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La sombra de mamá , de Vicente Gallego

Escrito por novoyatirarlatoalla 22-12-2006 en General. Comentarios (2)
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La sombra de mamá, de Vicente Gallego

*Premios del tren 2004, "Camilo José" de cuentos

Primer premio




La primera vez que se avergonzó de su madre, Virginia Asensi tenía sólo nueve años. Fue una hermosa mañana de primavera. Paseaban por el parque cuando un grupo de jardineros les dirigió aquel silbido largo y crispado. Los hombres estaban sentados sobre el césped, devoraban sus bocadillos y bebían por turnos de una vieja bota. Y luego sonaron para siempre las palabras oscuras, el idioma violento de la carne: solamenteunratito-preciosa-telocomíaentero-pedazodeyegua-mecagoendios.
Después de tanto tiempo, cuando recordaba aquella escena aún podía visualizar con absoluta nitidez, junto al impío reflejo del sol sobre las herramientas, un revoltijo de fauces amenazadoras, bocas llenas de sucios dientes que masticaban groseramente la comida y el deseo; y la mareaba de nuevo el olor fuerte del vino recalentado y otro olor más intenso, desconocido e inquietante, un olor orgánico a hierba recién segada y a sudor y a cuero, mezclado con un perfume muy denso, casi escandaloso, de mujer.
Y la extraña sonrisa en los labios de su madre. Clavada desde entonces en mitad de su infancia como un rejón de desconcierto y de terror.
Y ahora su madre se había ido para siempre. Un accidente de coche con el último de sus amantes. Los dos muertos en el acto, arrollados por un camión. Virginia viajaba en tren hacia una ciudad que no era la suya, para asistir al entierro, y pensó que aquella muerte violenta, una muerte apropiada para los protagonistas de las novelas y de las películas, una muerte en todo caso reservada a los extraños, una muerte para ser leída en las páginas de un periódico, pensó que una muerte así, después de todo, resultaba la más apropiada para ella.
La sombra de su madre había convertido el tiempo de su adolescencia en una región oscura y húmeda donde tuvo que crecer como un hongo insignificante y clandestino. Aquella mujer era la voz potente, los escotes rotundos y el paso decidido. Llenaba los espacios como un gas poderoso y algo tóxico. Entraba en la panadería, o en un bar, o en un ultramarinos como el emperador que rinde una plaza rodeado por el griterío triunfal de sus propias huestes. Y esas conquistas atropellaban a un enemigo avergonzado y cabizbajo, que rumiaba en silencio su rencor. Y ese enemigo era Virginia cada vez que su madre la recogía a la puerta del colegio, caminando con aplomo sobre sus altos tacones entre las miradas toscas y los codazos de los chicos del último curso; o cuando se tiraba desde el trampolín en la piscina municipal del pueblo en que pasaban los veranos; o cuando, durante el espectáculo de variedades con que acababan las fiestas de la Virgen de agosto, se ofrecía siempre voluntaria para ayudar al mago y se dejaba serrar por la mitad o permitía que aquel hombre le sacara monedas, palomas y pañuelos de cualquier parte del cuerpo, ese cuerpo amenazante y poderoso como un arma nuclear. ¿Por qué tenía que tirarse desde el trampolín o subirse a la tarima de madera donde la esperaban las ágiles manos del mago precisamente ella, su madre, si ninguna otra madre hacía nunca cosas así?
Desde muy pequeña, Virginia había sido una niña retraída. Hablaba poco, con una voz insegura y temblona como una súplica y, en cuanto comenzaron a pedirle opinión sobre la ropa que prefería, hizo lo posible por desterrar de su armario los colores chillones con que su madre la había mortificado durante los primeros años de su vida. Era como si, con su actitud temerosa y reservada, tratara de hacer penitencia por los excesos de esa mujer arrolladora y alegre que parecía haberla traído al mundo para que presenciara el espectáculo ininterrumpido y sonrojante de su desenvoltura. Nunca pudo perdonarle aquel día en que la obligó a ponerse su primera minifalda con zapatos de tacón, porque se negaba a verla siempre con aquellos vestidos vaporosos de colores mortecinos y los mocasines planos que, según le reprochaba cuando perdía los nervios, sólo llevaban las monjas y ella, su propia hija, que salía a su padre, con aquel mal gusto de catequista o de vieja solterona. Su propio cuerpo resultaba una amenaza, y los incipientes signos externos de la mujer que sería la convertían en una especie de reclamo viviente ante la voracidad masculina. Cuando comenzaron a abultarse sus pezones, sintió como si el mismo demonio hubiera enterrado en sus entrañas la semilla maldita de la vergüenza, porque esa simiente quebraba la tierra virgen de su pecho para convertirse en una flor indeseable que atraería miríadas de insectos repugnantes, deseosos de libar su polen.
