: bibliotecas
      universitarias, hispanistas, estudiantes de posgrado, escritores. Por mi
      parte, continué participando en diversas reuniones académicas. Me llamó la
      atención que muchos colegas, sabiendo que yo también era paraguayo, me
      preguntaban quién era la autora de «Judit vencida», sobre su obra, sus
      antecedentes literarios. Confesaba con vergüenza que yo no tenía la menor
      idea. Les informaba que una subscriptora de la revista, residente en [6]
      Curitiba, Luli Miranda, nos había remitido el original a nuestra
      redacción, y que el cuento había sido procesado de la manera habitual por
      nuestro Consejo Editorial: los dos lectores habían elogiado el texto y
      recomendado calurosamente su publicación.
           Estos colegas, de un mosaico de países americanos, elogiaban entonces
      la madurez del tejido narrativo, la fuerza del estilo, la autenticidad de
      la expresión. Naturalmente, me quedé con muchas ganas de saber quién era
      Chiquita Barreto. Y un buen día, estando yo de visita en Asunción,
      ayudando a preparar lo que sería el Simposio Latinoamericano del IDIAL,
      apareció por mi oficina una joven y esbelta señora, de mirada inteligente
      y dulce, que se presentó como la autora del cuento. Venía de Coronel
      Oviedo, la ciudad donde reside. Me emocionó el encuentro, y la felicité.
      Le dije que su prosa valía mucho, y que debería escribir más cuentos y
      publicarlos. Le dije que el Paraguay necesitaba mucho de voces jóvenes
      como la suya, donde se reflejaba tan vibrantemente la problemática de la
      mujer.
           Pasó el tiempo, y hace unos días mi amigo, el escritor y editor
      Rafael Peroni me mandó esta colección de dieciocho textos narrativos de
      Chiquita Barreto, con el pedido de que los leyera y los [7] prologara.
           Los leí de un tirón y ahora los prologo con gusto. No sólo con gusto,
      sino también con responsabilidad: quisiera pues consignar algunos
      elementos del arte de Chiquita que me parecen singulares y admirables en
      el contexto de nuestra narrativa. Son tres.
           En primer lugar, el estilo. No hay escritor auténtico sin un cuidado
      delicadísimo de su propio material: el lenguaje. El estilo de Chiquita es
      desnudo, preciso, eficaz. Espontáneo pero sin ligerezas coloquiales.
      Elaborado pero nunca narcisista. A través de ese estilo, ella teje sus
      técnicas de primera persona, como en «La venganza» o en primera persona,
      como en el magistral cuento «Los notables».
           En segundo lugar, el referente social. Sin didactismo mesiánico, la
      sociedad se refleja en los cuentos de Chiquita Barreto con una persuasiva
      fidelidad. Sus retratos humanos descubren el rostro crispado de una
      comunidad donde no se han cerrado todavía las heridas de la prepotencia,
      el egoísmo y la corrupción. Hay que ser valiente y sensible para no hacer
      concesiones, y la autora profesa ambas virtudes.
           En tercer lugar, el protagonismo de la mujer. Lo femenino en Chiquita
      Barreto se transparenta en forma triple: en sus [8] personajes mujeres
      escalofriantemente auténticos, en su visión del mundo solidaria y
      esperanzada y en un lenguaje genuinamente abierto y comunicativo. La mujer
      está llamada a ser la gran protagonista de nuestro futuro en el Paraguay,
      como ya ha sido sin duda una gran protagonista olvidada y discriminada de
      nuestro pasado. Y estas voces plurales de Chiquita Barreto anticipan, como
      una profecía en llamas, esa luz que se levanta en el horizonte.
           El lector juzgará libremente si valía o no la pena de que
      publicáramos en Discurso el cuento de Chiquita. También juzgará si valía
      la pena de que Rafael publicara esta colección. Lo único que podemos
      confesar, Rafael y yo, es que no estamos para nada arrepentidos. [9]



      Punto de referencia
           Me despierta el rumor de la lluvia: me levanto sin hacer ruido.
      Todavía está oscuro, pero no quiero volver a la cama. Me acerco a la
      ventana a mirar la lluvia que cae mansamente, lentamente, con la monotonía
      de la canción de una madre cansada que trata de hacer dormir a un niño
      enfermo.
           Una tristeza antigua me sube a la garganta. Una nostalgia indefinible
      me empuja hacia afuera, como si empapándome de lluvia pudiera descifrar
      esta congoja absurda.
           Sin prisa me visto: una camisa y un viejo pantalón de mi marido, unas
      medias de lana y unas alpargatas. En mi casa todos siguen dormidos.
           Salgo a la calle.
           Soy otra.
           Al llegar a la esquina ya estoy empapada, menos mis pies que siguen
      secos y calientes.
           Parece que lo único que me asemeja ya, a la mujer que un rato antes
      miraba la lluvia detrás de la ventana son esos pies calientes y nada más.
           No necesito decidir adonde ir. Voy [10] hacia cualquier lado. Voy a
      la lluvia a buscar el origen de mi tristeza, que no es nueva ni vieja,
      sino antigua.
           El agua me corre por la cara, baja por mi cuerpo, hace canales para
      recorrerme.
           Camino y camino, no sé hacía donde, ni me interesa. No quiero llegar
      a ningún sitio. Sólo me importa la lluvia. Esta lluvia mansa que me
      envuelve, y la plenitud que se instala dentro mío.
           Tengo alas. La lluvia me hace ligera; camino volando por el borde del
      asfalto oscuro. La poca gente que pasa a mi lado me mira con asombro.
      ¿Será por mis alas? Sé que no tengo alas, pero debo dar la impresión de
      tenerlas.
           Los coches pasan salpicándome con el agua negra del asfalto: la
      lluvia me lava enseguida.
           No me dirijo, me dejo llevar.
           Me siento niña.
           Pienso en mis hijos como extraños y lejanos a mí. Ni siquiera sé si
      tengo hijos, si existen. A lo mejor no los tengo. Vagamente recuerdo a una
      mujer blanca y grande de manos muy pequeñas, apretándome el vientre,
      mientras me dice suave, pero firmemente, ¡fuerza! ¡fuerza! que ya viene, y
      un rato después me muestra un cuerpecito rojo, sanguinolento, atado
      todavía a mí por un largo y palpitante cordón, que ella corta, [11]
      dejando un pedazo unido al cuerpecito, que asustado quizá por la
      mutilación, o por la violencia con que llega al mundo, se hecha a llorar.
      Recuerdo que yo amé ese llanto, y que luego un cansancio gozoso me
      adormeció.




           Después sólo este camino sin árboles y esta lluvia, mojándome todos
      los rincones del cuerpo, hablándome. Este murmullo que no entiendo, como
      si fuera un idioma desconocido y dulce.
           Mi cabeza es como un aula que poco a poco va llenándose con el
      barullo de los niños. Después -como siempre- vendrá el orden y el rumor
      confuso se volverá palabra, tendrá sentido.
           Camino y camino.
           No sé cuanto tiempo llevo andando. No estoy cansada. Mi cuerpo es
      leve como la pluma y mis pies caminan sin tocar el suelo.
           Estoy en un lugar desconocido, y los niños van a la escuela vestidos
      de paloma. Me miran extrañados, me tienen miedo. No sé porqué, si yo
      también soy paloma. Es cierto, estoy mojada, pero una paloma es siempre
      inofensiva, mojada o seca.
           Quiero hablarles. Pero huyen.
           ¿Dónde estarán mis hijos? Han huido también. Son desertores. Se
      escaparon de la infancia. Ya no podrán caminar bajo [12] la lluvia sin que
      les miren con espanto o pena. Yo he decidido volver a ella, voy a ser hija
      de mis hijos. Me plancharon el guardapolvo, y me darán de comer pasado por
      agua, antes de ir a la escuela, y yo levantaré mi pequeña mano de niña
      para despedirme.
           No recuerdo haber llegado aquí. Estoy acostada en una cama que no es
      mía, y que huele a miseria, el olor a miseria es horrible.
           Me levanto y miro. Hay ocho camas más, idénticas, separadas por
      pequeñas mesas de madera pintadas de un gris enfermizo: las que están en
      los extremos no tienen mesa.
           También las siete mujeres que ocupan las camas son idénticas a mí, no
      se porqué, pero al mirarlas me veo repetida en cada una de ellas.
           La sala es grande y la mezcla de olores me recuerda a los zoológicos.
      Un olor absurdo en esta gran claridad amarilla, que viene del techo como
      la llamarada de un gran incendio.
           Las ventanas son estrechas y altas y sucias y rotas, sin embargo la
      puerta es ancha, maciza y limpia.
           Una mujer se saca el camisón y se queda sin nada, porque abajo no
      tiene nada. Me duele la desnudez de su cuerpo marchito, surcado de
      cicatrices. Lentamente [13] yo también me desvisto, y por un momento dejo
      que me miren y el dolor se me esfuma, siento que al mostrarles mi cuerpo
      desaparece toda desconfianza.
           Establecido el pacto me visto de nuevo.
           Un rato después, entra una mujer gorda, arrastrando un carrito con un
      enorme tacho humeante. Todas se movilizan, y en un momento, cada una
      levanta un jarro como si amenazaran con ellos.
           La mujer gorda deja el carrito. No hace caso de los jarros
      amenazadores. Se acerca a la mujer desnuda y la viste. Luego me da un
      jarro igual al de las demás. Sin decir nada, como si ella fuera muda o
      nosotras sordas nos da a cada una, tres galletas, pesadas de humedad,
      después va cargando los jarros, sin llenarlos, con un líquido caliente que
      no es negro ni rubio, sino del color del agua turbia. Pruebo el contenido
      de mi jarro y me gusta. A pesar de que sabe más a trapo que a café, me
      gusta. Es dulce y su calor envuelve mi cuerpo. Me como una galleta
      mientras miro las cabezas peladas -porque todas, también yo, tenemos el
      cráneo rasurado- sopeso en mi mano las otras dos y me decido: tiro una a
      la cabeza más próxima. La dueña de la cabeza me mira, sonríe y me
      responde. [14]
           Ya la mujer del carrito desapareció detrás de la gran puerta y la
      sala se transforma, pierde su tristeza se esfuma su olor y una alegría
      salvaje se instala adentro. Algunas patinan detrás de los proyectiles. Una
      galleta pega contra la ventana y un pedazo de vidrio se desprende
      estrellándose con gran ruido en el suelo.
           Entra inmediatamente un hombre grande, que al parecer estaba
      esperando sólo esa señal. Todas se quedan quietas, mirando el suelo
      avergonzadas. Él no dice nada. Nos recorre el rostro con mirada severa. Yo
      levanto del suelo una galleta, le tiro a la cabeza para que sus ojos dejen
      de taladrarnos, para que entienda el juego. Pero no. No le gusta. Con dos
      pasos que parecen saltos, se me pone atrás y me sujeta los brazos con
      fuerza, y así me saca por la ancha puerta.
           Me lleva a otra sala.
           Esta es pequeña y oscura y tiene una sola cama.
           Me acuesta, me ata y se va cerrando la puerta.
           ¿Será que ya no llueve? ¿Y mis hijos? ¿Y los niños que iban a la
      escuela y me miraban con miedo?
           Ya no estoy amarrada. Un foco pende del techo y esparce una tenue luz
      que desdibuja los objetos de la habitación. [15]
           Oigo ruido. El hombre grande abre la puerta y entra.
           Se sienta en mi cama, me levanta el camisón y me inspecciona una
      herida en el muslo con el mismo gesto con que anteriormente me había atado
      a la cama, y vuelve a salir cerrando la puerta con llave.
           Me levanto y descubro una hoja sujeta con esparadrapo al respaldo y
      que tiene los siguientes datos:
           Nombre y apellido: Eliodora Santacruz.
           Edad: 56 Años.
           Profesión: Maestra (Jubilada)
           Estado civil: Soltera.
           Número de hijos: No tiene.
           Lugar de nacimiento: Maciel.
           Sigo leyendo, sin pensar en lo que leo, no sé quien será esta
      Eliodora Santacruz de profesión maestra jubilada; de repente me llega
      nítido el recuerdo de la partera, una mujer grande y blanca de manos muy
      pequeñas que me aprieta el vientre y me dice: ¡fuerza niña! ¡fuerza! que
      ya viene. [16] [17]



      La niña muda
           La señora la mandó traer a la casa al fallecer la madre; para que no
      fuera a parar al hogar de niños abandonados. Además, ciertas sospechas la
      obligaban a ser generosa. La difunta había servido algunos años en su
      casa, y la edad de la niña, mas ciertos rasgos (1) sutilmente familiares,
      indicaban que podría ser el resultado de algunas travesuras de sus hijos.
        




       Hubo sin embargo, sorpresa en la familia por tan repentina decisión.
      ¿Por qué a su edad debía cargar con semejante responsabilidad? La señora
      no estaba vieja, distaba mucho de eso; pero sus hijos ya habían crecido,
      estaban todos casados, y era ya tiempo que descansara. Y una niña de corta
      edad da trabajo. Pero como siempre, nadie se opuso abiertamente y la
      pequeña se quedó ahí.
           Para que en el futuro no tuviera dudas de cual era su lugar en la
      casa, colocaron otra camita en el cuarto del fondo junto al de la
      empleada, y la niña comprendió rápidamente que más le valía no llorar de
      noche y tampoco de día. Era una criatura silenciosa. En realidad casi no
      se la sentía. [18]
           Había demasiado prohibiciones para ella, y las transgresiones tan
      severamente castigadas, que optó por quedarse sentadita en su sillón
      chupándose el dedo gordo del pie izquierdo, pero eso también fue
      rápidamente combatido, la empleada, por orden de la señora le untó primero
      con limón y como no fue suficiente para hacerla desistir de tan mal
      hábito, tuvo que recurrir a la pimienta blanca hasta que dejó de hacerlo.
           A más de ser silenciosa era una niña quieta, porque las nenas no
      pueden andar cabezudeando, montando palos de escobas o trepándose a los
      árboles, tienen que ser finas y recatadas, yo le voy a inculcar las buenas
      costumbres.
           El tiempo pasó rápidamente y Antonia -ese era su nombre aunque
      ignoraba su apellido- creció y creció. Por razones obvias eso no le estaba
      prohibido.
           Se estiró como si la soplaran. Su cuerpo se ensanchó, reventando las
      costuras de sus vestidos. Era ya muy útil en la casa -dentro de poco no
      necesitaré doméstica, con lo difícil que resulta en estos tiempos
      conseguir servidumbre, comentaba la señora-.
           Con el tiempo todos se sintieron felices. Era bueno ser generoso -que
      sería de ella si no fuera recogida a tiempo-.
           Los domingos se reunía la familia [19] completa. Los hijos, las
      nueras, y los nietos. Entonces el caserón se llenaba de voces y risas, que
      morían justo al anochecer.
           Nadie la maltrató nunca, salvo los justos castigos para su formación;
      al contrario, todos se hacían servir amablemente por ella.
           Se convirtió en una señorita. Y todas las mujeres de la familia le
      hacían regalos: vestidos pasados de moda, zapatos que quedaban grandes o
      chicos.
           La señora se enternecía con la bondad de sus nueras y de sus hijos
      -te das cuenta de tu suerte mi hija, le decía con frecuencia, no te falta
      nada, todos te tratamos bien, y el domingo hasta te invitaron a comer en
      la mesa, aunque yo no estuve de acuerdo, para que te voy a mentir.
      Cualquiera te envidiaría. Y tenés la belleza propia de mi familia, no
      vayas a desvariar pensando tonterías, te parecés a nosotros porque te
      criaste con nosotros. Realmente si pensás bien tenés tanto que
      agradecernos.
           Antonia siempre la escuchaba sin replicar, sin ningún gesto como si
      no le hablaran a ella. Pero la señora, entusiasmada por su propia bondad,
      no se fijaba nunca en el silencio, que era su única rebeldía.
           Y era tanta su rebeldía, que jamás [20] volvió a hablar más que a
      solas. Por las noches cuando se encontraba en el cuartucho, mal ventilado
      y pero iluminado, que en los últimos tiempos era de ella sola porque en la
      casa se había prescindido de los servicios de la empleada, masticaba a
      grandes voces su protesta, conversaba con los fantasmas macilentos de las
      paredes, y su voz sonaba extrañamente grave en el caserón vacío, del cual
      sólo le pertenecía el cuarto más estrecho y húmedo y el viejo colchón que
      todavía guardaba el olor a orín de su solitaria infancia.
           Una noche salió con el panadero de enfrente y no volvió. [21]



      La hija del héroe-

 Del héroe cuentan hazañas increíbles.
           Los textos escolares dicen que murió dos veces. Tal vez tuvo más
      muertes, porque sus cenizas, consideradas -reliquia de la patria- están
      repartidas en todas las plazas -siete en total-, que para el efecto tienen
      unas pequeñas urnas, artísticamente trabajadas, y resguardadas día y noche
      por escuálidos soldaditos somnolientos, arqueados por el peso de fusiles
      oxidados.
           Su primera muerte fue durante la «gran guerra», de la cual resucitó
      para volver a morir tan gloriosamente, en otra guerra llamada «guerra
      chica».
           Entre su primera muerte -que algunos consideran como una táctica
      guerrera, y otros un milagro a través del cual Dios confirma que la razón
      y la verdad está de nuestro lado (del lado de aquí), convirtiéndose de ese
      modo en el adalid de nuestras fuerzas (que ya no eran tan fuertes)- y la
      segunda, pasó un tiempo considerable, suficiente para gozar de los
      placeres de la vida.
           En ese largo ínterin, se casó con la mujer más codiciada y tuvo con
      ella dos [22] hijas. Nadie recuerda en qué época murió su mujer, ni
      siquiera las hijas; de ella la historia sólo cuenta que al tiempo de
      unirse en matrimonio con el héroe resucitado, era la más codiciada. El
      tiempo se encargó de borrar de ella lo codiciable y la arrinconó en el
      olvido. También las hijas quedaron olvidadas después de la segunda y
      definitiva muerte.
           Resucitaron en la memoria colectiva, el día que por un decreto se
      resolvió que el pueblo llevara el nombre del héroe, preclaro hacedor de
      victorias guerreras, representante genuino de esta raza invencible, que
      como el ave mitológico resurgió de sus cenizas para hacer una segunda
      ofrenda a la patria de su vida y su juventud, porque a pesar del tiempo
      transcurrido entre una y otra guerra, él volvió tan joven como la primera
      vez.
           Por el mismo decreto, en el artículo tercero se resolvía pasarle a
      las hijas una suma mensual, para una vida digna y decorosa como
      corresponde...
           Las dos mujeres y su numerosa prole vivían malamente organizando
      espectáculos con gallinas amaestradas, y criando, comprando, cambiando,
      vendiendo, a veces robando animalitos famélicos como ellas.
           Al acto de homenaje organizado en el aniversario de la muerte
      definitiva, que [23] coincidía con el fin de la guerra chica, se solicitó,
      se exigió, se imploró la presencia de las hijas.
           Extraoficialmente se hablaba de una grata sorpresa para ellas.
           Las dos viejitas se presentaron con sus hijas y nietas. Ambas tenían
      varias hijas y éstas tenían otras tantas. Era un pequeño ejército
      macilento: todas parecían ancianas. Aún las niñas pequeñas semejaban
      ridículas miniaturas de viejas, con su triste expresión de desamparo.
           Tenían la cara empolvada de blanco y la boca pintada de rojo intenso.
      Sentadas en el palco de honor junto a las autoridades y sus elegantes
      esposas, fijaron sus ojos en algún punto lejano, y pensaron al mismo
      tiempo para darse fuerza, en el chanchito que estaban engordando.
           Empezaron los discursos, y llegó la hora de la sorpresa.
           Se les entregó en dicho acto un título de propiedad de dos hectáreas
      de tierra, un arado y el cheque.
           La hija mayor -que tenía setenta y cinco años- recibió los documentos
      entregados por el Intendente, el orador principal del acto. Luego éste le
      estrecho la mano de       Encendió la luz. Su cuerpo se aflojó. Como si hubiera perdido todo su
      peso, se encontró flotando como un globo. Sintió que el corazón se le
      agrandaba en el pecho y golpeaba como un enorme tambor cuyo eco le volvió
      sordo.
           Miró a su mujer y al único amigo que no envidiaba su prosperidad. Los
      miró largamente, hasta que cesó el tambor de su pecho. No dijo nada. Pasó
      cerca de ellos y salió al patio. Se sentó en uno de los banquitos que
      envejecían sin haber sido ocupados, se descalzó y lloró. [82]
           Al día siguiente fue a trabajar como de costumbre, más en su confusa
      cabeza iba tomando forma una idea. Le llamó al personal de limpieza, le
      dijo algo entregándole unos arrugados billetes, y fumó un cigarrillo
      mirando con ironía el cartelito de «prohibido fumar».
           Más que nunca regresó temprano, en una bolsa, con las cabecitas
      afuera, traía dos perritos: comunes, carachentos y flacos. Escudriñó la
      cara de su mujer, la vio palidecer, vio que le temblaban las manos...
           No hizo ningún comentario sobre lo ocurrido, ni hizo ningún
      comentario sobre nada hasta que Eloísa visiblemente descompuesta le sirvió
      la cena. Sólo entonces, con voz fingidamente conciliadora le dijo:
           -La hembra se llama como vos, Eloísa; y el macho llevará el nombre de
      nuestro amigo, Ramón. [83]



      El ojo de la vida-
                                                                                 
                                                                                 
                      ... los ojos que miraban y se han ido
            y dentro de mí mismo,
            crepitante,
            este reloj de carne que se muere,
            que sigue yendo siempre,
            que sigue trajinando,
            este pedazo de mi vida en siempre
            necesita y no puede
            regresar.
            José Luis Appleyard.

           Era su última noche. Lo había decidido.
           Todas las noches, desde hacía dos meses, parecía que sería la última
      pero seguía viviendo. Si esa conciencia dolorosa podía llamarse vida.
           Nada quedaba ya, de la mujer robusta y casi hermosa que había sido.
           Los torneados brazos morenos, tan hábiles para los trabajos más
      duros, quedaron reducidos en colgajos arrugados y amarillos, los senos
      pequeños y firmes de pezones oscuros como flores moradas, estaban
      marchitas.
           Lo más doloroso, sin embargo, no era el dolor físico, ni el estar
      reventando [84] en burbujas pestilentes, sino el asco que adivinaba en la
      mirada, en los gestos de Julián.
           Esa noche hacía exactamente sesenta y cinco días, que habían ido
      juntos al baile de fin de año. Bailaron hasta sentir que las rodillas se
      les volvían espumas.
           Fueron la mejor pareja.
           Entre aplausos y carcajadas, ensayaron tangos y valseados. Giraron
      hasta marearse con las alegres polcas, y volvieron casi al amanecer. Ya a
      solas siguieron festejando el nuevo año, amándose con ansias hasta bien
      entrada la mañana, como si fuese la primera o la última vez.
           Ella amaba la vida, y todo lo que la hace hermosa. Sus energías
      estaban tanto para el placer o la lucha, y dispuesta siempre a dar una
      mano a quien la necesitara. Sabía trabajar duramente sin que se le apagara
      la sonrisa: voltear árboles, carpir, preparar los surcos para la siembra,
      cosechar lo sembrado, y luego cumplir el rito amoroso y dormirse con un
      cansancio dichoso en las entrañas. Nunca relacionó el placer con el
      pecado. No creía en dioses terribles o vengativos. Su religiosidad era
      simple y alegre.
           De ser soltera quizás, pensaría distinto. Más ella se había casado
      por el [85] registro civil, y después un cura de sonrisa cómplice, había
      bendecido su unión, en una de las visitas periódicas al pueblo.
           Estaba tan cercana la emoción de aquel día.
           La salida del brazo de su marido, quien la ayudó a montar el caballo
      más hermoso, el vestido blanco cubriendo las ancas del animal, seguida del
      novio, que lucía un traje alquilado, montando en un corcel negro, como en
      los cuentos que alguna vez escuchó, sobre príncipes y princesas. La
      caravana ruidosa que les acompañó, deseándoles suerte con explosiones de
      bombas y petardos, desde la capilla hasta la casa de la novia. El tallarín
      casi frío que le sirvieron a los invitados, a las cuatro de la tarde, con
      abundante caña, aromada con guaviramipire, para los hombres y clericó para
      las mujeres.
           Esa tarde ella descubrió su talento para el arte amatorio; su gran
      fantasía erótica, que le dejaba alegremente exhausto a Julián, siempre.
           Así vivieron dos años embriagados de felicidad, a pesar de las
      penurias económicas, que debían sortear con habilidad, para ir completando
      la casa. Con lo que tenían -en tan poco tiempo- se creían casi ricos. Un
      montón de gallinas y patos, un terrenito propio y [86] hasta una vaca con
      cría.
           El futuro era prometedor. Hasta que ese seis de enero -tan poco
      tiempo, y parecía una eternidad- amanecieron en su cuerpo esas manchas
      moradas, como huellas de violentas caricias.
           Le prestó poca atención.
           Nunca había estado enferma.
           Pasó una semana, las manchas se oscurecieron más.
           Sin preocuparse demasiado, más por darle gusto a su marido, le llevó
      la orina al médico Miguel. Este agitó varias veces la botellita, se ajustó
      los anteojos, se lo sacó de vuelta, y por fin le dijo que él nada podía
      hacer, que fuera a ver al doctor.
           Eso fue lo que hizo.
           Y ahí estaba en una cama del hospital desde hacía dos largos meses.
           Su marido la había cuidado amorosamente al principio. También sus
      sobrinas y sus ahijadas, pero las manchas -que fueron multiplicándose-
      comenzaron a reventar como flores malditas, saturando el aire con un olor
      putrefacto.
           Ahora sólo veía en los ojos de la gente que había amado, lástima y
      compasión y adivinaba la bola de náusea en sus gargantas. Por eso decidió
      morir. Pero antes debía recuperar de alguna forma por algunas horas la
      antigua felicidad. Volver a andar el tiempo de la [87] alegría, caminar
      por los lugares queridos.
           Juntó toda su voluntad. No podía escapar con el corazón, entonces se
      escabulló con un ojo hacia el pasado. Con un solo ojo como si fuera toda
      ella, hechó a andar.
           Primero recorrió todo el hospital, cada sala; vio a otros seres
      sufrientes y por un momento casi se ahoga. Después salió afuera. Leyó al
      salir: «Hospital Espíritu Santo».
           Caminó dando saltos por el campo, tropezó con grillos y ranas, se
      maravilló ante la noche oscura y azul, y del brillo de las estrellas y la
      media luna cubierta como si estuviera detrás de un cristal empañado.
           «El médico de guardia, fue a la sala seis, a las doce en punto, se
      acercó a la cama tres, la paciente, enferma terminal de cáncer, dormía
      plácidamente después de varias noches, todo estaba tranquilo. Se le
      ocurrió sin embargo, que el párpado derecho estaba hundido, como si la
      cuenca estuviera vacía. Pero la mujer respiraba pausada y tranquilamente,
      y no valía la pena molestarla por una ocurrencia absurda. Salió como había
      entrado, sin hacer ruido, las plantillas de caucho de su zapato blanco,
      ayudaban su andar silencioso».
           Cruzó el campo, anduvo medio perdido; saltando cada vez más aprisa
      sin [88] cansarse, para ganarle tiempo al tiempo, y por fin llegó a la
      casa materna.
           Fue a la cocina, miró las espigas largas que el tiempo y el hollín
      habían formado en el techo de paja, el fuego apagado, los platos puestos a
      secar en el canasto; las cacerolas colgadas de los clavos que su madre
      colocara alguna vez en la rústica pared de tabla.
           Luego fue al dormitorio, vio la ancha cama de trama de cuero, el
      colchón de lana, herencia de la abuela, donde habían nacido ella y sus
      hermanos. Abrió el nicho, donde sin ningún orden jerárquico estaban: Santa
      Lucía, abogada del ojo; San Ramón, patrono del buen parto; San Rafael,
      patrón de los caminantes; Santa Cecilia, abogada de los músicos; Sin
      Isidro, patrón de los agricultores; San Onofre, protector de los
      borrachos; Santa Elena; San Expedito, y por último, su santo favorito, San
      Pascual bailón. Se despidió de cada uno, y después fue a su casa de
      casada. No se atrevió a entrar. Julián no había ido a visitarla hacía una
      semana. Se conformó con ir a mirar la planta de mango, que se había
      estirado como un adolescente, dentro del cerquito que ella construyera
      para protegerla; su vaca, Paloma, rumiaba tranquilamente echada junto a su
      cría, una hemosa vaquillita, negra con manchas blancas.
           Se fue despidiendo de todo, sin tristeza.
           Ya de regreso entró al oratorio donde se había casado, por un segundo
      recuperó todo el encanto de aquel día.
           Por último visitó su antigua escuela... buscó el viejo pupitre donde,
      con la ayuda de un pedazo de yilé garabateó su nombre: María Ugemia.
           Regresó de prisa humedecida de rocío, quizá la madrugada estuviera
      llorando.
           Dentro de muy poco tiempo su ojo se apagaría, pero gracias a él había
      disfrutado de las bellezas que guardaba su pequeño mundo, después de todo
      -pensó- la vida fue generosa.
           Llegó a tiempo. Se metió apresuradamente a ocupar su lugar en aquel
      cuerpo que le pertenecía y a quien pertenecía. Miró el techo. Lo último
      que vio fue el ventilador que giraba a toda prisa, espantando el calor y
      los mosquitos de adentro.
           «A las siete de la mañana, entraron los médicos y la encontraron
      muerta. Tenía los ojos muy abiertos y una apacible sonrisa».
      Marzo de 1988. [90] [91]



      Los notables
                                                                                 
                                                                 Para Manolo y
      Rodrigo.
           Desde que yo era muy niño, mamá me llevaba a los desfiles, dos veces
      cada año. El estudiantil en el día de la patria, y el de carrozas y
      comparsas en carnaval.
           Haga frío o calor, jamás faltábamos. Podía faltar el desfile, mas
      nosotros nunca.
           Pero felizmente desde que yo me recuerdo hubo desfile.
           A veces se postergaba por lluvia. Entonces se comunicaba a la
      ciudadanía -por el medio más eficaz, es decir, un carrito provisto de
      cuatro parlantes, que parecían enormes floripones de lata, que recorría
      todos los barrios- que los notables, unánimemente habían decidido
      postergar el colorido, alegre y tradicional espectáculo, hasta tanto
      cesaran las inclemencias del tiempo. Esas eran las palabras exactas.
           La lluvia podía durar días enteros, incluso meses, pero apenas
      paraba, teníamos nuestro desfile. Y allí estábamos mamá y yo.
           En los tiempos que la entrada era gratuita, mamá me compraba cosas de
      [92] comer, porque yo seguramente nací con hambre; con ganas de comer
      todo, y por esta maña que tengo, es que no paramos mucho tiempo en las
      casas donde mamá entra de muchacha, porque a las patronas no les gusta que
      yo esté pidiendo de comer a cada rato, o les esté mirando con tristeza
      cuando comen. Y la verdad es que no finjo. Me pongo triste en serio, si
      veo que otros comen y yo no. Entonces le dicen -nosotros sabemos que no es
      cierto- que no la van a necesitar un tiempo, que vaya a descansar, o
      cualquier cosa, para deshacerse de nosotros. Y cuando mamá descansa
      también descansamos de comer.
           Pero nosotros no somos tan pobres, tenemos nuestra casita, nuestra
      cama y tenemos una radio, que nunca le falta pila.
           Además yo le ayudo cuando toma el compromiso de lavar ropas ajenas.
           Ella tiene muchas esperanzas en mí, para cuando sea viejita y ya no
      esté para estos trotes. Dios quiera que le salga bien. Así dice ella y así
      digo yo, no sé porqué. Pero después cuando había que pagar, ya no me
      compraba nada; me hacía prometer, antes de salir de casa, que no le iría a
      pedir nada, para no hacerle pasar vergüenza, porque ella llevaba justo,
      justito, la plata para las entradas.
           A veces, yo me olvidaba de la [93] promesa, y pedía algo: mamá no me
      decía nada, miraba a otro lado, como si no me conociera, haciéndose la
      desentendida. No me retaba -como ella sabe hacerlo- calladita metía su
      mano bajo mi camisa y me daba un pinchazo tan fuerte que un sudor frío me
      corría por el espinazo, y me pasaba las ganas de comer y hasta de mirar el
      desfile, un rato largo.
           Nos íbamos tempranito, para conseguir el mejor lugar, tanto para ver
      el espectáculo, como el palco donde se ubicaban los notables. Mamá me
      señalaba con su dedo, de uñas chatitas, a cada uno, y me historiaba sus
      vidas, uno por uno, empezando por el que ella consideraba más importante.
           Y yo que siempre tuve miedo de morir, deseaba ser uno de ellos para
      no morirme nunca; porque calculaba que siendo ellos lo que eran, no podían
      morir así nomás como cualquiera de nosotros.
           Si uno solo faltara, ya no habría desfiles, nada sería ya igual.
           Cuando esas ideas me cruzaban por la cabeza, mi corazón se
      enloquecía, latía tan fuerte golpeándome como un martillo, moviendo mi
      camisa y calentando mi cara de vergüenza, y miedo que alguien pensara que
      llevaba un sapo bajo mi ropa.
           Pero bastaba mirar sus zapatos brillantes y sus trajes, para
      tranquilizarme.
           Los notables, decidían, según su sabio [94] criterio -nunca supe el
      significado de esas palabras, mamá tampoco sabía-, a quien darle el primer
      premio, en los desfiles.
           Y para elegir a la reina del carnaval, después de mirarles a todas
      especialmente las nalgas, se miraban entre ellos, decían alguna cosa,
      seguramente chistosa, porque todos sonreían y luego se levantaba uno y
      anunciaba la decisión de los notables.
           Yo vivía tranquila, sabiendo que ellos vivían.
           Nada podía cambiar para mal, sólo para bien.
           Ellos hacían caminar todas las cosas. Y debíamos estar agradecidos,
      los que vivían y comían bien, y también nosotros. Porque no éramos tan
      pobres, y yo siempre tenía el recurso de calentar en el sol las pilas
      viejas, esas que ya no sirven para las linternas, pero hacen sonar la
      radio, y también por los desfiles que organizaban tan bien, aunque a mí me
      hubiera gustado que no cobraran las entradas, pero ellos sabían lo que
      hacían.
           Una mañana distinta de otras mañanas, mamá trajo la radio, a la cama,
      me abrazó llorando despacito y cuidando no asustarme demasiado, me dio la
      noticia, como habíamos visto que se hace en las telenovelas -porque
      aparte, de irnos [95] a los desfiles, también nos íbamos de noche a mirar
      la tele, en la casa de don Erculano Servín, y procurábamos los dos, copiar
      algo, aunque sea pequeñito, de las gentes tan lindas que salían en la
      televisión. Y por eso jugábamos a la quiniela, para poder después jugar la
      lotería que es más cara, nuestra esperanza era sacar una parte de la
      grande, para comprar una tele. Pero el problema es que en casa no tenemos
      eletricidad. Pero si sacamos la lotería, eso ya no importará vamos a hacer
      poner. Vamos también a cambiar el techo de zinc por tejas y comprar
      muchas, muchas cosas de comer, y yo voy a comer y comer, pero también voy
      a seguir calentando pilas al sol, porque me gusta y no ya por pobre, que
      eso no me gusta, aunque dicen que Dios le quiere más a los pobres- uno de
      los notables había muerto. Muerto. Esa palabra, me levantó hacia arriba y
      luego me tumbó otra vez en la cama.
           Se juntaron en mi cabeza todos los posibles desastres: escuché
      campanas enloquecidas, vi animales que se volvían monstruos, vi calaveras
      tiradas en las calles, y por último un desfile terrible de gentes que
      gritaban, reían, lloraban, o cagaban cagándose de la risa, ahí mismo, en
      el lugar que ocupaba siempre en el palco, este notable, y escuché la voz
      lejana de mi madre que decía «quenpadecansemanté». [96] [97]



      La fotografía
           El ómnibus se detuvo finalmente en la calzada. El guarda gritó para
      despertar del todo, a los últimos pasajeros adormilados, ¡última parada
      señores! Descendieron en la calle húmeda y sucia. Un fuerte olor a orín
      les arañó la garganta.
           El niño miraba sorprendido hacia todos los lados con los ojos
      agrandados.
           Hacía mucho que se preparaba para el gran día. Desde que su madre le
      anunció el viaje. Pero su fantasía había quedado pequeña para la realidad.
           Las casas parecían gigantes de rostro enojado. No tenían el colorido
      alegre de las chatas casitas de su pueblo.
      Cuánta gente. Todas serias y apuradas. ¿No se conocían esas gentes? Nadie
      saludaba a nadie.
           El corazón le latía con tanta fuerza, que el dum dum le retumbaba en
      el oído.
           La mujer lo llevaba de una mano casi arrastrado: sus piernas se
      habían vuelto de repente torpes como si en ese momento aprendiera a
      caminar.
           Cruzaron la calle que era un río de automóviles y el niño miró a su
      madre admirado y sorprendido. [98]
           Cuando llegaron a la plaza, la mujer le soltó la mano y por un rato
      se miraron y una leve sonrisa les iluminó la cara a ambos. El niño
      recuperó sus piernas.
           Siguieron caminando ya sin prisa, sin que ninguno de los dos abriera
      la boca. El silencio era un lenguaje conocido por ambos.
           Al llegar al lugar, la mujer dejó en el suelo la valijita de cuero
      que llevaba en la mano y por un rato el niño se sentó encima. Con un gesto
      ella le indicó que se levantara, luego, despaciosamente, con infinita
      paciencia desató todos los nudos del piolón con que estaba atado y lo
      abrió.
           Saco un pantalón largo de color celeste y una camisa amarilla, que le
      paso al niño. Era todo el contenido. El niño se quitó la camisita
      desteñida y se puso la otra. El pantalón se vistió encima del que traía
      puesto sin sacarse los zapatos, opacos y duros.
           La mujer se inclinó para ayudarlo. Primero metió la cola de la camisa
      dentro del pantalón. Pero al darse cuenta que le quedaba grande en la
      cintura, lo sujetó con el mismo piolín con que había asegurado la valija y
      ocultó el improvisado cinto con la camisa. El niño ya estaba vestido.
           Ella tenía la boca seca: haciendo un esfuerzo escupió en su mano por
      tres [99] veces una saliva espumosa y blanca, le humedeció un poco el
      cabello y le peinó. Y ella a su vez se peinó. Y los dos se pusieron firmes
      y tensos frente al fotógrafo. Esperaron sin preguntar nada, con tranquila
      seguridad que el profesional terminara su trabajo. Ninguno de los dos
      demostró curiosidad ni prisa.
           El fotógrafo miró la imagen aún húmeda y blanda. Había captado el
      pantalón celeste, la camisa amarilla y los ojos asombrados del niño y el
      cabello engominado de saliva y el rostro ajado de la mujer, más el ritual
      de ternura que le precedió quedó flotando entre los enormes árboles de la
      plaza. Miró largamente la fotografía hasta que el papel se secó y los
      colores quedaron nítidos, luego se la paso a la mujer y acaricio
      torpemente la cabeza del niño.
           Por un instante fugaz se vio repetido en él. [100] [101]



      El milagro
           Como todos los años, en viernes santo, Miguelina se levantó a las dos
      de la mañana, a sacar agua del pozo para bañarse.
           Sabía que a medianoche Cristo había bajado a lavarse las heridas y
      todas las aguas estaban benditas.
           Ella hubiera querido, como sus amigas, ir al arroyo a darse el baño
      purificador, pero su padre no le permitía.
           Llenó hasta el borde la enorme batea. Miró maravillada y pensativa el
      cielo oscuro, cubierto de estrellas y la enorme luna de color de plata.
           Quería develar el misterio, descubrir el secreto inmenso.
           Desde lo más hondo murmuró su plegaria, en su mal castellano -su
      madre le había dicho que Dios no entiende guaraní- Diosito quieroitepa ver
      como te bajas desde ahí tan arriba. Acaso pico te bajas con la luna, yo co
      quiero verte terei. Ya te bajaste a la media noche, pero para vos nada es
      imposible. Y vos sabes como pa soy buena y te quiero y quiero verte sólo
      un ratito, un poquito de tu cara... [102]
           De repente el estupor le paralizó. La luna bajaba hacia ella en loca
      carrera. Con el brazo se tapó la cara, se negó a seguir mirando, -¡No!
      ¡No! señor. ¡No necesitoite verte! Te creo. Creo en vos señor. Perdóname
      que mi soberbia, no soy digna de mirarte.
           Cuando por fin abrió los ojos, la luna se había ocultado y Miguelina
      se desvistió para bañarse, con el corazón latiéndole atolondradamente. Al
      día siguiente en el pueblo se comentaba el milagro. [103]