Creyó odiarla cuando cumplió los dieciséis, un verano en que su madre -al ver que sus amigas comenzaban a tener novio y la dejaban sola- se empeñó en presentarle a aquel chico recién llegado al pueblo por el que suspiraban todas las adolescentes de su urbanización. Entabló amistad con los padres del muchacho y cumplió con su propósito porque, para ella, dejar de cumplir con el más mínimo de sus caprichos era algo impensable. Las cosas estaban ahí, delante de las narices de la gente, sólo era necesario estirar la mano y alcanzarlas. Existían dos tipos de personas, las que eran capaces de hacerlo y las que no. Y como Virginia parecía manca, su madre se había acostumbrado a estirar la mano por ella y alcanzarle las cosas, sin pensar que quizá su hija no las deseara y que aquella exhibición de omnipotencia pudiera hacer que se sintiera más manca todavía: una discapacidad del alma, un muñón de su carácter.
Se llamaba Barcia. Nadie nadaba como él ni tenía aquellos músculos en el abdomen, trenzados y tensos como los que aparecían en las láminas del libro de ciencias naturales. Era tres años mayor que Virginia y aún no había dispuesto de tiempo para hacer amigos cuando ella los presentó. La primera noche, tuvo que escuchar de boca de aquel chico lo guapa que era su madre, lo joven que parecía, lo bien que saltaba desde el trampolín...y comprendió que, si carecía por completo de otros dones, su paciencia era como uno de esos músculos de extraño nombre que estudiaba en clase -bíceps, serrato, esternocleidomastoideo-, una cosa resistente y elástica, capaz de soportar el peso infame de cualquier imposición.
Al principio, salió con Barcia por el mismo motivo por el que consentía llevar las minifaldas que su madre le compraba: las cosas llegaban a su vida de ese modo y ella prefería aceptarlas, porque se sentía incapaz de rebelarse y porque tampoco vislumbraba ningún ideal que le proporcionara la fuerza necesaria para llevar a cabo una revolución. Plegarse al curso de los acontecimientos le evitaba tener que levantar la voz y le permitía seguir creciendo a la sombra de los otros, sin que los otros percibieran demasiado los inevitables cambios a los que la sometía su propio cuerpo. Su timidez resultaba una enfermedad tan espantosa que el mero hecho de que su madre le preguntara en la panadería si iba a merendar, obligándola a pronunciarse delante de todos, la sumía en un pozo de turbación y de rencor, como si aquel inocente ofrecimiento fuera en realidad un ataque premeditado y alevoso. Desde su particular modo de ver la realidad, era el mundo el que estaba enfermo, un mundo donde la gente levantaba la voz, expresaba sus preferencias delante de los otros con toda tranquilidad y se miraba a los ojos fijamente. A veces deseaba ser como su madre, un edificio indestructible construido con el cemento armado de la autoafirmación, alguien capaz de hablar a gritos de ventana a ventana, de sostener su opinión frente a cualquier enemigo o de pelearse por defender su turno en la tienda de comestibles, porque estaba convencida de que las personas que son capaces de realizar todas esas proezas sin sentir el más ligero asomo de pudor deben de vivir en un mundo feliz donde todo está permitido: el paraíso terrenal de los árboles frutales del que le habían hablado en clase de religión, una tierra vedada a los pusilánimes donde la gente caminaba desnuda con el mayor desahogo, porque sus habitantes aún no habían sido manchados por el pecado original, esa rémora que a ella le parecía arrastrar sin descanso por las calles, a la vista de todos, como si cargara con el cadáver hinchado y hediondo de su propia conciencia.