      Siesta
           La pequeña mujer cruzó corriendo la ruta. Jadeaba un poco. Se sentó
      en la alta vereda de una vieja casa. Tenía un vestido de algodón muy usado
      y en la mano una pañoleta de seda, arrugada y descolorida, que se pasaba
      insistentemente por la cara, como secándose. Miraba con intensidad el
      pavimento que a esa hora de sol, brillaba como mojado.
           Cuando pareció descansada, se bajo de la vereda y fue a pararse en el
      borde de la ruta, como si su intención fuese tirarse bajo las ruedas de
      los camiones, que pasaban gimiendo y balanceándose, cargados de algodón.
           Se fijaba atentamente en todos. Estaba esperando a alguien. Volvió a
      sentarse en la vereda alta. Sus piernas gordas y cortas colgaban como a
      diez centímetros del suelo. Se ató la cabeza con la pañoleta desteñida y
      por un momento dejó de observar. Con un movimiento de rotación del cuello,
      relajó la tensión de la nuca. Luego volvió a mirar a la distancia.
           Después de una larga espera, en que lo único que hacía era observar
      la ruta [104] y rotar el cuello de un lado a otro cada tanto, volvió a la
      orilla del camino, cuando se acercaba un enorme camión. Se sacó el pañuelo
      de la cabeza y comenzó a agitarlo para detener el vehículo.
           El camión se detuvo. Ella ágilmente subió en la estribera. Adentro,
      al lado del chofer, estaba un hombre joven, de ojos casi transparentes que
      la miró despectivamente entrecerrando los ojos.
           Ella era pequeña y morena de edad indescifrable, podía tener quince
      años o veinte.
           Estaba como azorada ante aquel hombre que la miraba visiblemente
      enojado. El pañuelo temblaba en sus manos y un sudor frío le bajaba por la
      espalda. La voz se negaba a salir, se le había atorado en la garganta,
      hasta que por fin, con mucho esfuerzo salió finita y extraña, que hasta a
      ella le pareció ajena. -Estoy embarazada y..., y la voz finita se cortó
      con el rugido, casi, del hombre joven. -No vayas a repetir ese cuento a
      nadie, putita de mierda, porque te juro que te voy a pasar con el camión
      encima. Que te crees vos, que todavía me chupo los dedos. Contale ese
      cuento a otro, a mí no me interesa. Qué creías, que me ibas a conmover.
      Que me iba a poner a saltar de contento. Estoy embarazada -imitó con burla
      la voz de ella.
           Abrió con fuerza la puerta, obligándola [105] a saltar, y todavía le
      gritó -y termina ese chiste, porque de lo contrario te aplasto con el
      camión.
           La mujer esperó que éste se alejara y volvió a cruzar corriendo al
      otro lado de la ruta para hacer el camino de regreso. Se metió en una
      calle llena de zanjas y corrió hasta su casa saltando sobre ellas. Nada
      había cambiado, sólo en sus ojos había un brillo de lágrimas y algo le
      apretaba en la garganta. [106] [107]



      El ropero
           Me visitaba con frecuencia. Al llegar me trataba de usté. Pero cuando
      la invitaba a pasar adentro, su tono de voz cambiaba totalmente, entonces
      me trataba, a rato de tú y a rato de vos mezclando el tú sabe, vos
      entiende, de una manera divertida.
           La acompañaba al fondo a mirar y admirar el ropero: el único vínculo
      que nos unía.
           Hace cuatro años que somos vecinos, y sus visitas son siempre para
      asegurarse que todavía tengo el ropero, que el precio no ha variado. Me
      pregunta la madera de que está hecho porque eso es lo interesante en
      cualquier mueble, doña -me dice con el tono del usté. Yo le contesto
      invariablemente que no sé, pero que lo voy a averiguar. Y lo averiguo.
      Pero me olvido. Se me mezclan los nombres y sólo me acuerdo del guatambú.
      Ella me dice que el guatambú no es bueno y que el precio es alto, porque
      ella quiere un ropero de cedro -para mi casa de Asunción, porque yo aquí
      tengo mi roperito, además estoy aquí de paso, yo no voy a vivir aquí- y
      acaricia con [108] ternura el ropero, y yo me corrijo, y le digo que sí,
      que es cedro.
           Cuando nos cruzamos camino al mercado, ella me detiene, me abraza y
      me besa en las dos mejillas, que se me quedan mojadas y yo tengo vergüenza
      para secarme delante de ella y espero que se me sequen solas, mientras
      ella me habla, sin que sepa yo nunca de qué, porque no puedo pensar en
      otra cosa, que no sea mi cara mojada de saliva, que al secarse se me queda
      estirada como si me hubiera frotado con limón, pero con olor a saliva
      amanecida.
           Sin embargo, cuando me visita en casa, no me besa nunca. Ella me
      fastidia, con su eterna sabiduría sobre muebles; sobre qué hay que poner
      en tal o cual lugar para que quede -muy bonito- al pronunciar la palabra
      bonito alarga la boca, que se llena de diminutas arrugas como un ojal mal
      hecho.
           Pero yo la hiero con toda cortesía. Juego con ella al gato y al
      ratón, claro que no la voy a comer nunca. Sólo quiero lastimarla
      levemente. Me divierte. Así me cobro el olor a saliva que me deja en la
      cara.
           Cuando recién llegué al barrio, yo necesitaba vender cualquier cosa.
      Pero lo único que tenía era el ropero. Un hermoso ropero que mi finado
      marido había comprado en un remate, y que ella le [109] echó ojo desde un
      primer momento.
           Cuando encontré un comprador, ella me propuso un trato.
           Que la esperara hasta fin de mes, y ella me compraba el ropero, a un
      precio más justo -para usté, como va tirar así un mueble tan fino-. Ella
      misma fijó el precio.
           La esperé hasta fin de mes, hasta fin de año, y la seguí esperando
      por mucho tiempo. Ahora salí a flote, ya no necesito vender el ropero,
      pero ella quiere comprarlo.
           Ella ama el ropero. Es el sueño de su vida inútil. Es su último sueño
      que yo alimento. No por otra cosa, solamente por mala. Me siento
      exquisitamente mala haciéndole concebir esperanzas. Le hago creer que le
      voy a vender en cualquier forma, y le rechazo de la manera más amable
      todas sus propuestas.
           Que voy a pensarlo. Que no se preocupe. Que el ropero es para ella,
      que por muy buena oferta que me hagan, no lo vendería a otra persona, más
      que a ella, que me honraba abrazándome en la calle, ella, una distinguida
      dama de la sociedad. Le doy palmaditas cariñosas en el brazo de piel
      moteada y siempre tengo la sensación de estar acariciando un sapo.
           Ayer vino a inspeccionar el ropero, por última vez antes de llevarlo.
      Entró [110] hasta el fondo de la casa sin llamar, cosa totalmente
      desacostumbrada en ella. Y como para justificarse me contó que ya tenía
      todo el dinero, uno encima de otro, contante y sonante que le había
      mandado su hijo que está en muy buena posición económica.
           Hasta ahora ella me trataba como su igual, porque yo tenía un mueble
      fino, pero de repente comenzó a mirar el resto de mi casa con cierto
      fastidio.
           El ropero estaba lleno de diarios viejos, y por primera vez vi en
      ella un gesto de desdén, por el maltrato que le daba a un tesoro que
      estaba a punto de pertenecerle.
           Con voz totalmente distante y distanciadora empezó a hablar de los
      ignorantes, que no saben que uso darle a las cosas finas.
           Nunca había ido a su casa. Esta vez fui. Había en mí una gran
      euforia. Le llame en el portón, y cuando salió la invité a acompañarme,
      sin explicarle nada.
           Cuando vio el estado en que había quedado el ropero, su viejo corazón
      en el que ya no cabía otro sueño, no aguantó. Se cayó sobre el montón de
      cenizas ligeras que se esparcieron por toda la pieza.
           Quizá sin darme cuenta tiré un fósforo sin apagar, y los viejos
      diarios hicieron el resto.
           La veo tirada en el suelo, como un gran payaso, cubierta de pavesa, y
      no hay en mí ni asombro, ni remordimientos, ni pena, sólo una insistente y
      absurda idea: que ella huele a saliva amanecida.

¿Que estoy haciendo con mi vida?Antognazza, Jorge

Escrito por novoyatirarlatoalla 01-01-2007 en General. Comentarios (8)




Principio del libro ¿QUÉ ESTOY HACIENDO CON MI VIDA? de Antognazza, Jorge
PRINCIPIO
NOS ESTAMOS YENDO
Hace unos años, durante una sesión de psicoterapia, un paciente me
comentó que nadie le había enseñado a mirar las cúpulas. Por esos días,
transitando por una de las avenidas céntricas de la ciudad se dio cuenta de que
siempre caminaba mirando las veredas pero no las alturas.
Esta experiencia es muy común. Caminamos por la vida evitando pisar excrementos
de perros o buscando alguna moneda perdida y nos olvidamos de las bellezas de las
cúpulas. Estos dos estilos de mirar no tienen por qué ser excluyentes. Existe un arriba
y un abajo; una izquierda y una derecha. Sin embargo, a pesar de la movilidad que
tiene la cabeza, nuestras cervicales, con su artrosis, nos demuestran que hemos
optado por la rigidez.
En el nivel de lo psicológico algo parecido nos ocurre: nos encontramos con otro tipo
de endurecimiento. Se trata de aquel que es provocado por la apasionada necesidad
de ignorarnos en nuestros deseos. De la misma manera que la artrosis dificulta los
movimientos y nos causa dolor, la pasión por la ignorancia de nosotros mismos pone
obstáculos a nuestro encuentro con el bienestar.
Es notable observar la manera en que las personas desean y temen el cambio.
Consultan a psicoterapeutas y psicoanalistas, terapeutas alternativos o
complementarios, concurren a conferencias y talleres, consumen decenas de libros de
autoayuda. Sin embargo, todo parece quedar en la nada. ¿Qué pasa entre esa
información que les llega y su dificultad para autoaplicarla logrando la tan deseada
transformación?
Es que las personas quieren cambiar pero sin abandonar los viejos esquemas rígidos
con los que han preformado su vida. Están fuertemente convencidas de que el
cambio debe provenir desde afuera, del profesional, del conferencista, del autor del
libro quienes, se cree, conocen el secreto de la felicidad, del enigma de la vida, del
recóndito sentido profundo de la existencia. Aquellas personas se caracterizan por la
constante demanda del tipo: ¡"Dígame qué tengo que hacer para ser feliz!"
Cuando decidí reeditar este libro, me propuse agregarle otros conceptos de acuerdo
con los testimonios de los lectores. Por mi parte, estaba experimentando varios
cambios en mi vida. Uno de ellos, quizá el más trascendente, fue la toma de
conciencia del curso y transcurso de mi existencia.
En mis 54 años de edad y 26 de profesión no había vivenciado, como ahora, que todo
termina, que nos estamos yendo. Este "shock de realidad" lo tuve como reacción a la
enfermedad irreversible de una de nuestras amadas gatas: Charlinne. La habíamos
criado con Marta, mi mujer, desde los cinco días de nacida. Quince años después
tuvimos que tomar la decisión de sacrificarla. He visto la decadencia física de
muchos seres queridos. Desde mis cinco años de edad en que muere mi abuela
paterna hasta el día final de Charlinne he pasado por numerosas despedidas. He
tomado conciencia plena del fin de la vida y me he preguntado cuántas personas se
dan cuenta de que esto se termina. Tarde o temprano nos vamos... para siempre, por
lo menos en esta vida de la cual puedo dar testimonio de que existe. Si hay algo más
allá es un asunto de fe. Lo real es que, por ahora, esto es todo lo que tenemos.
La muerte por sacrificio de Charlinne sólo avivó lo que ya tenía y no quería
reconocer: hagamos lo que hagamos nos estamos apagando desde el día que
nacemos.
Desde el 20 de enero del 97 hasta el 15 de mayo la caída de nuestra gata fue
dramáticamente notable. Su belleza fue transformándose en una deformación facial
debido a un sarcoma témporo-mandibular. Ya no podía comer y el cuidado amoroso
de Marta, sus caricias, su incondicionalidad, hicieron que sus últimos momentos
fueran tan felices como cuando la poníamos dentro de un cajoncito de la mesita de
luz, con una bolsa de agua caliente y un reloj para que el tictac simulara los latidos
cardíacos de la madre. Fue criada a puro gotero con leche y tonadas de vals
tarareadas por Marta. Y murió a puro gotero, leche y otras sustancias sin contar con
la mortificación de los pinchazos de Decadrón que le tuve que dar, con mucho
remordimiento, para aliviarle la inflamación. En su día final, Alejandro Tirone, fiel a
su profesión y con todo el dolor y el amor que le profesa a sus pacientitos, se
transformó en el ángel protector quién, muy a su pesar, inyectó la sustancia letal en la
venita. Y así se fue, diciéndonos adiós con la mirada en un estado de plena paz y,
quiero creer, agradecimiento.
Mientras las cosas permanecen, en la medida en que nuestros seres queridos están
con nosotros, no tenemos plena conciencia de que todos, sin excepción, nos estamos
yendo. Da la impresión de que un día es igual a otro, de que siempre pasa lo mismo
como en la película "Hechizo del tiempo". Se trata de una ilusión. Muchas personas
consideran que nunca van a morir o que las oportunidades y la felicidad se
encuentran en el otro mundo.
El impacto de Charlinne hizo que me retornaran otros impactos: muchas muertes
algunas esperadas otras tan sorpresivas que aún hoy me cuesta creerlo, como la de
Alfonso Milito (Milo), a quién le agradecí en la versión anterior de este libro la
lectura crítica que hizo del prólogo.
Mucho de lo anterior lo viví a medias. Lo de Charlinne y lo de Milo, no. Hoy, un
poco por la edad por la que transito, otro poco por la experiencia vivida, otro por el
dolor por las pérdidas reales y las frustraciones acumuladas me dije "¡Basta de
estupideces!". He tomado conciencia plena, profunda, emocional de que nos estamos
yendo y de que no hay salida.
Alguna vez leí que un pensador (No recuerdo quién) dijo que "el ser humano es
como un paquete que el obstetra envía al sepulturero." Bastante pesimista, por cierto.
Otro afirma que la única obligación del ser humano es morirse. De todo puede zafar,
menos de la muerte. Jean Paul Sartre nos dice que los seres humanos somos "muertos
sin sepultura". Desde un lugar opuesto, los "sacerdotes" de la New Age nos
bombardean con que la solución a los problemas humanos es el perdón y el amor.
Como si perdonar y amar fuera así de simple.
Dentro de esas polaridades es conveniente que tomemos una posición. La mía es la
siguiente: es verdad que vamos a morir algún día. También es cierto que al comienzo
de nuestra historia hay un obstetra y al final un funebrero. Pero no creo que seamos
paquetes ni que estemos muertos en vida. Por otra parte, a diferencia de la new age,
no creo en el perdón y en el amor así, sin más. Desde luego, puedo comprender las
motivaciones conscientes o inconscientes del que hizo algo malo y determinar que es
producto de su historia, de padres que lo maltrataron, de cargas genéticas, etc., pero
de ahí a perdonar hay mucha distancia. No tengo por qué hacerme creer y hacer creer
que siento lo que no siento. Se dice que el perdón libera. Justamente, considero todo
lo contrario: primero debo estar libre para luego perdonar. Tampoco creo en el amor
universal; sí, en cambio, en el respeto a todos, aceptando que el otro es como es y
que no tengo ningún derecho a presionarlo para que sea diferente. Por más esencia
divina que haya dentro de mí tengo que reconocer con dolor que no soy Cristo. No
puedo ejercer el perdón, como El lo hizo. En medio de un sufrimiento atroz,
bebiendo vinagre, clavado en la cruz sin apoyo en los pies, muriendo por una
insuficiencia ortostática mientras todos reían y se burlaban, le pide a su Padre que los
perdone porque no saben lo que hacen. Soy humano y amo a los que amo, pero no
me pidan más.
Se han dado miles de azarosas combinaciones para que estemos aquí, ahora y
haciendo esto. Cada niño que nace, deseado o no, aceptado o rechazado, es un
milagro en sí mismo. A partir de ese instante cientos de vicisitudes lo van modelando
de tal manera que va perdiendo su estado esencial y se va transformando en lo que
los demás desean de él. Ya adulto vive en un estado de permanente conflicto entre lo
que él desea y no sabe que desea y los deseos de los otros. La esencia divina queda
sepultada viva y, a su alrededor, se va configurando el carácter de la criatura con
capas superpuestas de mandatos que van conformando su argumento de vida. Un
argumento escrito por otros que neutraliza los deseos auténticos de ese "Niño Libre"
con el cual nació. Cristo sabía algo de esto, por eso su llamada de "Dejad que los
niños vengan a mí". Esa mentalidad pura, esencial, sin especulaciones, era la única
que podía entender los misterios del "Reino de Dios dentro vuestro".
Pero la red social-familiar que rodea al niño tiene sus propias normas, su sistema de
creencias, su filosofía de vida transmitida de generación a generación. El niño que
acaba de nacer es uno de ellos y deberá tener las mismas ideas, idéntico sistema de
creencias. Tendrá que mirar las veredas, no las cúpulas, buscando billetes perdidos,
evitando tropezar o pisar excrementos. Se pueden hacer ambas cosas. Me puedo
detener y mirar las cúpulas ignoradas de la gran ciudad. Pero para desafiar el
mandato de "¡Camina mirando el piso!" tengo que poseer libertad. Y la libertad no se
adquiere, es un don divino. Nadie me la puede dar, la poseo por el hecho de ser, de
existir. Si vivo mi vida en función de los mandatos de los otros o de un sistema de
creencias que nunca cuestioné por miedo al castigo, jamás seré libre, estrangularé a
mi Niño Libre que vive dentro mío, seré un muerto sin sepultura, un paquete que el
sepulturero estará esperando. Seré nada... siéndolo todo.
Parados en este punto se produce el conflicto: ser o no ser, dirá Hamlet. Vivir en
función de mis auténticos deseos o vivir de acuerdo con lo que los otros esperan de
mí. Frente a estos dos caminos que se bifurcan llega el angustiante momento de la
toma de decisiones. Pero no es fácil decidirse así como así. Detrás de mí hay toda
una historia. Delante de mí, si decido cambiar, un vacío. Aquello es el mundo
conocido. Sé que tengo recursos porque los uso diariamente; en el nuevo mundo no
sé con qué me voy a encontrar. ¿Por qué no dejar todo así?
Porque dentro de mí, esa esencia divina puja por salir. Me crea desasosiego. Me
cuestiona si esto es todo. Me dice que no hay demasiado tiempo, que me estoy yendo
y que si no hago algo, ese niño interior se apagará.
Consciente de esta verdad y aunque nos disguste tenemos sólo dos opciones: o
vivimos por vivir o lo hacemos de acuerdo con la llamada de nuestro Niño Libre, es
decir, según nuestros auténticos deseos. ¿Será esto ser un egoísta? Ya veremos que
no.
En algún momento tendremos que decidir o, mejor dicho, hacer consciente nuestra
decisión porque decisión siempre hay aunque no nos demos cuenta. O le diremos
adiós para siempre al deseo de los otros o adiós para siempre a nuestro Niño al cual
distraeremos con compulsiones múltiples para hacerle creer que nos estamos
ocupando de él: saldremos con mujeres, jugaremos compulsivamente, fumaremos,
beberemos, nos drogaremos de cien formas diferentes. Pero su respuesta será,
siempre, la tristeza y el reproche metaforizado en algún síntoma. Pues lo estamos
crucificando sin saber que lo estamos haciendo, le daremos de beber vinagre, nos
mofaremos de él, y esperaremos hasta que alguna "insuficiencia" lo aniquile.
En este libro, una puesta al día de "¿Qué hacer con la vida?", reflexionaremos sobre
varias cuestiones. Todas girarán alrededor del mismo núcleo: el desperdicio del
tiempo de vida satisfaciendo los deseos de los demás. Como ya lo mencionamos
antesTu podrás protestar haciéndome una pregunta. "¿Pero es que me propone ser
egoísta?". La respuesta es ¡Si! Y te explico por qué: cuando la señora muerte te toque
el hombro y te diga “Llegó el momento”, nadie de aquellos por los que has perdido
tu tiempo va a venir a reemplazarte. Tu muerte te pertenece a ti y sólo a ti. Siendo
así... ¿A quién crees que le pertenece tu vida?
Por supuesto que no debes confundir el ser egoísta con el ser egocéntrico o ególatra.
Te muestro este cuadro para que compares:
EGOÍSMO ALTRUISMO
EGOÍSMO
Egoísmo –
egoísta
(Primero yo, luego yo y
siempre yo)
Personalidades para quienes el otro noexiste.
Egocentrismo –
egolatrismo
Egoísmo – altruista
(Primero resuelvo mis problemas y luego voy a estar disponible para lo que
necesiten los demás, a menos que sea una emergencia)
Egoísmo deseable.
ALTRUISMO Altruismo – egoísta
(Primero los demás y luego, si me queda tiempo y energía me dedicaré a mi)
Dependientes de la valoración y afecto de los otros, quienes siempre se sienten en
deuda con él.
Egoísmo encubierto
Altruismo – altruista
(Sólo existen los otros. Yo no existo) Espera de la recompensa divina, de la entrada a un
paraíso después de muerto como consecuencia de susbuenas obras.
Inversión egoísta
Nosotros apuntamos al egoísmo-altruista. Por ahora quédese con esta única e
irrefutable verdad: nos estamos yendo y nadie nos enseñó a mirar las cúpulas.

Iraq: un cuento para niños, Santiago Alba Rico

Escrito por novoyatirarlatoalla 01-01-2007 en General. Comentarios (1)
Comité de Solidaridad
con la Causa Árabe
www.nodo50.org/csca
e-Mail: csca@nodo50.org
Santiago Alba, filósofo y
ensayista, es autor de Dejar
de pensar y Volver a pensar.
Recibió el ‘Premio Anagrama
de Ensayo 1995’por su obra
Las reglas del caos.
Ediciones Orates y Virus
publicaron en 1992 sus guiones
televisivos de "Los electroduendes"
(1984-1988) bajo
el título ¡Viva el mal!, ¡Viva el
capital!
I r a q : un cuento
para niños
Santiago Alba Rico-




Se mira siempre desde lejos y desde arriba, impunemente,
y así se cree uno a cubierto de todo contagio y de toda responsabilidad
penal. Cámara o pistola —que técnica, gesto
y lenguaje tanto emparentan—, la víctima lo es sobre todo
de la distancia infinita entre las dos fuerzas así enfrentadas:
la víctima se deja apalear, desnudar, manipular, pero
se 'deja' también mirar. Una de las peculiaridades sin duda
de nuestro tiempo es ésta en virtud de la cual los mismos
que protestamos contra todas las otras desigualdades aceptamos
como natural la desigualdad de la mirada, que la
tecnología al mismo tiempo ha globalizado y normalizado.
Unos matan y otros son matados; unos miran y otros son
mirados.
26 de febrero de 2002

I r a q : un cuento para niños
Santiago Alba Rico
Salvo entre enamorados, la mirada siempre establece un régimen de desigualdad que
debería ser equilibrado por algún castigo. Se mira siempre desde lejos y desde arriba,
impunemente, y así se cree uno a cubierto de todo contagio y de toda responsabilidad
penal. Cámara o pistola —que técnica, gesto y lenguaje tanto emparentan—, la víctima lo
es sobre todo de la distancia infinita entre las dos fuerzas así enfrentadas: la víctima se
deja apalear, desnudar, manipular, pero se ‘deja’ también mirar. Una de las peculiaridades
sin duda de nuestro tiempo es ésta en virtud de la cual los mismos que protestamos
contra todas las otras desigualdades aceptamos como natural la desigualdad de la mirada,
que la tecnología al mismo tiempo ha globalizado y normalizado. Unos matan y otros
son matados; unos miran y otros son mirados.
A Bea, que había mirado ya las cosas que luego yo anotaba
LA terrible tenaza que ha matado a 1.600.000 iraquíes en la última década (la mitad de ellos niños)
libera sin querer briznas de poesía. En Bagdad, las noches claras, se puede contemplar el cielo estrellado
porque abajo, en las calles, hay pocas luces encendidas. En Bagdad se puede oír limpiamente la
llamada del almuédano y el reclamo del vendedor de naranjas y hasta el murmullo manso del Tigris
porque hay muy pocos coches circulando por sus avenidas. En Bagdad las paredes exponen a la vista la edad
de los colores y la altura y rango de los edificios (piedra, hierro, ladrillo) porque no hay vallas publicitarias
que amordacen los muros con su incendio chillón de felicidad helada. No es, en cualquier caso, la falta de
luces ni la de coches ni la de anuncios la que se impone inmediatamente a la atención sino la presencia natural,
olvidada, del cielo, el silencio y la materia; y es necesaria una reflexión —como quien se sacude el sueño
de un testarazo— para recordar de qué catástrofe injuriosa proceden estas maravillas.
Pero hay otras ausencias que, al contrario, duelen como un orzuelo y señalan como un dedo. Se ven, por
ejemplo, muy pocos niños y muy pocas mujeres por las calles de Bagdad. Es curioso lo que ocurre con los
niños; hasta qué punto la sensibilidad reconoce a tientas su superioridad manifiesta, incluso al precio paradójico
de sacrificarlos —o descuidarlos— por eso. La imagen de un basurero, ¿no es mucho más triste que la
de un niño buscando en un basurero? ¿No es ésta una extraña forma de rendirles homenaje? ¿No induce a la
tentación de abandonarlos a su suerte, tan perfectos nos parecen en todas las circunstancias? Allí donde no
hay luces nos ilumina el cielo, que estaba primero. Si retiramos los coches, aunque sea a manotazos, recuperamos
el silencio, que es lo que había antes. Pero si retiramos a los niños, lo que queda precisamente son las
huellas de los manotazos que los han hecho desaparecer después. Porque no hay niños, en ausencia de niños,
paseando por la calle Al-Rachid o Al-Mutanabi, el ojo repara precisamente en la basura acumulada en el suelo
que el gobierno sólo puede recoger una vez a la semana por falta de vehículos; y repara en los costurones de
las casas que no se pueden pintar de nuevo; y repara en los comercios vacíos, en los que muy pocos iraquíes
pueden abastecerse; y repara en las bellísimas tiendas de Al-Mustansiriya, otrora hormigueantes de turistas,
en las que se exhiben, junto a viejos bibelots en serie sumergidos en el tiempo, las joyas del ajuar matrimonial
que las mujeres han tenido que vender para mantener a sus familias. La ausencia de electricidad, tráfico
y comercio libera el cielo, el silencio y la materia; la ausencia de niños revela precisamente la falta de electricidad,
tráfico y comercio y la revela como la marca de un zarpazo silencioso que hubiese sacudido la ciudad.
Los niños hay que buscarlos en otra parte. Hay que buscarlos, por ejemplo, junto a los hombres, al lado de
sus padres, atareados a esas horas en sus inquietas apreturas. Muchos niños iraquíes, en efecto, juegan muy
seriamente a ese juego que los mayores luego proseguimos en una penosa y a menudo ignominiosa imitación:
el trabajo. En los tristes restaurantes de la calle Abu Nuwas algunos niños llevan la sopa y los encurtidos al
comensal solitario o aventan las brasas de la parrilla encendida; hay niños en los cafés recogiendo las cáscaras
del té de encima de las mesas; y en el mercado de Al-Kadhimain se ve pasar a niños que tiran, como de
un camión de juguete, de esos estanques con ruedas en los que, sobre un fondo de agua, boquean las famosas
carpas del Tigris (vendidas a precio de ámbar: 2.000 dinares el kilo, la mitad del sueldo de un profesor universitario).
Hay niños también en el campo, en los talleres, en las tiendas. Durante la última década y a causa
del embargo, un millón de niños de entre doce y quince años, en su mayoría varones, ha tenido que abandonar
la escuela para redondear con sus dos manos la economía familiar. Pero no hay aquí, como en Indonesia
o Egipto —por citar sólo dos casos—, ni explotación a gran escala (niñitos dejándose los ojos en los nudos
de una alfombra o fabricando zapatillas de lujo a ritmo de galera) ni tampoco mendicidad: por contraste con
nuestros propios niños, tan obscenamente pedigüeños, los niños iraquíes saben esperar y saben también dar
las gracias; están lo bastante bien educados como para saber que, por muy duras que sean las circunstancias,
no se debe pedir mientras se tenga al menos un pedazo de pan que llevarse a la boca (y que si se pide otra
cosa más importante —una pelota o una pistola de plástico— hay que hacerlo sin tirar de la manga, con picardía,
con dignidad y con gracia).
Pero hay niños, naturalmente, en las escuelas. Bombardeadas o dañadas en 1991 (hasta 3.800), muchas de
ellas todavía hoy con los cristales rotos, desprovistas de lápices, de libros, de canchas de juego, con los bancos
pelados y los maestros en ayunas, en ellas se sorprende a los niños como corresponde a su estirpe, enredados,
incontables, en manadas, reunidos por fin, aunque sólo sea por la triste obligación de aprender la tabla
de multiplicar. Decir “niño” es como decir “trigo”: el “género” de una sustancia múltiple que parece multiplicarse
ante nuestros ojos. Se puede decir un “niño” como se puede decir un “grano”, metáfora banal para
expresar hasta qué punto una cosa pequeña puede ser valiosa. Pero así como el trigo nos lo representamos
chorreando de un saco —un tesoro de granos o una estampida de espigas—, a los niños nos los representamos
siempre en racimos o a puñados, como los dátiles y como las canicas, una muchedumbre de vidas sueltas
y duras naturalmente inclinadas a amontonarse o, como decía el poeta Caeiro de un rebaño, “mucha cosa
feliz al mismo tiempo desparramada por toda la ladera”. Hace falta aislar a los niños, contemplarlos uno a
uno, para que la infancia nos parezca frágil, sospechosa o trágica. En la escuela primaria An-Nazaha, en el
barrio de Zahra de Basora, los cuarenta niños de Tercero a cargo de la maestra Sindis parecen intimidados por
la presencia de los extranjeros: se levantan, saludan con escansión aprendida, fila tras fila (‘alaikum a-salam
wa rahmat-allah wa barakatu), sobre todo niñas, escurridas y vivas, unas con velo y otras sin él, y dan las
gracias por los lápices con circunspecta timidez. Pero es —claro— una comedia; el ancestral y fingido homenaje
a la autoridad de los mayores. A la mirada le basta saltar al azar entre las caras para sorprender en ellas
una sombra ya de coquetería bajo los ojos, un asomo de burla en los labios, como un mensaje clandestino de
su verdadera, bulliciosa naturaleza, y sobre todo una gran ansiedad —apenas un temblor bajo este disciplinado
apocamiento— por expresar y prolongar la inconmensurable alegría de que hayamos venido a interrumpir
la clase de geografía. Y así se explica la desproporción entre el gesto imperceptible de la maestra y las consecuencias
que provoca: con un dedo, después de todo, se puede dinamitar una casa e iluminar una catedral.
El mismo gesto, en todas las aulas, produce el mismo efecto al mismo tiempo; una especie de explosión, una
onda expansiva que lo derriba todo, y de pronto el patio rectangular, bajo el cielo plomizo, bulle de felicidad
al aire libre. Cientos de niñas entre seis y diez años se atropellan, saltan, levantan la tijera de la victoria en la
punta de los dedos, gritan salvajemente alrededor de un gran cromo. ¿Qué gritan? ¿Qué representa este
cromo? También podemos fijarnos en eso. Repiten una y otra vez, con la energía de un torrente, con la alegría
de un potro liberado de sus cinchas —con una pasión silvestre y hermosa— una consigna rimada en la
que ofrecen su sangre y su alma a Sadam Husein (bi-ruh bi-dam nadik ya sadam). El cromo, por supuesto,
representa al Qaid (al Caudillo). Pero si nos fijamos en eso, que sea a condición de fijarnos bien. ¿Nos escan-
Iraq: un cuento para niños Santiago Alba Rico

dalizaremos nosotros de la explotación que se hace de la felicidad de los niños? El hombre de Bollicao o de
Tulipán, descendiendo de su helicóptero en un colegio de Madrid, o el patrocinador de Danone que reparte
cromos de Pokemon en un jardín de infancia de Roma, produce la misma revolución; y a todos nos conmueve
que nuestros niños griten el eslogan y exhiban las calcomanías de una multinacional rapaz y trapacera.
Como nos conmueven los niños americanos que, después del 11 de septiembre, agitan sus banderitas, cantan
el himno nacional y ruegan a Dios antes de clase que conceda salud al presidente. La alegría es la misma y
nada tiene que ver con su excipiente; es tan pura que puede destripar ranas sin llegar jamás a degradarse. Con
una diferencia: la que hay —objetiva— entre comer bollicaos y margarina y recibir bombas y respirar uranio
empobrecido.
Me conmovió mucho —lo confieso—, me puso muy contento ver a estos niños, felices de saltarse la geografía,
gritando consignas sacrificiales en el patio de la escuela de An-Nazaha. Los niños tienen básicamente
dos derechos inalienables: repetir y juntarse para hacer ruido (preferiblemente al aire libre). Repetir lo que
sea, el mismo cuento, el mismo postre, el mismo gesto. Y gritar también lo que sea, en tropel y bajo el sol,
incluso una estupidez o un sinsentido. Por eso los niños se prestan tan bien a los trabajos más duros y responden
tan fácilmente a la propaganda. Pero nada de esto es demasiado terrible. Lo verdaderamente terrible
en las escuelas iraquíes no es ni la geografía ni la exaltación del Caudillo; lo verdaderamente terrible es esa
fuerza invisible y calculada, activada desde un remoto edificio de Nueva York mediante un mando a distancia,
que todas las semanas atraviesa las aulas y deja un banco vacío entre dos niños tal vez ya mordidos por
el cáncer. Allí se sentaba Samir y allí Salua. Ahora hay que ir a buscarlos a otra parte.
Mucho más triste que el hecho de que la enfermedad mate es el hecho de que la enfermedad separe.
“Niño”, lo hemos dicho, no se puede declinar en singular; no se puede aprehender por unidades, salvo antes
de perderlas. Por eso no podemos prescindir de la escuela por mucho que acudamos a ella a rastras y a regañadientes;
todos los niños del mundo lo saben: es mejor ser reprimido en grupo que mimado a solas. Eso es
precisamente lo que tiene de angustioso y obsceno un niño mimado: que todas sus ventajas proceden de su
aislamiento; que —en definitiva— está solo. En este sentido, lo contrario de una escuela es justamente un hospital.
A los niños iraquíes, por desgracia, hay que buscarlos también en los hospitales, donde la mirada los
asiste y compadece —y la muerte los prende— uno por uno. Los bombardeos y el embargo se cobran cotidianamente,
desde hace once años, una monótona cosecha de injurioso dolor: trescientos niños menores de
cinco años mueren todos los días como consecuencia de enfermedades que podrían curarse; el número de malformaciones
ha aumentado un 150%; el de cánceres virulentos en edades tempranas en un 450%. La malnutrición,
el tifus, la difteria, incluso el cólera —males desconocidos en Iraq hace una década— tronchan estas
espigas que en Francia o en España se balancearían erguidas bajo el sol. La falta de los medios más elementales,
cuya entrada en el país está vetada por la criminal colusión anglo-americana, convierte a los médicos
en heroicos y angustiados impostores y los hospitales en cantones de desahuciados y dispensarios de buenas
intenciones.
Salvo entre enamorados, la mirada siempre establece un régimen de desigualdad que debería ser equilibrado
por algún castigo. Se mira siempre desde lejos y desde arriba, impunemente, y así se cree uno a cubierto
de todo contagio y de toda responsabilidad penal. Cámara o pistola —que técnica, gesto y lenguaje tanto
emparentan—, la víctima lo es sobre todo de la distancia infinita entre las dos fuerzas así enfrentadas: la víctima
se deja apalear, desnudar, manipular, pero se deja también mirar. Una de las peculiaridades sin duda de
nuestro tiempo es ésta en virtud de la cual los mismos que protestamos contra todas las otras desigualdades
aceptamos como natural la desigualdad de la mirada, que la tecnología al mismo tiempo ha globalizado y normalizado.
Unos matan y otros son matados; unos miran y otros son mirados. El que ve la televisión, ¿nunca
será castigado? ¿Nunca nos moriremos de mirar lo que no debería haber pasado? Los viejos mitos y los viejos
cuentos, que castigan a los “mirones” no menos que a los “matones”, nos recuerdan una visión más antigua
y más cuidadosamente humana: el “curioso” que descorre el cerrojo, enciende la luz o entreabre la corti-na arriesga su propia alma o su propia vida: Acteón, la mujer de Lot, Psiqué, Melusina, la esposa de Barba
Azul. Y lo hace asumiendo la posibilidad de ese contagio visual que la antropología llama también “magia
simpática”: “Me has mirado como a un animal y te convertirás en animal; me has mirado como a una cosa y
te convertirás en cosa”... Los niños enfermos de leucemia del Hospital Central de Bagdad y del Hospital
Pediátrico de Basora, víctimas del control remoto imperialista, se dejan mirar. Son cosas. Cositas bien extrañas.
Porque menos que perturbarnos que nuestra mirada los cosifique, lo que nos horroriza es que estas cosas
nos miren. Cuando el cuerpo, en efecto, ha sido rebañado hasta los huesos, cuando las fuerzas escurridas no
son capaces de sostener ya la cabeza ni de abrir los labios, en medio de las ruinas, los ojos se mantienen todavía
encendidos. Son ellos los que piden agua, una caricia, una explicación; y si miran asustados (tanto que da
miedo) no es porque sepan que las estadísticas declaran que no hay para su mal posible curación; lo que les
asusta —como algo para ellos más terrible que la muerte, como si fuéramos a reírnos de sus orejas o a mentar
el nombre de su madre— lo que les asusta es que todos esos extraños que han entrado atropelladamente
en su habitación les están mirando.
He mirado a Hamid, 6 años, con la cara podrida de tumores y al que el roce más liviano arranca un gemido
de dolor (¡ay cuando ya ni siquiera se soporta el peso de una mano!). He mirado a Nur, tímidamente atada
a su suero como una cabrita a una estaca. He mirado a Hoda, de dos años, que lleva la mitad de su vida en el
hospital. De otra que también he mirado me gustaría decir el nombre, pero no puedo. Es una niña rubia, flaquita,
guapísima, que aún tiene la inútil coquetería de lucir una coleta en la cabeza y la esperanza de sobrevivir
a su muñeca; y a cuyo rostro un diente mal crecido confiere una gracia inmortal que ninguna enfermedad
puede amenazar. Le pregunto el nombre y ella esconde la cara y sonríe —o casi— con invencible pudor.
Quiero saber su nombre para dejarlo encerrado en estas páginas, como un sobre vacío o una cáscara de nuez,
porque desde hace tiempo vengo creyendo en la superstición de los nombres y en su dureza de diamante; y
porque, como el Crátilo de Platón, me parece mientras la miro que una niña así sólo puede llamarse Zainab
o Amal. Insisto, pues, y la niña entra de nuevo en su sonrisa, como en un caparazón. La madre, a su lado, una
mujer grande y digna que se ha hinchado de orgullo oyendo mis piropos, le pide con cariño que conteste. No
hay nada que hacer. Le pregunto por su muñeca y por sus hermanos, le hablo de España y luego vuelvo a la
carga. ¿Shu ismik? (¿Cómo te llamas?). Pero Zainab o Amal, o como quiera que se llame, sonríe y no dice
nada. Más que su obstinación, fruto de una timidez dulcísima que, asalto tras asalto, acaba por convertirse en
una decisión, me sorprende la de su madre: una, dos, tres veces le pido que sea ella quien me desvele el secreto
y una, dos, tres veces, se inclina ella para presionar con zalamas a su hija. Cuando el forcejeo amenaza con
volverse cruel, desisto: de pronto intuyo que la resistencia de la madre obedece a una superstición de signo
inverso e idéntico a la mía, una superstición que puede rastrearse en todos los pueblos de la tierra y en la que
todos por igual, pobres y ricos, buenos y malos, buscamos inútilmente protección: decir el nombre de su hija,
estando ella presente, enferma pero todavía viva, sería tratarla ya como si estuviese muerta. Nombrar, sí, un
sobre vacío o una cáscara de nuez.
Y he mirado también a Ali, a Ali Hamid, comido por las metástasis en una cama de Basora, al que quizás
en estos momentos ya nadie puede mirar. La madre, que comprende al vuelo el régimen de desigualdad de la
mirada, se apresura a sacar conclusiones desproporcionadas (o proporcionadas tan sólo a su amor y su esperanza).
Si podemos mirar, ¿podemos quizás también...? Sin una lágrima ni una trampa, soportando su protagonismo
como una carga tal vez provechosa, nos pide serenamente en árabe que nos llevemos a su hijo a
Madrid, donde no falta de nada, y se lo devolvamos curado. El médico la deja hablar y luego pasa al inglés
para mostrarse rotundo: nos pide por favor que no alimentemos falsas ilusiones; Ali Hamid —cuyos ojos nos
miran muy fijos, muy brillantes, desde el fondo de una caverna en la que nadie puede entrar— está desahuciado,
el cáncer ha ocupado todos los rincones de su cuerpo, está viviendo quizás sus últimas semanas. La superioridad de la mirada recibe al menos este escarmiento: es castigada a seguir mirando lo que no puede cambiar.