A Barcia, un muchacho arrogante, extrovertido y algo bravucón, parecía atraerle Virginia porque era su antítesis, y esas actitudes pusilánimes que, vistas en otro chico, lo hubieran movido al desprecio y a la burla, en ella le resultaban seductoras y le despertaban un instinto protector que lo hacía sentirse más hombre. Acostumbrado a salir en la ciudad con chicas de su misma clase, chicas desprejuiciadas y ostentosamente guapas como Patricia Jarque -la que había sido su novia durante sus últimos años de instituto-, chicas que hacían lo posible por resaltar el tamaño de sus pechos o la redondez de sus caderas y que se dejaban tocar en la penumbra de cualquier discoteca con el orgullo de quien entrega un cuerpo hermoso, Virginia se le antojaba, en su concepción machista, la perfecta pareja seria: una mujer de belleza discreta que atajaba el atrevimiento de sus manos y ocultaba sus encantos a los ojos de sus rivales, alguien que le inspiraba respeto y lo ayudaba a cultivar esa parte de su carácter que se sentía obligado a esconder a los ojos de los demás gamberros de su edad, la delicadeza. Alguien cuya polaridad magnética resultaba tan opuesta que atraía como un imán la dura y plana superficie metálica de su corazón.
Del mismo modo en que había ocurrido casi todo en su vida, por decisión de otras personas, Virginia acató -dándole por fin un motivo de orgullo a su madre, que veía a su hija emparejada con el chico más deseado- su nuevo papel de novia y, muy pronto, hasta agradeció el poder refugiarse detrás de la fuerte personalidad de aquel muchacho, que acabó siendo su coartada perfecta para permanecer en un segundo plano. Un verano tras otro, había sido el paquete perfecto en la moto de Barcia, un peso ligero que se acomodaba en la curvas a la inclinación de su cuerpo mientras la maquina avanzaba carretera adelante y los naranjos se desdibujaban ante sus ojos como en una foto movida. Y ahora, muchos años más tarde, Virginia viajaba en un tren hacia algún lugar en el que la esperaba el cadáver de su madre. Iba sola, porque Barcia, que se había convertido en su marido, se hallaba en Nueva York, en uno de sus frecuentes congresos médicos. Todos los vuelos de vuelta estaban completos y no podría llegar hasta dentro de un par de días, le había dicho por teléfono a modo de disculpa. Cientos de naranjos, que parecían los mismos de aquellos antiguos veranos, resbalaban a ambas partes de las ventanillas del tren. Y su padre se había quedado en alguna parte de aquel camino, enterrado hacía años en un lugar inhóspito y oscuro, lo mismo que su felicidad, ese vuelo del alma que sólo había sentido en los brazos de aquel hombre taciturno que de niña le enseñaba los nombres de las flores y de las estrellas y hablaba pausadamente, como en un susurro, y procuraba apoyar su postura, cuando de vez en cuando ella se sentía capaz de defender alguna, frente a la energía desbordante de su madre. Nunca le perdonaría a aquella mujer que lo hubiera abandonado. Una madre no debía andar por ahí enamorándose de otros hombres, afirmando su sexualidad y viviendo la vida como si la única obligación que la vida le hubiera impuesto fuera la de vivirla, la de apretar a tope el acelerador sin preocuparse del paisaje arrasado que dejaba a sus espaldas. Virginia había aprendido que unas personas nacen para ganar y otras para perder, que la felicidad de unas implica la desgracia de las otras, y que muy pocos son capaces de contravenir los augurios de su destino, porque el destino y la persona van tan ligados que terminan por ser la misma cosa. El que nace para la dicha nace también con la fuerza necesaria para gozarla, y el que nace para el dolor puede permitirse el lujo de ser débil, porque el dolor se vive sin voluntad y no exige nuestro arrojo.
Los naranjos seguían sucediéndose detrás de las ventanillas, y era como si, desde el día de su nacimiento, Virginia no hubiera hecho otra cosa más que dejarse arrastrar por aquel tren que ahora parecía acercarla a una extraña estación.
En el tanatorio, sobre un par de carritos metálicos con ruedas, vio los dos ataúdes, y pensó que, por una vez, su madre cedía a una imposición externa, se dejaba empujar. Alguien apretó un botón y una cortina mecánica se interpuso, lenta, entre sus ojos y aquellos dos bultos oscuros. Sabía que, detrás de la cortina, crepitaban las llamas y, casi por primera vez, se sintió verdaderamente viva, dueña de un tiempo y una historia cuyas responsabilidades nunca quiso aceptar. Quedaba a la parte de fuera, protegida del fuego que estaría ya deshaciendo aquel cuerpo a cuya sombra le había resultado tan difícil crecer.