Los niños de los hospitales infantiles de Bagdad y Basora se dejan mirar y confieso que los he mirado; y
—como sigo creyendo en los viejos mitos y leyendas— aún no estoy seguro de que no me haya pasado, de
que no me vaya a pasar nada. Los he mirado y no puedo hacer otra cosa que decir que los he mirado; y quiero
que se sepa que si me pasa algo, si me quedo ciego, si se me paralizan las piernas o me convierto de pronto
en un extraño —un ciervo, como Acteón, o un anciano huraño— será por haberlos mirado.
Hay también niños a los que, por mucho que se los busque, ya no se los encuentra en ninguna parte: porque
están muertos. De ellos sólo queda ese siniestro vestigio, mitad réplica, mitad metonimia, que conserva
ante los ojos, próximo lo lejano, presente lo irremediablemente perdido: la fotografía. Hemos visto muchas
fotografías de niños muertos, hasta cuatrocientas, en el barrio de Al-Amiriya, en una de esas incontables
“zonas cero” que los EEUU han ido sembrando, año tras año, por todo el planeta. Allí, en un refugio antinuclear,
cuatrocientos treinta niños, mujeres y viejos, se creían protegidos el 13 de febrero de 1991 de los masivos
bombardeos americanos. A las cuatro de la mañana un misil atravesó el punto más débil de la construcción
—la salida de humos— y estalló en su interior; sólo catorce personas consiguieron abandonarla antes de
que las puertas, de cinco toneladas cada una, se cerraran automáticamente, como sobre los condenados en el
Infierno. Cuatro minutos más tarde, un segundo misil enhebró limpiamente el orificio en el techo y concluyó
la tarea: el suelo se desplomó sobre el piso inferior y la temperatura ascendió a cuatrocientos grados. En cinco
minutos, cuatrocientas dieciséis personas murieron en esta gigantesca olla a presión: en las paredes pueden
verse todavía hoy los ojos de los niños derretidos, así como retales de piel fundidos en la piedra. El refugio
de Al-Amiriya es uno de esos sitios que hay que visitar personalmente, un lugar —en su sentido más estricto—
religioso; es decir, un lugar donde ha pasado algo, donde ha pasado algo tan esencial para la humanidad
que se ha vuelto antiguo desde el principio. Es un lugar mucho más viejo que Babilonia o las Pirámides; tan
terrible que es anterior al Hombre. Ninguna cámara puede registrar esto; la imagen técnica integra todas las
visiones en un umbral “convencional” de experiencia, por muy amplio que se quiera y por mucho que se
pueda maniobrar en él: por eso el vídeo “engrandece” las cosas pequeñas y empequeñece, en cambio, lo que
no se puede medir. Las confiere un formato tranquilizador de monumentalidad o de espectáculo. Aquí no hay
ni una cosa ni otra. Los iraquíes han mantenido intocado el refugio como un museo del horror, han mimado
su espanto como un centro de propaganda antiimperialista; pero ni siquiera esta teatralidad mitiga su energía
antigua, monstruosa y obscena. Cuando se traspasa la puerta finlandesa de cinco mil quilos, se hace el silencio,
uno se deshace en el silencio. Arrojad todas las playas del mundo en el océano y la arena desaparecerá
en el agua; meted una orquesta de cien músicos en el refugio de Al-Amiriya; meted tambores, campanas, cascabeles,
timbales; y este silencio radical se tragará todo el estrépito y toda la bullanga. El silencio se ve agravado,
ahuecado, por las decenas, por los centenares de fotografías —niños licuados en esa madrugada tremenda—
colgadas de las paredes ennegrecidas, junto a ramos de flores mustias e improvisadas leyendas de
solidaridad o protesta. Los americanos que visitan la “zona cero” de Mahattan deberían visitar también la
“zona cero” de Al-Amiriya; los americanos que se conmueven noblemente leyendo las últimas palabras de las
víctimas del 11 de septiembre o los trágicos mensajes de sus parientes, deberían leer también la carta en árabe,
pegada al muro, de un padre iraquí que se acostó el 12 de febrero seguro de que al menos a sus hijos no les
iba a pasar nada: “Mis cuatro niños: no sabía que la mano de la muerte iba a arrebataros esa noche en un instante...
Oí el ruido de sus aviones y el fragor de sus misiles y mi único pensamiento y el único pensamiento
de vuestra madre era que estabais dentro... y tuvimos mucho miedo. Traté en vano de abrir la puerta del refugio,
pero quedasteis dentro como el pájaro masacrado... Hussein, Shima, Mohamed, Mustafa... mis entrañas...
Espero que hayáis encontrado justicia. Porque la vida no tiene sabor para mí sin vosotros. Vuestra madre os
llama constantemente y vuestra hermana se ha quedado sola para siempre. Vuestra habitación, vuestros juguetes,
vuestros muebles siguen en su sitio y nuestras lágrimas no se secarán hasta que volvamos a encontraros.
Hussein, Shima, Mohamed, Mustafa...”. Llamémoslos John, Margaret, Alfred y Paul y se nos romperá el corazón.
Pero —decíamos— no sólo los niños; también se ven muy pocas mujeres en las calles de Bagdad. En un
país que en 1986 tenía los más altos índices del mundo árabe de participación femenina en la vida política,
en el que ellas aportaban la mitad de la fuerza productiva, en el que hay divorcio y planificación familiar, el
embargo ha devuelto a miles de mujeres a sus casas. Las ha devuelto también a las mezquitas. Vemos a cientos
de ellas, cubiertas con sus abbaias negras, en el patio que circunda la bellísima mezquita del Kadhimain,
uno de los lugares santos del chiísmo en Iraq. ¿Será que las dificultades de la guerra y el bloqueo —y su consecuente
sufrimiento— han empujado a las mujeres a buscar refugio en Dios? ¿Se han vuelto místicas a fuerza
de no poder ir al taller ni al parlamento ni al mercado ni al cine? ¿O es que encuentran un vestigio de todos
estos sitios, algo de todas estas cosas, en la práctica de su religión? Basta un vistazo a la vastísima explanada
pululante de gente, reunida en indolentes grupos sentados bajo el sol —como grumos de vida espesados al
azar o matorrales crecidos en desorden— para medir toda la potencia socializadora del Islam, bajo cuyo
manto lo profano y lo santo se alimentan recíprocamente y se funden sin discontinuidad. Estas mujeres de
aspecto luctuoso, estas grandes matronas aparentemente severas, inseparables en el imaginario occidental de
una religión de grilletes y tinieblas, están fumando como camioneros. Una inesperada combinación de picnic,
asamblea y salón de te preside toda la atmósfera. Algunas mujeres calientan sus viandas o hacen hervir
el agua en pequeños hornillos de gas; los vendedores de cigarrillos y de galletas circulan entre los fieles; a lo
largo del recinto, al fondo de un escalón corrido, se abren las puertas de las celdas donde pasan la noche los
peregrinos. Al contrario que en el refugio de Al-Amiriya, el silencio aquí viene de arriba, es aéreo, sopla entre
los cuerpos, un crucigrama de gestos sueltos y voces relajadas. Es éste un extraño, feliz día de campo a la
sombra de los cuatro esbeltos, altísimos minaretes —oro y verde— de la mezquita y de las dos cúpulas doradas,
en forma de gota, del mausoleo. Dios proporciona a estas mujeres algo mucho más importante que consuelo
espiritual para sus penas presentes y apoyo moral para las venideras: les proporciona un espacio donde
no estar solas, donde enredarse en una superficie común, donde intercambiarse historias y devolver consejos;
donde tejer, en fin, ese fondo de realismo que permite soportar todos los delirios y todos los absurdos de este
mundo; y desde el cual se enderezan todas las decisiones y todas las resistencias. Es fácil aquí mirar y entablar
palabra; se está en territorio liberado, como en los parajes de Chiapas o en las noches de Carnaval. Y si
nadie silba es porque —ya se sabe— silbar atrae al demonio; y porque también se silba cuando se tiene miedo.
“¿Miedo?”, tanto sobresalta la dignidad de estas mujeres mi pregunta que acabo por preguntarlo siempre de
otra manera; no si “temen” (anti jaifa min) un nuevo ataque estadounidense sino tan sólo si lo “esperan” (anti
mutawaqa’a). Mohamed se revuelve, pero también Samia, una mujer que ha venido del Sur con su familia y
que me ofrece un raguif de pan. “Hace once años que EEUU hace la guerra al pueblo iraquí”, dice con enérgica
tranquilidad en correctísimo inglés mientras fuma bajo el velo negro; “nada ha cambiado después del 11
de septiembre; tampoco nuestra voluntad de resistencia”. Y luego muda de nuevo a humana vieja en territorio
libre y es ella la que pasa a hacer las preguntas, entre el cigarrillo y el te, curiosa e indulgente, satisfecha
de que en el mundo haya otros países (con gente buena, aunque pardilla y blanducha) y satisfecha, al mismo
tiempo, de estar ella en el suyo.
(Una vez en el exterior me vuelvo hacia la mezquita y una curiosa ceremonia llama mi atención: al atravesar
el arco de salida, bajo el que podría pasar cómodamente una goleta, las mujeres se detienen ante una de
las gigantescas puertas abiertas, besan la superficie de madera maciza y tiran luego de una cuerda para accionar,
por encima de sus cabezas, el enorme aldabón de bronce que repite, una y otra vez, su mazazo seco.
Paradójico rito éste de llamar a una puerta abierta y precisamente cuando se va a salir. O quizás no. Porque
salir de la mezquita es, desde otro punto de vista, entrar de nuevo en el mundo; y con este aldabonazo tal vez
los fieles que salen del Kadhimain no quieren que se les oiga dentro sino que se les responda fuera. Están llamando
a las puertas del mundo, como advertencia y en demanda de hospitalidad, para que les acoja con la
misma dulzura que el Dios-campo que acaban de dejar a sus espaldas. Están llamando. “¿Por qué el silencio
de Occidente y de la Humanidad frente a la masacre permanente del pueblo de Iraq?” nos había preguntado,
bajo ese mismo arco, dos horas antes, el imponente sheij de la mezquita.)
Pero a las mujeres hay que ir a buscarlas también a los hospitales, al lado de sus hijos o sus nietos supliciados
por el embargo. Las mujeres son iguales a los hombres; las madres no; y si las mujeres dejan de tener
hijos, si se dejan arrebatar esta diferencia en nombre de la libertad de tener un patrón y de ir al cine (y de
encerrar su vida en un solo cuerpo, valorizado y programado por los designios del mercado), renunciarán a la
superioridad insuperable, irrebasable, sobre la que pivota la frágil estabilidad de nuestro mundo. En la igualdad,
los hombres y las mujeres atropellarán juntos, sin oposición, los últimos fundamentos; en la igualdad, no
habrá ya ninguna excelencia contra la que choque la pasión de destrucción generalizada. Aquí, en los hospitales
de Iraq, la falta de cloro, de productos de limpieza, de equipos de laboratorio, de aparatos de radioterapia
o protocolos completos de quimioterapia (productos todos prohibidos desde Nueva York), mata y tortura
todos los días, pero no puede nada contra los esquemas profundos de la supervivencia. En el departamento de
leucemia del Hospital Universitario Pediátrico de Bagdad, donde ingresan dos casos nuevos todas las semanas,
las madres mantienen en funcionamiento la intendencia moral del centro con sus infatigables gestos de
andar por casa: hacen de enfermeras, se ocupan de la limpieza, se encargan también de la alimentación de los
enfermos. Hacen, sobre todo, de madres, que es como decir que hacen de mástiles. La dignidad es una especie
de rectitud y al mismo tiempo de reposo; y nuestra imaginación (alimentada por una interminable galería
de cuadros, estatuas y estampas literarias) se la representa siempre sencillamente como una vertical bien
anclada. Está erguida y no se mueve. Es esto lo que impresiona en estas mujeres: algo que tiene que ver con
la hexis corporal o, si se prefiere, con la postura. No hay ninguna diferencia entre el sufrimiento de un niño
pobre y de un niño rico; independientemente de sus causas, en Madrid o en Bagdad, la enfermedad pone ante
nuestros ojos los mismo bubones y las mismas llagas, agonías iguales e igualmente intolerables. ¿Dónde está,
pues, la diferencia? ¿Por qué esta brecha, este brinco de la sensibilidad? ¿Es sólo por lo que sabemos? La diferencia
está en ellas y se manifiesta, si se quiere, a un nivel casi pictórico. Apenas se entra en la habitación la
sacudida se percibe como una inconsecuencia en el espacio, como un error de composición. Las madres no
están donde deberían estar, donde nuestro recuerdo las coloca, donde se colocarían nuestras madres, en una
silla y al lado del lecho, inclinadas sobre la almohada. En cada habitación hay seis camas y en cada cama hay
—no un niño, no— una mujer velada, sentada, erguida, grande, y cada mujer velada sostiene en su regazo a
un niño enfermo. Ellas son las camas de sus hijos. Y las camas son sólo sus peanas. Sonidos, tactos, olores,
todo se esfuma en el aire; pero lo que entra por los ojos... Esta imagen —este ángulo carnal compuesto de una
horizontal vencida y una vertical inamovible, un dolor hacia arriba y otro dolor hacia abajo que lo revela y lo
limita— permanece imborrable en mi memoria, como una mezcla de dolor privado y de confianza universal.
La “postura” de la madre multiplica el sufrimiento y equilibra al mismo tiempo el mundo en una réplica ininterrumpida
en la que sufrimiento y equilibrio se citan y se reflejan al infinito. Habitación tras habitación se
repite el mismo cuadro inmóvil: seis pasos de Semana Santa, seis tallas de la Dolorosa, el corazón roto y los
brazos firmes, que habría que pasear por las calles de Nueva York; seis obras maestras, treinta y seis obras
maestras, setenta y dos obras maestras, que Miguel Ángel no pudo esculpir más que una sola vez. El sufrimiento
de un niño es un escándalo; el sufrimiento de una madre nos tranquiliza. Se mira al niño y uno desea
culpablemente un castigo; se mira a la madre y uno se siente inmediatamente perdonado. No me pasará nada,
no me convertiré en ciervo ni en anciano gruñón ni me quedaré paralítico de las dos piernas, como tal vez
merezco: la superioridad de mi mirada se ve expiada por esta superioridad superior que también se deja mirar.
Enfrentarse a una mujer no es aconsejable, pero es posible; se la puede engañar o seducir o intimidar; a una
madre no. Lo más duro, nos dice el doctor Mohamed Taher, pediatra del hospital, héroe diminuto de apretada
barba negra y ojos febriles que trabaja veinte horas al día por cinco dólares al mes, lo más duro es tener
que traicionar la confianza de las madres, que acuden al centro seguras de su pericia, y decirles que no puede
hacerse nada por sus hijos. Lo más increíble es la respuesta de las madres, a la que uno —felizmente— nunca
llega a acostumbrarse. Sin ellas, sin las madres, no podríamos soportar su dolor.