Al salir de nuevo al exterior, el último sol de la tarde cegó sus ojos, era el mismo sol que había brillado para su madre, que ahora brillaba para ella y que continuaría allí, impío y fiel, cuando otra cortina la dejara para siempre del lado de las llamas. Era el sol de los vivos y los muertos, y supo que, hiciera lo que hiciera, gozar o sufrir, pelear o entregarse, el juicio indiferente de la luz la absolvería, como antes absolvió la amargura de su padre, como ya estaba absolviendo la memoria de su madre, y no importaba si en esa memoria que cada uno se construye cabía toda la desdicha del mundo o toda la felicidad. Más tarde o más temprano, su cuerpo acabaría sobre uno de aquellos carritos, camino del perdón, ese cuerpo al que tanto temía, ese desconocido al que siempre se negó a tratar, y entonces, si los muertos conservaban algo de conciencia, todo su pudor, todos sus vértigos y terrores tendrían el sabor de las cosas inútiles y, sin embargo, cada vez que algún desconocido se acercaba para darle el pésame, su culpa pasaba de mano en mano como un sucio mendrugo. Cuando era sólo una niña, se encerraba en el armario de su habitación hasta que su madre la encontraba y la obligaba a salir, amenazándola con castigos ejemplares y asegurándole que un día se iba a ahogar. Le hubiera gustado vivir allí, en el cálido seno de aquella tiniebla, lejos de la mirada enferma de los otros, protegida de toda la basura que los demás pudieran verter sobre su atribulado corazón.
La hija del amante de su madre -que se había preocupado con diligencia de toda la burocracia fúnebre- se llamaba Helena, tenía su misma edad, treinta años, y era dueña de una belleza que residía mucho más en la armonía de los gestos que en la perfección de unos rasgos delicados. Una mujer decidida y a la vez frágil, firme y delicada a un mismo tiempo, cuyo modo de hablar transmitía una inmediata sensación de seguridad y amparo, como si, por su voz, perteneciera a la estirpe de esos grandes líderes que son capaces de arrastrar a un pueblo entero hacia su propia salvación en un momento de emergencia.
Pasaron lo poco que quedaba de la tarde en un café del centro, conversando. Y cuando comenzó a oscurecer, Virginia percibió con asombro que sentía una corriente de simpatía espontánea hacia Helena. Había algo en ella que inspiraba confianza y creaba a su alrededor una extraña atmósfera de impunidad que sólo encontró antes en el cariño de su padre, algo que le permitía mostrarse relajada, como si se hallara dentro de una burbuja impenetrable y aséptica, a salvo del mundo y de esa parte de sí misma que se volvía contra ella para recordarle la proximidad de las hienas y burlarse de su buena fe. Mientras cenaban, su nueva amiga se empeñó en pedir un par de botellas del vino más caro que encontró en la carta del restaurante. Según ella, sus respectivos padres -porque afirmó haber llegado a conocer bien a su madre, y a quererla- tenían por costumbre decir que los duelos resultaban siempre una cosa desagradable e inútil y que la mejor manera de boicotearlos era convertirlos en una fiesta. A Virginia, en aquellas inesperadas circunstancias en las que se hallaba disfrutando de la primera compañía que desde hacía muchos años comenzaba a parecerle deseable, la idea le pareció bastante sensata pero, aunque la hubiera juzgado la propuesta más descabellada, tampoco hubiese encontrado fuerzas para oponerse a la decisión de la otra, porque estaba demasiado acostumbrada a aceptar la voluntad de los demás; así que, terminada la cena, continuaron bebiendo y conversando en la barra de un pub que aquella noche, entre semana, estaba casi vacío.
Helena era soltera y trabajaba como maquinista en una de las nuevas lineas del AVE. A Virginia, imaginar a aquella mujer de apariencia quebradiza dirigiendo los mandos de un tren le resultaba fascinante, y se vio a sí misma encerrada junto a ella en la cabina de uno de aquellos gigantes de acero, las dos solas, rodeadas por el oro de los campos y por un cielo muy azul, muy lejos del mundo y de los otros. Los otros habían sido siempre, en lo más recóndito de sus pesadillas, una especie de dragón furioso de infinitas cabezas que se alimentaba con la sangre corrupta de su conciencia, y su conciencia no paraba de sangrar, sangraba sin motivo, de un modo aparatoso e incontenible, deseosa de atraer la voracidad de las múltiples cabezas del dragón. Sin embargo, aquella noche, el alcohol y esa manera limpia que tenía Helena de escucharla iban restañando poco a poco el torrente exhausto de su sangre, y ella se lamía la herida con la lengua, y cada una de sus palabras era una transfusión de plasma renovado y puro. Le habló de lo que jamás se había atrevido a hablarle a nadie: de ella misma, de sus angustias y temores; y le habló de su marido, de cómo los presentó su madre aquel verano, de hasta qué punto la odió por aquello, de cómo todas esas cosas que la gente juzgaba insignificantes -los ademanes, las miradas, el tono de la voz- para ella podían llegar a significarlo todo. Le habló de un mundo grosero y odioso mientras seguían bebiendo y ese mundo se desvanecía a su alrededor. Y entonces sí, entonces estaban por fin las dos encerradas en la cabina de mando de aquel tren, y Virginia tripulaba su estrella, confiada, por los aires lavados de una paz sideral. Le confesó que no amaba a su marido, que nunca lo amó. Suponía que él se acostaba con otras, pero no le importaba. Eso la eximía de tener que soportar sobre su cuerpo el peso tiránico de otro cuerpo que jamás había conseguido ayudarla a temblar.