Con las pocas cosas que caben en un pañuelo, como demuestran los pigmeos, se puede construir una
sociedad humana. Por encima del umbral de la miseria, la pobreza —recuerdo un título de Guidieri— es una
abundancia o, al menos, una abastanza; por encima del umbral de la miseria, la pobreza maneja valores de
uso, impone solidaridades, genera instituciones. Lo original, lo espontáneo, lo inmanente es el orden, que
tiene que ser permanentemente destruido por una intervención vigilante, irrumpiente, ininterrumpida y violenta.
Incluso en la aldea más pequeña, incluso en los campos de refugiados, incluso en esos lager 1 atroces
que nos describe Primo Levi —en los alvéolos que escapan a la providencia del terror— cristalizan diminutas
constelaciones de objetos, retículas de relaciones que resisten el desorden de la fuerza o de la opresión. Es
ésta una tiranía elemental y un principio antropológico: los hombres experimentan —combinan y veneran—
lo que tienen, no lo que les falta. Quitad a un hombre, una por una, todas las cosas; quitadle todo y dejadle
sólo una cuchara: con ella construirá su casa, se beberá su sopa, defenderá su jardín; en torno a ella se amarán
los jóvenes, se forjarán leyendas, se organizarán doctrinas y cultos; se inventarán también distintos “estilos”
de manejarla o de representarla. Dejadles al menos una cuchara y los hombres lo olvidarán todo en ella.
Todo límite es, al mismo tiempo, un horizonte completo de exigencias y placeres. Si, en contra del mito individualista
del capitalismo, muchos más hombres, a lo largo de la historia, se han sentido irresistiblemente atraídos
por la pobreza (y no sólo santos, místicos, revolucionarios o aventureros) es porque la pobreza concentra
un doble poder ineluctable: el de obligar a establecer relaciones y el de apaciguar las ambiciones, sobre el
fondo de ese acontentamiento que en otro sitio he llamado “la banal positividad del Neolítico”. A la pobreza
no le falta nada. Es exactamente lo contrario de lo que ocurre con la riqueza. A partir de un cierto grado de
opulencia, la riqueza se llena de todas las cosas que aún no tiene, está pendiente tan sólo de lo que le falta,
deja atrás las cosas, las va dejando siempre atrás sin que el que las posee pueda jamás unirse con ellas de ningún
modo ni unirse a través de ellas con ningún hombre. La riqueza es una idea o, si se prefiere, un fantasma.
¿Por qué no hay nunca fantasmas en las chabolas ni en las favelas de lata? ¿No será que el fantasma del
enorme castillo en ruinas se limita a simbolizar eternamente ante nuestros ojos el espectro de la opulencia desaparecida,
del fasto muerto, de la grandeza derribada? ¿No será el castillo mismo el fantasma? Al contrario
que la pobreza, que es intemporal o, si se prefiere, “clásica” —porque repite desde hace un millón de años las
mismas cosas—, la riqueza está siempre amenazada por la fragilidad del poder, por la inconstancia de las
modas, por la discontinuidad del tiempo. La riqueza está siempre a punto de volverse vieja, en trance de volverse
fea. Digo todo esto porque la prueba más impresionante del suplicio que está viviendo Iraq desde hace
once años no son sus niños desnutridos ni los comercios desabastecidos y vacíos ni las madres dolorosamente
rectas en los hospitales. Aquello que está delante de los ojos, al alcance de la mano, por penoso que sea, se
acepta siempre con naturalidad y presencia de ánimo (y por eso hay que pensarlo o recordarlo si lo que se pretende
es cambiarlo); pero lo que no podemos soportar es la visión de lo que ha estado. Donde se reflejan de
un modo más espectacular y más hiriente, más lúgubre también, los efectos del embargo; lo que me ha proporcionado
la imagen más clara —una especie de metro o de medida— del declive inducido de Iraq ha sido
—lo diré de una vez— la visita a dos edificios fantasmas.
El primero está en Basora. Allí, frente a la confluencia del Tigris y el Eufrates, vadeados por un mal puente
de tablas y boyas, se alza el imponente hotel Sheraton como un viejo galeón naufragado o un transatlántico
varado en el fango. Concebidos en serie, como una variante rica del socialismo, para que sus clientes pudieran
viajar de Sheraton en Sheraton sin tener que pasar por ningún país (recuerdo una vieja publicidad en
Egipto: “Fuera es El Cairo, dentro sólo el Sheraton”), los Sheraton alzan sus moles idénticas, en Casablanca
y en Río de Janeiro, como puros no-lugares de transición rápida orientados a la extracción ininterrumpida de
beneficio. Cuando se les despoja del espejuelo de vida del turismo, queda sólo la carrocería, como en Basora,
un resto aparatoso que no se ha llevado el río y que exhibe al mismo tiempo la codicia de sus creadores y la
caducidad de un tiempo que ya no existe. Basora, en otro tiempo famosa por sus dátiles y sus palmerales, rica
en reservas petrolíferas y cuyo nombre ningún lector de Las Mil y Una Noches puede pronunciar sin nostalgia de donde salían y a donde iban a parar todas las historias—, es hoy una ciudad devastada por dos guerras
y un asedio de años que sigue zapando sus entrañas: aguas residuales, uranio empobrecido, cortes de electricidad,
escuelas peladas, hospitales desprovistos de todo menos de muertos. Pero lo más triste es el Sheraton.
Si a Bagdad arriban contados viajeros y a trompicones, a Basora, en la zona de exclusión aérea anglo-americana,
sobrevolada y bombardeada casi a diario por los aviones del Imperio, no llega nadie. Y sin embargo —
y por eso— lo más triste es el Sheraton. El embargo, al vaciar sus salones, ha revelado la superfluidad de su
origen y el carácter subordinado —de una época y de una bulimia— de su arquitectura. Con sus tres cuerpos
oblongos de siete plantas aupándose sobre una ciudad enana, con sus centenares de habitaciones ahora cerradas
y sus salas vastas y marchitas como gigantescos bostezos, no se puede entrar en él sin sentir inmediatamente
el deseo de buscar una hoguera alrededor de la cual se calienten diez desharrapados y dormir tapado
sólo por una manta. Todos los esfuerzos del personal por contener o, al menos, adecentar esta decadencia sólo
sirven para revelar aún más sus estragos. Bajo la luz mortecina de un generador eléctrico todo —hombres,
objetos, comida— parece bañado en un aceite lento que los aleja, inalcanzables, a una distancia infinita. En
los interminables corredores, cubiertos por una sobada moqueta azul, uno tiene la sensación de oír silbar el
viento, o quizás las almas de los turistas muertos, hasta tal punto sobrecoge su solitaria fealdad. Las habitaciones,
abiertas para nosotros, son tan grandes que podrían alojar cómodamente a un par de familias iraquíes;
todo está listo y limpio; pero las sábanas tienen la aspereza y la grisura de un pergamino viejo; los grifos están
oxidados; el agua sale turbia del caño; y una cucaracha se pasea por el suntuoso mármol del lavabo amenazando
mi cepillo de dientes. Fuera es el mundo, sigue siendo el mundo; dentro sólo el Sheraton. El Sheraton
solo. No apetece estar aquí mucho tiempo. Nada hay más triste que el lujo muerto, el oropel agusanado, las
raídas pelucas que ya nadie va a volver a ponerse. Quitadle a un hombre todo; quitadle a un hombre todo
menos las cucharas y creará una civilización. Quitad los hombres y dejad las cucharas. Sed generosos: dejad
también los platos, las mesas, los muebles, los palacios. Y luego poned a un hombre solo en medio de todo
eso y sucumbirá a la melancolía.
El otro edificio al que me refiero, esta vez en Bagdad, es el Jan Maryán, muy cerca de la mezquita del
mismo nombre, en una bocacalle de Al-Rachid. Antiquísimo caravasar (jan) construido por Amin ud-Din
Miryan en 1359, constituye una impresionante muestra de la arquitectura del período selyeúcida: su gran patio
rectangular cubierto a catorce metros del suelo por una bóveda de seis arcos mitrales, las dos galerías superpuestas
que lo rodean con sus puertecitas en punta, la combinación de mortero, ladrillo y madera —todo ello
iluminado por la luz tamizada que entra por los altísimos ventanales— le confiere ese aire ambiguo e imponente
de fortaleza castellana y catedral gótica. Tras muchos años de abandono, en 1935 el edificio fue restaurado
y confiado al Departamento de Antigüedades para que albergara colecciones de arte árabo-islámico.
Después se convirtió en un selecto restaurante, paradero inexcusable, en otro Bagdad más despreocupado y
bullicioso, de viajeros, comerciantes y burguesía local. Habíamos entrevisto la construcción la primera noche,
a través de un cristal y bajo una luz como de antorcha, y nos había cautivado. Volvemos, pues, el último día,
a la hora de comer, en una jornada fría y plomiza, pero con la última visión de una pirámide de naranjas en
una carretilla; y apenas empujamos la puerta tenemos la sensación de haber errado el sitio, la sensación casi
de un accidente revelador: como el que mete el pie entre las breñas y descubre una gruta poblada en el paleolítico
o el que acciona sin querer un resorte y cae a una cripta abandonada en la Edad Media. La gran nave
de catedral del restaurante está completamente vacía. No hay nadie: ni clientes ni camareros. Pero todo ocurre
como en un cuento. Porque cincuenta mesas, coronadas de manteles blancos, con platos, cubiertos y toda
una flotilla de copas y vasos encima del tablero, esperan desde hace una década, perfectamente preparadas, a
doscientos comensales que un día u otro habrán de llegar. Antes de que se produzca la menor señal de vida,
tenemos tiempo de acercarnos y examinarlas: los sillones que aquí llamaríamos fraileros, con brazos de madera
y tapicería de terciopelo, han perdido el color; los manteles, ajados y desteñidos, exhiben algunos discretos
zurcidos o quemaduras de cigarrillo; se ven platos desportillados y un viejo menú con amarilleces de papiro.
La luz de las vidrieras, en este día encapotado, agrava la atmósfera de soledad y abandono. Pero todo ocurre
como en un cuento también porque nuestra presencia —la de sólo dos personas—, como ese gesto que despierta después de un siglo un palacio dormido o ese carillón que resucita a los muertos, convoca inmediatamente
a tres, cuatro, hasta seis jóvenes vestidos de Aladino, salidos de no se sabe dónde, que se azacanean
apresuradamente de un lado para otro, nos llenan en un segundo la mesa de viandas, montan en el centro de
la sala un horno en forma de tambor. Al mismo tiempo, al fondo de la nave, se abren misteriosamente dos
puertas de madera y dos viejos, también de cuento, iluminan sus tiendecitas de souvenirs: cuelgan dos alfombras,
montan un muestrario de postales y nos enderezan una mirada, desde el umbral, cargada de pacífica
ansiedad. No podemos resistirnos a la invitación. Mientras los Aladinos acumulan junto a nuestros platos, una
tras otra, grandes boinas de pan, nosotros examinamos lamparitas sin genio dentro, películas soviéticas de
super-8, chapitas anamórficas del Caudillo, y sobre todo —sobre todo— unos muñequitos en atavíos tradicionales,
tan pequeños, tan ingenuos, tan cubiertos de polvo, tan necesitados de una mirada, que adquirimos
de pronto la conciencia de todo el sufrimiento que pueden albergar también los objetos. Nuestra presencia, en
fin, activa el edificio muerto, en toda su extensión, punto por punto y línea por línea: despliega en pocos minutos
toda la energía que lleva dentro. Nosotros dos somos, de alguna forma, los doscientos comensales que el
Jan Maryán estaba esperando desde toda la eternidad.
Pero este cuento, por desgracia, es muy banal y muy triste. Uno de los camareros se llama Ahmed, tiene
veinte años y procede de un pueblo del Nasriya, donde ha dejado a sus padres y a su novia. Su padre y su tío
han combatido en dos guerras y él mismo no ha conocido, desde que nació, más que la amenaza de las bombas
y las penurias del bloqueo. Ha venido a Bagdad para rebañar, aquí y allá, unos dinares que le permitan
casarse, pero no disfruta de la gran ciudad: día tras día, se muere de nostalgia.
— “¿Está siempre tan vacío?”, le pregunto señalando a mi alrededor.
— “¿Y quién va a venir?”, me contesta. “Ya lo has visto: aquí una comida cuesta tres veces lo que cobra
al mes un iraquí”.
Él no ha llegado a conocerlo, pero le han hablado de un tiempo mejor en el que el restaurante bullía de
turistas y ricachones, en el que se bebía cerveza y mujeres bellísimas, de todos los lugares del mundo, lucían
los más seductores vestidos. “De noche hay más gente, pero ya sólo vienen funcionarios de embajada, miembros
de delegaciones como la vuestra y algún que otro comerciante jordano”.
Ahmed, al marcharnos, nos agradece menos que hayamos visitado su restaurante que el que hayamos visitado
su país. Es tímido, limpio, inteligente, digno. Nos despedimos con una especie de ternura. ¿Será porque,
en realidad, teníamos muchas ganar de vernos sin saberlo? ¿O porque es la última vez que nos vemos? ¿O
será por todo lo que tanto él como nosotros sabemos acerca del futuro inmediato de Iraq?
Ahmed —que debe, después de todo, complacer al cliente— hace una última concesión a la esperanza:
“In-sha-allah (si Dios quiere) la próxima vez que vengáis el Jan Maryán estará lleno de gente y, sobre todo,
comeréis mejor”.
In-sha-allah... si Dios lo quiere y los Estados Unidos, mucho más poderosos, lo permiten.
No lo permitirán. Antes de Afganistán, después de Afganistán, los Estados Unidos siguen empeñados en
hacer retroceder a Iraq a la Edad de Piedra. De hecho ya han anunciado a los iraquíes —quizás para antes del
mes de mayo— más bombas, más cánceres, más niños derretidos, más madres dolorosamente rectas en camas
de hospitales. No es un parte meteorológico. Serán ellos los responsables y seremos nosotros quienes callaremos.
El día 8 de enero leo en Al-Yumhuriya, uno de los periódicos de Bagdad, la noticia de que los iraquíes han
elegido en votación a Osama Ben Laden como personaje del año 2001. Llegará un día, quién sabe, en que los
votantes estadounidenses no tendrán más remedio que preguntarse por qué los iraquíes —y tantos y tantos
hombres en todo los rincones del planeta— eligen con tan poco juicio a sus héroes. Muchos nos hemos preguntado
ya muchas veces por qué también ellos —los norteamericanos— eligen tan mal a los suyos. Cuando
el Dios justísimo que no existe convoque a los iraquíes el día del Juicio Final y les pregunte “¿por qué elegisteis
tan mal a vuestros héroes?”, los iraquíes llamarán en su defensa al Hambre, con su cabellera piojosa,
y al Cáncer, con la cara podrida de bubones, y al Fuego y al Tifus y al Uranio y al Dolor. Cuando el Dios justísimo
que no existe convoque a los estadounidenses y les pregunte: “y vosotros, vosotros cuyas casas nadie
bombardeaba, cuyos hijos no se morían de cólera o de difteria, que podíais beber agua potable y escoger vuestras
instituciones, vosotros que teníais carne para comer y coches para desplazaros y libros para pensar, ¿por
qué elegisteis tan mal a vuestros héroes?”, los estadounidenses contestarán tranquilamente: “Porque queríamos
tener más”. Si el Dios justísimo que no existe existiera...
¿Que podemos hacer? Nada. O casi nada. Porque la galletita de Bush es una advertencia para los grandes
y una esperanza para los pequeños. Cuidado: el Ogro puede atragantarse comiéndose a Pulgarcito. No nos rindamos:
si el Ogro se va a comer a Pulgarcito, procuremos al menos que se le atragante.
• • • • •






Sindrome de Alienación Parental,SAP.

Escrito por novoyatirarlatoalla 01-01-2007 en General. Comentarios (4)

Pagina donde encontrarás toda clase de información sobre custodia compartida:http://www.vilecha.com/custodia/enlaces.asp

FAMILIAS SEPARADAS : EL DIVORCIO MATRIMONIAL Y LAS SECUELAS QUE SUFREN L@s HIJ@S.

Chicos que rechazan a sus padres
Cada vez hay más casos en la Justicia

Es un trastorno que aparece en los juicios de divorcios. Se lo llama Síndrome de Alienación Parental y es un proceso por el cual uno de los padres "programa" al hijo/a  para que odie al otro sin justificación.


Georgina Elustondo.
Más de una vez la separación de los padres es un alivio. Sucede cuando el nivel
de agresividad o de indiferencia de una pareja asume un voltaje tal que la distancia
 entre ese papá y esa mamá que se miran con odio es lo mejor que le puede pasar a
 un hijo. Sin embargo, ocurre a veces que ni siquiera el fin de la convivencia logra
enfriar las broncas. Y que la ruptura, lejos de arrimar tregua, no sólo agudiza el
 resentimiento sino dispara la utilización de los hijos como caballitos de batalla
contra el ex cónyuge, en una guerra que, en la "destrucción" del otro, incluye la
decisión de desprestigiarlo y atacarlo hasta romper su vínculo con los chicos.

No es algo nuevo ni excepcional; lo novedoso es que las consecuencias de esa
actitud ya tienen nombre: se llama Síndrome de Alienación Parental (SAP),
un trastorno definido hace apenas cinco años por el psiquiatra estadounidense
 Richard Gardner, muy controvertido por sus opiniones profesionales respecto
al abuso. "Es un proceso por el cual uno de los padres programa al hijo para
que odie al otro progenitor sin justificación. Suele ocurrir cuando el progenitor
que vive con el niño crea un vínculo de dependencia afectiva y establece con él
 un pacto de lealtad inconsciente que termina destruyendo el vínculo con el otro padre".

En Argentina, el debate por el reconocimiento médico y jurídico de este síndrome es
 fuerte y complejo, pero los expertos reconocen que la problemática existe y que
empieza a resonar en los Tribunales de Familia y en los consultorios psicológicos.
"Los jueces son renuentes a hablar de síndrome porque es difícil respaldar un
diagnóstico tan grave, pero vemos cada vez más casos. En las causas de divorcio
 contradictorio notamos una tendencia a estimular el alejamiento del hijo del padre
no conviviente. Los abogados lo llamamos de otra forma porque hasta los psicólogos
 que hacen psicodiagnósticos prefieren usar otras palabras para hablar del tema", dice la defensora de Menores María Teresa Porsile de Veltri.

La psicóloga forense Cristina Nudel, experta en familia, coincide: "Vemos bastante
seguido este problema porque estos trastornos están más difundidos. Es frecuente
que los peritos de parte pidan una evaluación psicológica cuando el juez otorga la
 tenencia a uno de los progenitores y éste termina obstruyendo el vínculo de los hijos
 con el otro llenándoles la cabeza. Pero yo no suelo hablar de SAP; diagnostico que
 hay un padre que no puede discriminar al hijo del otro padre y sugiero un trabajo de revinculación con el padre ausente".

También la Defensora de Menores Carolina Paladini reconoce que la problemática se
 repite cada vez más y que los psicólogos, en sus informes, empiezan a hablar del SAP.
 "Aparece mucho en los incidentes sobre regímenes de visita, cuando los padres
 involucran a los chicos en la separación y terminan usándolos como carne de cañón,
 generando un juego de alianzas muy jorobado. Los chicos terminan repitiendo el
discurso del padre conviviente como si fueran ellos los que se divorcian. Es tan
grave el lugar donde ponen a los chicos que a veces les pido que intenten salir de
 la escena un minuto para ver lo que están haciendo. No bien logran algún acuerdo
 el alivio de los chicos es impactante".

La ruptura de una pareja —y el duelo de tantos sueños y proyectos que el fin
supone— puede hacer que sus miembros saquen a la luz lo peor de sí. Y lo peor
incluye la manipulación de los hijos en beneficio propio. ¿El costo? Altísimo: según
 los psicólogos, saldar las cuentas adultas sobre el cuero blando de los hijos no sólo
es una forma de abuso (sutil, subjetivo, difícil de detectar) sino, también, otra de las
 caras de la violencia familiar.

"En un chico alienado se pueden desencadenar muchos problemas: dificultades en
 el desarrollo intelectual y afectivo, depresión, problemas de socialización, trastornos
de identidad (hasta puede afectar su identidad sexual), comportamiento hostil,
trastornos de memoria y atención, etc.", enumera Nudel.

"Es grave cuando uno de los padres, a través de la prédica constante contra el otro
 ('nos abandonó, no tenemos para comer, quiere otra familia') capta la voluntad del niño
 y lo manipula hasta lograr que sea él mismo el que diga 'no lo quiero ver'. Cuando la
obstrucción del vínculo es física (se oculta al niño, no se cumple con los horarios pautados)
se puede corregir acudiendo a un juez. Pero cuando la acción apunta a que sea el niño quien decida no ver al padre es más difícil de remediar", dice Daniel Rubín, asesor legal de
Asociación Nuevos Padres (ANUPA).

"En casos de lavado de cerebro claro pedimos un psicodiagnóstico de interacción familiar
y sugerimos terapia urgente para los padres. Si no hay cambios hasta se puede cambiar la tenencia, pero es complicado: hubo un caso de tanto odio al otro padre que hubo que buscar
 una familia sustituta", revela Porsile.

Algunos jueces creen que estas actitudes ceden con el tiempo, que forman parte de
 las pulseadas típicas de los primeros meses post separación, pero no siempre terminan espontáneamente. "Las medidas judiciales coercitivas (multas por incumplimiento
del régimen de visitas, advertencia de cambios en la tenencia) pueden ser útiles.
 Cuando la Justicia pone límites claros los resultados suelen ser notables", dice Rubín.

Porsile también hace hincapié en la importancia de una respuesta urgente: "Una vez
 que la situación está instalada es difícil de revertir. No termina hasta que los chicos
 cumplen 21 años y deciden por sí mismos. La Justicia no debe demorarse porque
la ruptura del vínculo filial condena el futuro del chico".








FAMILIAS SEPARADAS : COMO DETECTAR EL SINDROME

Signos de alerta

DIARIO CLARIN.-
Según los especialistas, algunos de los indicadores típicos del Síndrome de Alienación Parental son:

  • Impedir que el otro progenitor ejerza el derecho de convivencia con sus hijos.

  • Desvalorizar e insultar al otro en presencia de los niños, mezclando cuestiones de pareja que nada tienen que ver con el vínculo parental.

  • Implicar al entorno familiar propio y a los amigos en el ataque al ex cónyuge.

  • Ridiculizar o subestimar los sentimientos de los niños hacia el otro progenitor.

  • Premiar las conductas despectivas y de rechazo hacia el otro padre (a veces basta con que los chicos vean que esa actitud hace feliz a la madre, y terminan ofreciendo su dolor para reconfortar al adulto).

  • Asustar a los niños con mentiras sobre el otro.

  • En los niños: si no puede dar razones o da explicaciones absurdas para justificar el rechazo; y si utiliza palabras o frases impropias para su edad o menciona situaciones que no ha presenciado.

  • ---------------------------------------------------------------------------------------
    1
    ENAJENACION PATERNA.( Pilar B. Pérez Rojas)
    El concepto de enajenación paterna, regularmente no es muy conocido
    para los abogados que laboran dentro del campo del Derecho de Familia.
    Ello trae como consecuencia que los abogados no estén preparados
    adecuadamente para presentar los hechos que constituyen enajenación paterna
    o los que no la constituyen.
    Regularmente, en un proceso contencioso de divorcio o de custodia
    (cuando las partes no se han casado), hay rasgos de enajenación paterna, dicha
    situación puede ser consciente o inconsciente.
    Todo padre resiente el estar separado de su hijo y toda madre entiende
    que ella debe ser la custodia del menor, derecho adquirido, pues ha cargado su
    hijo nueve (9) meses en su vientre.
    Como abogada litigante en el campo del Derecho de Familia, he
    encontrado cada vez más sobre todo en los últimos 10 años, padres que
    entienden que el divorcio o separación de su compañera no es óbice para estar
    separados de sus hijos por lo que muchos solicitan la custodia o custodia
    compartida de sus hijos.
    También, cuando no desean la custodia de sus hijos, solicitan unas
    relaciones paterno filiales amplias y participación en de la crianza de sus hijos.
    Se estableció por el Tribunal Supremo de Puerto Rico en Nudelman vs.
    Ferrer, 107 DPR (1978), los criterios para ayudar al Tribunal a determinar una
    2
    custodia. Estos criterios son: preferencia del menor, sexo, edad, salud mental y
    física, el cariño que pueden brindarle las partes en controversia, habilidad de las
    partes para satisfacer debidamente las necesidades afectivas, morales,
    económicas del menor, grado de ajuste del menor al hogar, escuela y la
    comunidad en que vive, interrelación del menor con las partes, sus hermanos y
    otros miembros de la familia y la salud psíquica de todas las partes.
    Tanto la literatura como la jurisprudencia establecen como criterio
    medular en una determinación de custodia el mejor bienestar del menor.
    Concepto o criterio amplio, que ha tenido cada vez más definiciones.
    Cada padre o madre entiende que el mejor bienestar de su hijo es
    permanecer con él o ella, por lo que dependiendo de sus experiencias en la
    relación y su ansiedad por prevalecer en su posición, presentar rasgos que
    puede ser desde un síndrome de enajenación paterna de severo a leve. Uno
    de los elementos que considera el Tribunal es la preferencia del menor, pero
    debe asegurarse el Tribunal que no existe ninguna manipulación por parte de los
    progenitores.
    El concepto de enajenación paterna, presentado por el Dr. Richard
    Gardner para el 1985, fue desarrollado luego de observar y tratar a menores que
    estén expuestos y envueltos en pleitos de custodia.
    El termino según Gardner se refiere a un disturbio que presenta el menor
    dónde éste está obsesionado con el desprecio o la crítica denigrante al otro
    progenitor que es injustificado o exagerado.
    El concepto de enajenación paterna incluye mucho más que un lavado de
    cerebro (brainwashing).
    3
    El concepto de “brainwashing” implica que un padre puede estar
    programando un menor sistemáticamente y concientemente para que rechace o
    denigre al otro padre.
    Cuando estamos ante una sintomatología de enajenación paterna, ello
    incluye mucho más que “brainwashing”, son factores conscientes,
    subconscientes o inconscientes con los que un padre contribuye a enajenar al
    menor en contra del otro padre.
    Es importante señalar que el síndrome de enajenación paterna surge
    principalmente en pleitos de custodia, donde dicho comportamiento no tiene
    justificación alguna. Cabe aclarar que si existe una controversia real de
    negligencia o abuso del progenitor no es aplicable el síndrome (PAS). No
    siempre el síndrome requiere alegación de abuso sexual. En este último
    aspecto si existe abuso sexual no es de aplicación.
    Los síntomas principales del PAS son:
    a. Campaña de denigración.
    b. Frívolas y débiles argumentaciones para denigrar a la otra
    parte.
    ¿Porqué no lo oyes y lo respetas?
    ¿No entiendes que no desea ir contigo?
    c. Falta de ambivalencia:
    Sólo ven lo malo en el progenitor y no ven nada
    bueno.
    4
    Los niños en un hogar saludable reconocen que las
    personas tiene mezclas de cosas que le gustan y que
    no le gustan.
    d. Fenómeno del “Pensamiento Independiente”:
    El menor entiende que llega a sus propias
    conclusiones y es por ello que rechazan al progenitor.
    e. El progenitor enajenante apoya la conducta del menor en
    conflictos paternales.
    f. Ausencia de culpabilidad de la forma que se trata a la madre
    o padre.
    g. Presencia de memorias prestadas – Los menores usan
    vocabulario de jóvenes de edad más avanzada, muchas
    veces no saben lo q ue significa.
    h. Extiende la animosidad a la familia extendida del progenitor.
    Regularmente el progenitor que es alejado del menor toma un rol
    pasivo, para evitar confrontaciones y tiene temor a tomar medidas
    disciplinarias.
    Las críticas al síndrome de enajenación paterna son varios, entre
    las que están es que no está incluido en el DSM IV. No cualifica como
    síndrome porque los menores son los que deben desarrollar los
    síntomas.
    5
    El Dr. Gardner publica él mismo la gran mayoría de sus trabajos y
    no provee evidencia empírica para apoyar sus conclusiones.
    El doctor Gardner entiende que hay tres (3) tipos de enajenación paterna:
    Leve: Enajenación es superficial, el menor coopera con las
    visitas pero es crítico y descontento con el progenitor
    enajenado.
    Mediano: Aquí los niños van a ser más hostiles e irrespetuosos
    y la campaña de denigración es continua.
    Severo: Las visitas son imposibles, porque los niños son
    hostiles hasta el punto de ser agresivos físicamente.
    El Dr. Douglas Darnall, en su artículo de “Parental Alination not in the best
    interest of the children”, entiende que ha habido confusión entre la definición de
    la enajenación paterna (Parental Alination) y el síndrome de enajenación
    paterna.
    El doctor Darnall define enajenación paterna como variedad o
    constelación de comportamientos, que pueden ser conscientes o inconscientes
    los cuales provocan un desorden o confusión en la relación entre uno de los
    padres y el menor.
    Entiende, que hay varias diferencias entre su definición y la presentada
    por Gardner entre éstas están:
    6
    a. Que éste último se basa principalmente en el
    comportamiento del menor y no en el comportamiento del
    padre.
    b. Gardner requiere que una participación activa del menor con
    el padre enajenante en denigrar al otro progenitor.
    El doctor Douglas Darnall entiende:
    a. Que los padres pueden enajenar o tratar de enajenar al otro padre
    sin necesariamente llegar a presentar un síndrome de enajenación
    paterna.
    b. Que la enajenación paterna puede ser reversible, mayormente a
    través de la educación de los padres.
    Para éste autor la enajenación paterna varía en gravedad, como se
    pueden apreciar en los comportamientos y actitudes de los padres y menores.
    Hay tres tipos de enajenadores:
    a. Enajenadores ingenuos (naive alienators) – que son pasivos
    en cuanto a la relación del menor y el otro progenitor, pero a
    veces dicen algo o hacen algo para enajenar o fortalecer la
    enajenación.
    b. Enajenadores activos (active alienators) – en ellos continúan
    los sentimientos de coraje y molestia hacia el otro padre, por
    lo que son bien vulnerables a provocaciones, regularmente
    del ex esposo (a), provocando que pierda control sobre su
    comportamiento o lo que le dice a los menores. Una vez
    7
    logran calmarse se arrepienten o se sienten culpables por lo
    que expresaron o como se comportaron.
    c. Enajenador obsesivo (obseased alienators) este progenitor
    tiene una “fervent cause” motivo vigoroso para destruir al
    otro progenitor y cualquier lazo o vestigio que pueda quedar
    entre la relación hijo y ese padre. Rara vez ese enajenador
    obsesivo tiene capacidad de reconocer que su
    comportamiento afecta a los menores, todo lo contrario,
    justifica sus acciones. Sus creencias regularmente son
    irracionales y engañosas. Siempre busca respaldo y
    afirmación de sus motivos de parte de los peritos.
    Existen otros modelos de enajenación paterna desarrollados como
    el Alienated Chile Model (menor alienado) de la psicóloga, Joan B. Nelly y
    Janet R. Johnston (Socióloga), en el cual se explica la reacción de un
    menor ante el conflicto de divorcio, la cual no se justifica ni por el
    comportamiento de dicho progenitor o por la influencia del otro.
    El menor puede demostrar afecto como rechazo hacía el mismo
    progenitor. Se enfoca en la conducta de ambos padres. En este modelo
    e enajenación puede estar justificada: sexualmente abusado, violencia
    doméstica, negligencia, abandono, abuso de drogas, disciplina severa
    entre otros.
    Se divide el mismo en:
    1. La enajenación que PAS describe. La relación del
    menor con el progenitor no puede continuar luego del
    divorcio.
    8
    2. La más favorable posición es que un menor tiene
    afinidad con un progenitor más que el otro, pero
    desea el contacto y continuidad con ambos padres.
    3. Si es un niño enajenado demuestra preferencia
    consistente por un progenitor y solo desea contacto
    limitado con el otro progenitor.
    4. Resultante de la dinámica pre y post divorcio y la
    etapa de desarrollo del niño.
    5. El niño enajenado resiste más fuertemente el
    contacto con el otro progenitor sin culpa o empatía
    con el otro progenitor. Es una respuesta psicológica
    en ausencia de factores reales.
    La Dra. Reena Sommer ha presentado otra definición para el
    síndrome de enajenación paterna; entiende que es el intento deliberado
    de un progenitor a distanciar a los hijos del otro progenitor, logrando que
    el menor se envuelva en un proceso de destruir sus apegos afectivos y
    familiares que existen hacía el otro progenitor.
    Se logra dicha conducta con actos tales como:
    a. Hablar mal de otro padre directamente al menor o en
    su presencia o a una distancia audible de este.
    b. Los padres discuten con sus hijos las razones del
    divorcio. Esto ocurre posterior al divorcio.
    9
    c. El progenitor le expone a los hijos los conflictos
    posterior al divorcio, como lo son pensión alimentaria,
    aspectos económicos, procesos legales pendientes.
    d. Se responsabiliza otro progenitor del cambio de estilo
    de vida y de la situación emocional que dicho
    progenitor sufre.
    e. Se presentan alegaciones de abuso sexual, físico y
    emocional al menor por el progenitor no custodio.
    Ello tiene como consecuencia que los menores entienden que para
    complacer al progenitor tienen que estar en contra del otro.
    Muchos profesionales en el campo han desarrollado protocolos
    para evaluar el núcleo familiar y determinar a quien se le debe conceder
    la custodia.
    Se han elaborado guías para evaluar la preferencia del menor en
    casos de custodia. Doctor Gardner desarrolló para el 1999 unas guías
    con criterios tales como:
    1. Cuán fuerte y saludable es el apego psicológico del
    menor con sus padres. (cuidador primario).
    2. La capacidad del progenitor para cuidar, guiar, disciplinar,
    educar.
    3. Valores y moralidad.
    4. Disponibilidad del progenitor a envolverse en la vida del
    menor.
    5. Compromiso educacional con el menor, incluyendo
    actividades extra curriculares como deportes, música, ect.
    10
    6. Cuidado en la salud física y mental del menor (pediatras,
    psicólogos, psiquiatras, dentista.)
    7. Valorar el rol del otro progenitor en el desarrollo y
    educación del menor.
    8. Cooperación y comunicación de los padres.
    9. Capacidad y compromiso del progenitor a brindarle al
    menor las necesidades básicas como es comida, ropa,
    abrigo (nada tiene que ver cuál de los padres tiene mayor
    ingreso).
    10. Salud física y psicológica de cada padre.
    11. Presencia de terceras personas. Que puedan subrogarse
    en la figura del padre o madre.
    12. No exponer o utilizar al menor en el conflicto entre los
    padres.
    13. Presencia de la familia extendida.
    14. Envolvimiento con las amistades del menor.
    15. Preferencia del menor.
    El Dr. Marc J. Ackerman junto con el doctor Schoendarf han creado
    un modelo para la evaluación de los padres en un caso de custodia,
    diseñado para indicar de forma directa quien es la persona más adecuada
    para ostentar custodia. Dicho modelo está dividido en tres (3) escalas:
    1. Observación – se evalúa la apariencia y auto presentación
    del padre a ser evaluado.
    2. Social – refleja las relaciones interpersonales, sociales y
    familiares.
    3. Emocional – Cognoscitiva - mide su capacidad afectiva y
    cognoscitiva en relación a los menores.
    11
    Ahora bien, en un caso de custodia, ¿cual es la función del
    abogado?.
    Entendemos que el abogado debe estar adecuadamente
    preparado para poder llevar a la mente del juzgador, la posición de su
    cliente. Claro está sin que ello violente cánones de ética legal.
    Para ello debe:
    1. Conocer adecuadamente a su cliente y su
    entorno familiar.
    2. Analizar los aspectos positivos y negativos de
    su caso.
    3. Analizar con qué evidencia cuenta para
    prevalecer en su posición.
    4. Hacer un descubrimiento de prueba, utilizando
    las Reglas de Procedimiento Civil vigentes.
    Ej. Interrogatorios a las partes, deposiciones,
    requerimiento de admisiones.
    5. Dentro del Descubrimiento de Prueba a
    llevarse a cabo debe considerar tomar
    deposiciones a los peritos que han rendido
    informes recomendando custodia.
    6. Debe conocer la diferencia entre un perito
    forense y un terapeuta.
    7. Debe educarse sobre el conflicto que presenta
    su caso en la evaluación de custodia
    (enajenación paterna, abuso sexual,
    alcoholismo, custodia compartida, ect.)
    8. De contratar perito debe solicitarle literatura
    sobre el conflicto que enfrenta y ayuda en la
    12
    preparación de la impugnación tanto del perito
    contrario o del Tribunal.
    Una vez comenzado el proceso ante el Tribunal la función del
    abogado debe esta claramente dirigida a presentarle al Tribunal su
    posición a través de la prueba con que cuente. Un abogado no testifica ni
    es parte del proceso, como también debe ser respetuoso con todas las
    partes que participan en el caso (testigos, parte contraria, juez, peritos)
    ello no significa que sea fogoso y vigoroso en la representación de su
    cliente.
    Un abogado al interrogar un perito puede hacerlo de dos (2) formas
    1. Interrogatorio directo – el abogado no puede
    ser sugestivo, pues el perito es su testigo y
    debe prepararse de antemano con éste para
    cualificarlo y presentar su opinión pericial.
    2. Contrainterrogatorio – el abogado es
    sumamente sugestivo y va ha tratar de
    impugnar el testimonio del perito.
    En los años que llevamos en la práctica de Derecho de Familia nos
    hemos enfrentado en situaciones donde los peritos en su informe no
    evalúan adecuadamente el entorno familiar y la situación que se le
    presenta. Por ejemplo, en situaciones de casos de enajenación paterna a
    veces descansan en lo que entienden que es el concepto y su experiencia
    y no presentan literatura que apoye su criterio o por el contrario cuando
    se enfrentan que el abogado le presenta una literatura contraria o un poco
    diferente a su opinión, no están preparados para informar qué diferencia
    si alguna existe con la opinión vertida.
    13
    El perito debe estar preparado para que el abogado le pida
    información específica de cómo llegó a su conclusión,
    Por ejemplo:
    - Como descartó que no se den los síntomas
    principales de enajenación paterna.
    - Qué observaciones tuvo e información para
    determinar que los niños son hostiles e
    irrespetuosos ó agresivos físicamente.
    - Como era la relación del padre con los menores
    antes del divorcio
    - Como era la relación de la familia extendida de
    ambos padres antes del divorcio con los
    menores.
    - Evaluación de si el menor entiende que tiene el
    dominio de sus padres y del Tribunal.
    Finalmente, mis respetos a todos los profesionales del campo del Trabajo
    Social de quienes he aprendido mucho en el camino de mi práctica y de quienes
    espero continuar educándome para lograr al final que en nuestra sociedad el
    menor pueda recibir el amor y cariño de ambos padres para que un futuro pueda
    éste responsablemente ejercer su función de padre o madre.
    Muchas Gracias,
    Pilar B. Pérez Rojas
    Abogada- Notario
    Calle del Pilar #62
    Río Piedras, PR 00925
    Tel: (787) 759-6306
    Fax:(787) 269-3434
    Agosto 2005
    14
    REFERENCIAS
    Gardner, Richard A.
    Legal and Psychotherapeutic Approaches to the three types of parental
    alienation síndrome families. Court Review Vol. 28 1, Spring 1991
    American Judges Association. Pag. 14-21
    Gardner, Richard A.
    The Empowerment of Children in the Development of Parental Alienation
    Syndrome. 2001 The American Journal of Forensic Psychology 20 (2).
    Pag. 5-29
    Darnall, Douglas
    Parental alienation: Not in the Best Interest of the Children. North Dakota
    Law Review, Vol. 75 (1999). Pag. 323-364
    Kelly, Joan B. & Johnston, Janet R.
    The Alienated Child. A Reformulation of Parental Alienation Syndrome.
    Vol. 39, #3, July 2001, Family Court Review.
    Sommer, Reena
    Parental Alienation Syndrome. “Divorce-Go-Round”, See:
    www.reenasommerassociates.mb.cc
    Ackerman, Marc J.
    Clinician’s Guide to Child Custody Evaluations (1995).
    Goldstein, Joseph; Solnit, Albert J., Goldstein, Sonja & Freud Anna
    The Best Interests of the Child (1998).
    Nudelman vs. Ferrer, 107 DPR 495 (1978)
    --------------------------------------------------------------------------------------------
    http://sindromedealienacionparental.apadeshi.org.ar/

    SÍNDROME DE ALIENACION PARENTAL (S.A.P)

    Esta es una Recopilación de temas relacionados al Síndrome de Alienación Parental , si usted tiene algún elemento de interes para agregar agradeceriamos nos lo envie para su evaluación e incorporación en la presente web .


    La alienación parental es un proceso que consiste en programar un hijo para que odie a uno de sus padres sin que tenga justificación. Cuando el síndrome es presente, el hijo da su propia contribución en la campaña de denigración del padre alienado.

    Para la diversidad de conflictos del divorcio destructivo y separación con hijos menores , consulte la pagina Web de

     APADESHI Asociación de Padres Alejados de sus Hijos 

    "Papás, mamás, Abuelos /as , nuevas parejas, en defensa del derecho de los hijos al vinculo con ambos Padres"    www.apadeshi.org.ar

    Inicia el Grupo de contención psicológica y orientación para victimas del Síndrome de Alienación Parental (S.A.P) en los Divorcios Destructivos con hijos menores 

    ¿Qué es el Síndrome de Alejamiento Parental? Lic. Susana Pedrosa de Alvarez

    Articulos relacionados http://www.geocities.com/apinpach/articulos.htm

    Alienación Parental Por Joel R. Brandes en el New York Law Journal - 26 Marzo 2000

    Estudio descriptivo del Síndrome de Alienación Parental en procesos de Separación y Divorcio. Diseño y aplicación de un programa piloto de Mediación Familiar

    Síndrome de Alienación Parental. Hijos manipulados por un cónyuge para odiar al otro (LIBRO) Autor: José manuel Aguilar

    Javier Hurra. Ex defensor del menor ratifica la utilización de los hijos en los  casos de separación y las falsas denuncias de abusos a los menores para indisponerlos contra el otro del otro progenitor 

    Síndrome de alienación parental: Niños manipulados tras la separación Dña. Victoria Trabazo Arias, Editora 

    Jueces y SAP (Síndrome de Alienación Parental) http://www.amnistia-infantil.org/Jueces-Magistrados-SAP.htm

     

    Reflexiones sobre el Síndrome de Alienación Parental - ASUNCIÓN TEJEDOR HUERTA Psicóloga -Coordinadora de Psicología Jurídica del COPPA

    Chicos que rechazan a sus padres. Cada vez hay más casos en la Justicia

    Silencio doliente versus cese de la confianza  M. Guisella Steffen Cáceres - Licenciada en Familia y Magíster en Ciencias de la Educación, con Mención en Orientación, Relaciones Humanas y Familia.

    Síndrome de Alienación Parental (SAP): Niños Manipulados tras la separación - Fernando Azor Lafarga Director del Centroo de Psiquiatría y Psicología
    Clínica y Jurídica - España

     

    La espada de Salomón: La Disputa por la custodia de hijos en la disolución conyugal - Denise Maria Perissini da Silva - psicóloga clínica 

    asistente técnica jurídica -mediadora familiar

     

    Nuevo matrimonio:  El gatillo para disparar el Síndrome de Alienación Parental

     

    El Espectro del Síndrome de Alienación Parental

     

    El drama del niño frente a la ruptura familiar Denise Maria Perissini da Silva - Psicóloga clínica, asistente técnica jurídica y mediadora familiar.

     

    Fallo sobre sobre el Síndrome de Alienación Parental

     

    Como detectar el Síndrome de Alienación Parental (SAP)

     

    Hijos y Padres Alienados. Asesoramiento e intervención en las rupturas conflictivas

     

    Una definición más amplia de la Alienación Parental Douglas Darnall, Ph. D.

    La ley de Alienación Parental en Ohio Douglas B. Dougherty, abogado en ejercicio.

    Consecuencias del PAS sobre los niños y sobre el Padre Alienado Dr. Douglas Darnall.

    Síndrome de Alienación Parental - Conflictos matrimoniales, divorcio y desarrollo de los hijos. Madrid, Pirámide - Cantón Duarte, J., Cortés Arboleda, M.R. y Justicia Díaz, M.D. (2000):

    Síndrome de Munchausen  - Definiciones

    Madres que asesinan a sus hijos -  Síndrome de Munchausen

     El Síndrome Inquisitorial Estadounidense de Alienación Parental 

    Informe Icberg - ( Violencia Domestica)

    Psicologos y el SAP ( Síndrome de Alienación Parental)  http://www.amnistia-infantil.org/Psicologos-SAP.htm

    Jueces y el SAP ( Síndrome de Alienación Parental)  http://www.amnistia-infantil.org/Jueces-Magistrados-SAP.htm

    Síndrome de Alienación Parental y Abuso sexual

     Características de las evaluaciones psicológicas y psiquiátricas en el contexto del Síndrome de Alienación Parental Por Lic.Patricia Martínez Llenas  

    Qué es el Síndrome de Alienación Parental o S.A.P. Por Lic.Patricia Martínez Llenas  

    DELITO DE MALTRATO Y LESIONES A MENORES MEDIANTE LA APLICACIÓN DEL “SINDROME DE ALINEACIÓN PARENTAL” MªJosé Blanco Barea


     

    FALLO SOBRE SINDROME DE ALIENACION PARENTAL

    Sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos favorable a un padre al que se le había denegado el "régimen de visitas" sobre la base de las declaraciones de su hijo de cinco años, víctima del síndrome de alienación parental.
    En diciembre de 1986 nace C., cuyos padres conviven juntos sin estar casados. En junio de 1988, los padres se separan y la madre se va con su hijo a vivir a otro lugar. A partir de julio de 1991, la madre impide que el padre pueda ver a su hijo. El padre empieza un largo calvario judicial para lograr que se reconozca su derecho de visita, que las sucesivas instancias de los tribunales alemanes le deniegan. Por último recurre al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que, en esta sentencia, dictada en julio de 2000, le da parcialmente la razón e impone al Estado alemán el pago de una indemnización. Para entonces han pasado diez años desde que dejó de ver a su hijo.
    A continuación ofrecemos la traducción de las partes más interesantes y explícitas de la sentencia, especialmente interesantes porque ponen de manifiesto la utilización que se ha hecho del niño como arma contra su padre a lo largo de las actuaciones en los tribunales, hasta el punto de que éstos basan su denegación del régimen de visitas en los interrogatorios a que han sometido al menor ¡¡¡a la edad de cinco años!!!. Interrogatorios, por lo demás, que lo único que dejan claro es la labor de predisposición del niño contra el padre realizada por la madre o sus allegados y, en consecuencia, la innegable existencia de lo que los psicólogos denominan Síndrome de Alienación Parental.-

     


    Traducción de determinados pasajes de la sentencia:

    "CONSEJO DE EUROPA TRIBUNAL EUROPEO DE DERECHOS HUMANOS
    Caso de Esholz contra Alemania(Demanda nº 25735/94)
    SENTENCIA , ESTRASBURBO 13 de julio de 2000
    3. El demandante alegó que la denegación de acceso a su hijo, nacido fuera del matrimonio, constituía una infracción del artículo 8 del Convenio; que, como padre de un niño nacido fuera de patrimonio, había sido víctima de discriminación contraria al artículo 14 del Convenio, considerado conjuntamente con su artículo 8; y que, con arreglo al párrafo 1 del artículo 6 del Convenio, las actuaciones llevadas a cabo en los tribunales alemanes eran contrarias a justicia.
    4. El 30 de junio de 1997, la Comisión declaró parcialmente admisible la demanda.
    9. El demandante, ciudadano alemán nacido en 1947, vive en Hamburgo y es padre del niño C., nacido fuera del matrimonio el 13 de diciembre de 1986. El 9 de enero de 1987, el demandante reconoció la paternidad y aceptó la responsabilidad del mantenimiento de C., obligación que cumplió regularmente.

    10. Desde noviembre de 1985, el demandante convivió con la madre del niño y con Ch., hijo mayor de ésta. En junio de 1988, la madre abandonó la vivienda con ambos niños. El demandante siguió viendo frecuentemente a su hijo hasta julio de 1991. En varias ocasiones, pasó sus vacaciones con ambos niños y con la madre de éstos. Posteriormente, las visitas se interrumpieron.

    11. El demandante trató de visitar a su hijo con asistencia de la Oficina de la Infancia y la Adolescencia (Jugendamt) de Erkrath, que actuó como mediadora. Cuando, en diciembre de 1991, un funcionario de la Oficina de la Infancia y la Adolescencia preguntó a C., éste manifestó que no deseaba tener más contactos con el demandante.

    12. El 19 de agosto de 1992, el demandante solicitó al Tribunal de Distrito de Mettmann (Amtsgerich) un fallo en que se le reconociese el derecho de visita (Umgangsregelung) [...]

    13. El Tribunal de Distrito, tras la vista celebrada el 4 de noviembre de 1992 y tras haber oído a C. el 9 noviembre de 1992, desestimó la solicitud del demandante el 4 de diciembre de 1992. El Tribunal indicó que el párrafo 2 del artículo 1711 del Código Civil (Bürgerliches Gesetzbuch), relativo al derecho del padre al contacto personal con su hijo nacido fuera del matrimonio, se había concebido como cláusula de exención que había de interpretarse estrictamente. Así pues, el tribunal competente debería establecer ese régimen de visitas sólo si era ventajoso y beneficioso para el bienestar del niño. Según las conclusiones del tribunal, esas condiciones no se cumplían en el caso del demandante. El Tribunal de Distrito señaló que el niño había sido oído y había manifestado que no deseaba ver a su padre, quien, según el niño, era malo y había golpeado a su madre en repetidas ocasiones. Igualmente, la madre había inculcado en el niño una fuerte predisposición contra el demandante, de forma que el niño no tenía posibilidades de establecer una relación imparcial con su padre. El Tribunal de Distrito llegó a la conclusión de que el contacto con el padre no mejoraría el bienestar del niño.

    16. Tras haber oído a C. el 8 de diciembre de 1993, y a sus padres en una vista oral celebrada el 15 de diciembre de 1993, el Tribunal de Distrito rechazó, el 17 de diciembre de 1993, la nueva solicitud del demandante de que se le reconociese el derecho de visita. Al hacerlo, el Tribunal se refirió a su anterior fallo del 4 de diciembre de 1992 y estableció que no se daban las condiciones previstas en el artículo 1711 del Código Civil. Asimismo, señaló que la relación del demandante con la madre del niño era tan tensa que no podía considerarse que la observancia del régimen de visitas resultase de interés para el bienestar del niño. Éste conocía las objeciones de su madre respecto del demandante y las había hecho suyas. Si C. hubiese de estar con el demandante contra la voluntad de su madre, experimentaría un conflicto de lealtad al que no podría hacer frente y que afectaría a su bienestar. El Tribunal añadió que carecía de importancia cuál de los padres fuese responsable de las tensiones; y prestó particular atención al hecho de que existían tensiones importantes y el riesgo de que cualquier nuevo contacto con el padre afectase al desarrollo armonioso del niño en la familia del progenitor custodio. Tras dos largas entrevistas con el niño, el Tribunal de Distrito llegó a la conclusión de que el desarrollo del menor correría peligro si el niño hubiese de reanudar el contacto con su padre en contra de la voluntad de su madre. En esas entrevistas, el niño había llamado a su padre "asqueroso" o "estúpido", añadiendo que no quería en modo alguno verlo, y había dicho también: "Mamá siempre dice que Egbert no es mi padre. Mamá tiene miedo a Egbert".

    32. En sus decisiones, tanto el Tribunal de Distrito de Mettman como el Tribunal Regional de Wuppertal denegaron al demandante el derecho de visitar a su hijo basándose en que la mala relación entre los padres exponía al niño a un conflicto de lealtad y en que en las dos vistas celebradas el niño había llamado a su padre "asqueroso" o "estúpido" y añadido que no deseaba verlo en modo alguno. En la segunda vista, el niño, que tenía entonces casi seis años, dijo: "Mamá siempre dice que Egbert no es mi padre. Mamá tiene miedo a Egbert". Según el demandante, esa declaración se había realizado bajo la influencia de la madre o de uno de sus allegados cercanos y con aprobación de aquélla. Otra declaración realizada por el niño y registrada por el tribunal ponía de manifiesto que la madre había asustado al niño al alejarse corriendo cuando encontró casualmente al padre.

    33. Esas declaraciones del niño eran, según la alegación del demandante, sumamente importantes, ya que mostraban que la madre predisponía al niño contra su padre y lo hacía víctima del denominado síndrome de alineación parental (PAS). Como resultado, el niño rechazaba totalmente cualquier contacto con su padre. Si en ese momento se hubiese obtenido un informe de una familia adecuada o un psicólogo infantil, el informe habría puesto de manifiesto que la madre influenciaba al niño o lo utilizaba contra el padre. Por esa razón, las decisiones de ambos tribunales de no designar un experto, como había pedido el demandante y recomendado la Oficina de la Infancia y la Adolescencia, no sólo constituían una violación de los intereses del padre, sino también de los del niño, ya que el contacto con el otro padre coincidía con el mejor interés del niño a medio y largo plazo tanto.

    34. Al denegar al padre el derecho de visitar a su hijo y fallar a favor de la madre, a quien se había concedido la custodia en exclusiva, los tribunales alemanes, incluido el Tribunal Constitucional Federal, faltaron al deber constitucional del Estado de proteger a sus ciudadanos contra las violaciones de sus derechos por individuos particulares. El Estado está obligado a exigir la observancia de los derechos humanos en su ordenamiento jurídico interno.

    43. El Tribunal recuerda que la noción de familia con arreglo a esa disposición [artículo 8 del Convenio] no se limita a las relaciones basadas en el matrimonio y puede abarcar otros lazos de "familia" de facto cuando las partes viven juntas sin estar casadas. Un niño nacido de tal relación forma parte ipso jure de esa unidad "familiar" desde el momento de su nacimiento y por el mismo hecho de ese nacimiento. Así, entre el niño y sus padres existe un vínculo equivalente a la vida familiar (véase la sentencia del caso Keegan contra Irlanda, de 26 de mayo de 1994, serie A, nº 290, páginas 18 y 19, párrafo 44). Además, el Tribunal recuerda que el disfrute mutuo de la compañía recíproca de cada uno de los padres y del hijo constituye un elemento fundamental de la vida familiar, aún cuando la relación entre los padres se haya roto, y que las medidas internas que obstaculicen ese disfrute constituyen una violación del derecho protegido por el artículo 8 del Convenio.

    51. En el presente caso, el Tribunal observa que los tribunales nacionales competentes, al denegar la solicitud del demandante de que se estableciese un régimen de visitas, basándose para esa denegación en las declaraciones del niño, interrogado por el Tribunal de Distrito a la edad de aproximadamente 5 y 6 años en las ocasiones respectivas, tuvo en cuenta las tensas relaciones entre los padres, juzgando que no importaba quien fuese responsable de las tensiones, y concluyó que cualquier contacto afectaría negativamente al niño.

    58. La Comisión sostuvo que las alegaciones del Gobierno demandado respecto de la distinción entre padres casados y no casados, implícita en el párrafo 2 del artículo 1711 del Código Civil no bastaba para la denegación del régimen de visitas. A juicio de la Comisión, el solicitante, al invocar ese derecho a visitar a su hijo, se hallaba en una situación comparable a la de un padre que, tras el divorcio, no ejerciese el derecho de custodia. Sin embargo, mientras que, con arreglo a la legislación alemana, el padre divorciado tenía derecho al régimen de visitas, salvo si ese régimen era contrario al bienestar del niño, el padre natural sólo tenía derecho al régimen de visitas si ese régimen redundaba en interés del niño. La Comisión concluyó que, en el presente caso, había existido violación del artículo 8 considerado conjuntamente con el artículo 14 del Convenio.

    Por esas razones, el Tribunal
    Decide por 13 votos contra 4 que ha habido violación del artículo 8 del Convenio;
    Decide por unanimidad que ha habido violación del artículo 14 considerado conjuntamente con el artículo 8 del Convenio;
    Decide por 13 votos contra 4 que ha habido violación del párrafo 1 del artículo 6 del Convenio;
    Decide por unanimidad

    a) que el Estado demandado ha de pagar al demandante, en el plazo de tres meses, junto con cualquier impuesto sobre el valor añadido que pudiese aplicarse:


    • i) 35.000 (treinta y cinco mil) marcos alemanes como
      resarcimiento de daños no pecuniarios;


    • ii) 12.584 (doce mil quinientos ochenta y cuatro) marcos alemanes
      y 26 (veinteséis) pfennig en concepto de costas y gastos;


    b) que se pagará un interés simple a un tipo anual del 4 por ciento
    desde que expire el plazo de tres meses mencionado hasta que se
    efectúe la liquidación;

    Desestima por unanimidad el resto de la reclamación de justa satisfacción del demandante.

    Hecho en inglés y en francés y notificado por escrito el 13 de julio de 2000, de conformidad con los párrafos 2 y 3 de la regla 77 del Reglamento del Tribunal. "


    Es interesante saber que el fallo anterior contra el estado alemán, se basó en los artículos 6, 8 y 14 del CONVENIO PARA LA PROTECCIÓN DE LOS DERECHOS HUMANOS Y DE LAS LIBERTADES FUNDAMENTALES, en consideración a la Declaración Universal de Derechos Humanos.

    Artículo 6  - Derecho a un proceso equitativo.

    1. Toda persona tiene derecho a que su causa sea oída equitativa, públicamente y dentro de un plazo razonable por un tribunal independiente e imparcial, establecido por la ley, que decidirá los
    litigios sobre sus derechos y obligaciones de carácter civil o sobre el fundamento de cualquier acusación en materia penal dirigida contra ella. La sentencia debe ser pronunciada públicamente, pero el acceso a la sala de audiencia puede ser prohibido a la prensa y al público durante la totalidad o parte del proceso en interés de la moralidad, del orden público o de la seguridad nacional en una sociedad democrática, cuando los intereses de los menores o la protección de
    la vida privada de las partes en el proceso así lo exijan o en la medida considerada necesaria por el tribunal, cuando en circunstancias especiales la publicidad pudiera ser perjudicial para los intereses de la justicia
    2. Toda persona acusada de una infracción se presume inocente hasta que su culpabilidad haya sido legalmente declarada.
    3. Todo acusado tiene, como mínimo, los siguientes derechos: A ser informado en el más breve plazo, en una lengua que comprenda y detalladamente, de la naturaleza y de la causa de la acusación formulada contra él.
    A disponer del tiempo y de las facilidades necesarias para la preparación de su defensa.
    A defenderse por si mismo o a ser asistido por un defensor de su elección y, si no tiene medios para pagarlo, poder ser asistido gratuitamente por un abogado de oficio, cuando los intereses de la justicia lo exijan.
    A interrogar o hacer interrogar a los testigos que declaren contra el y a obtener la citación y el interrogatorio de los testigos que declaren en su favor en las mismas condiciones que los testigos que lo hagan en su contra.
    A ser asistido gratuitamente de un intérprete, si no comprende o no habla la lengua empleada en la audiencia.
    Artículo 8 - Derecho al respeto a la vida privada y familiar.
    1 Toda persona tiene derecho al respeto de su vida privada y familiar, de su domicilio y de su correspondencia.
    2. No podrá haber injerencia de la autoridad pública en el ejercicio de este derecho, sino en tanto en cuanto esta injerencia esté prevista por la ley y constituya una medida que, en una sociedad
    democrática, sea necesaria para la seguridad nacional, la seguridad pública el bienestar económico del país, la defensa del orden y la prevención del delito, la protección de la salud o de la moral, o la
    protección de los derechos y las libertades de los demás.
    Artículo 14  - Prohibición de discriminación
    El goce de los derechos y libertades reconocidos en el presente Convenio ha de ser asegurado sin distinción alguna, especialmente por razones de sexo, raza, color, lengua, religión, opiniones políticas uotras, origen nacional o social, pertenencia a una minoría nacional, fortuna, nacimiento o cualquier otra situación.


     Contáctese con APADESHI: infoapadeshi.org.ar          (054) (011) 43054295

    Carta abierta a Joan Manel Serrat

    Escrito por novoyatirarlatoalla 01-01-2007 en General. Comentarios (17)

    Serrat en Argentina/2007
    por Teresa Marin y Luis Aiscurri Saturday, Dec. 23, 2006 at 10:38 PM
    tlolavarria@speedy.com.ar 0054-2284-424341 chiclana-3410-

    Saludos :
    Antes que nada trasmita nuestro respeto y cariño a J. M.Serrat.
    Los datos económicos que barajo en el mail fueron dados ayer en TVO Olavarría ,
    de ahí mi sorpresa y sentirme defraudada...no con Serrat , que quede claro, sí con los
    políticos de turno , cosa bastante habitual....
    Soy de Barcelona , llevo 3 años en Olavarría , provincia de BS.AS. Argentina...
    resulta que ayer dieron la noticia de que nuestro admirado Joan Manel Serrat ,
    viene en febrero a
    dar un recital a esta ciudad...!!! QUE ALEGRÍA!!!! ....... perooo.....
    resulta que el ayuntamiento , aquí llamado municipalidad ha decidido
    pagar una parte muy importante de los gastos.....aunque lo contrata una entidad privada....
    resulta que el alcalde , aquí llamado intendente y su partido hace unas semanas
    mandó cerrar por falta de presupuesto la única biblioteca informatizada de Olavarría ,
    porque
    (dijeron ellos) no se podían pagar los 70.000 pesos anuales para mantenerla abierta....
    como si los colegios no tuvieran deficiencias...como si ....pero que digo , tontos de nosotr@s....
    con lo fácil que les resulta manipular a no pensantes , para qué van a fomentar la
    cultura del dia a dia.....
    resulta que el ayuntamiento , aquí llamado municipalidad , vá a pagar una parte del recital
    con dinero público,no menos de 80.000 pesos , un recital....unas horas...pero no tienen
    para subvencionar la biblioteca que son 70.000 pesos al año.
    resulta que nadie discute la calidad de nuestro admirado Serrat,faltaría mas....que es
    lo mejor de lo mejor....y también es cultura...y lo adoran en Argentina ,
    no sabeis hasta qué punto...
    pero resulta que además el precio de las entradas estan entre 70 y 150 pesos...
    precio nada popular en un pais donde los sueldos del trabajador medio estan entre
    los 600 y los 1200 pesos y hablamos de un evento pagado con dinero público ,
    o sea de tod@s....
    Me parece a mí que si Serrat supiera esta movida abusiva , se lo pensaría de venir....
    porque no sé si sabeis que en el 2001/2002 cuando la debacle argentina ,
    Serrat hizo muchos recitales dejando mucho dinero para comedores populares ...
    Serrat conoce mucho Argentina y no pasa solo por la Argentina dorada...
    conoce las calles con niños con hambre y sin colegio...conoce las villas miseria
    que rodean el conurbano bonaerense....y lo más importante , AMA ARGENTINA...
    por eso creo que no le gustaría nada saber lo que estan haciendo...
    http://www.diarioelpopular.com.ar/06/12/20/index.html
    en fin........veremos como acaba.....
    Les mandamos un abrazo afectuoso y solidario esperando llegue a Serrat estos datos...
    Tere Marin y Luis Aiscurri
    Olavarría -BS.AS. Argentina

    Mientras el mundo no sea justo , hagamoslo Solidario.(Serrat)