El tren seguía suavemente su camino, llevándolas a las dos muy lejos de cualquier estación. Y el horizonte, visto desde aquella placenta, parecía cada vez más ancho y más amigo.
Cuando entraron en la casa donde habían vivido sus padres durante los últimos años, sus voces se apagaron de repente. Se quedaron quietas, una enfrente de la otra. Se miraron fijamente a los ojos durante unos segundos, y luego cayeron abrazadas sobre el sofá. Lloraban. Poco a poco, el llanto compartido se hizo dulce, sanaba. Contra lo que había supuesto, el roce de los labios de Helena sobre sus labios no la intimidó. Abrió la boca y sintió el tacto húmedo y tembloroso de la otra lengua. De nuevo alguien tiraba de ella, pero, en esta ocasión, se sintió empujada a favor de la corriente, un viento favorable la acercaba despacio hacia sí misma.
Mientras la otra le subía la falda y enterraba la cabeza entre sus muslos, se quedó mirando una foto de su madre que había sobre una cómoda cercana. Recordó la primera vez que se avergonzó de ella, cuando sólo tenía nueve años, pero la escena había cambiado de pronto en su memoria, la muerte la enfocaba bajo otra lente, más nítida y ecuánime. La figura que ahora veía caminando por el jardín no era ya la de su madre; aquella figura pertenecía a una mujer joven que avanzaba con paso firme, convencida de su derecho a ser libre y feliz contra todo y contra todos. El tacto electrizante de la lengua de Helena la ayudaba a comprender la extraña sonrisa con que esa muchacha recibió una mañana de mayo el tosco homenaje de aquel grupo de hombres. Un sol rozagante de primavera iluminó la habitación. Era el sol de los vivos y los muertos, que llegaba para calcinar toda culpa bajo una luz piadosa y cegadora. Y ante el retrato de aquella hermosa mujer, Virginia sintió deseos de lanzar un silbido largo y reverente, lleno de rendida admiración.

*www.ffe.es/premiosdeltren/cuento2004.htm


La lengua de los sueños,Joan Barril.

Escrito por novoyatirarlatoalla 22-12-2006 en General. Comentarios (2)
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JOAN BARRIL

Él era de esos maridos que después del amor se miraban en el espejo y les
salían todas las arrugas del alma. Era un marido que se cansaba de no quererse
sentir cansado. Decían los libros que el amor es biodegradable y que todo tiene
fecha de caducidad. Pero eso no podía decírselo a nadie, porque su mujer era bella,
deseable y sueca y hubiera sido incomprensible para cualquier otro hombre una
 confesión de hastío como la que anidaba en el interior del marido cansado.
A medida que se extendía esa sensación de aburrimiento conyugal, las noches se
 hacían más largas. Un desconocido insomnio dejaba cada noche al marido con
los ojos abiertos como garfios posados sobre la cintura reposada de su esposa
 yacente y dormida. Debía estar próximo al fin de su historia conyugal.
Tan bella, tan perfecta y tan escandinava y nada de ella le llamaba.
 Así estaba el marido insomne, en el cruce de caminos vitales, cuando de
 pronto su mujer se giró y, completamente dormida, empezó a hablar. Era
evidente que estaba hablando en sueños. La curiosidad prendió en el alma de
 corcho del marido inapetente. Acercó su oído a la boca de la que había sido
su amada y contuvo la respiración.
No entendía nada. Las palabras que surgían de los labios de su esposa eran
 incomprensibles. Pero no se trataba de palabras solas. Una extraña armonía las
 vinculaba entre sí. Había sonidos cortos y sonidos encadenados de cuatro y de
 cinco sílabas. Se trataba de frases enteras que proporcionaban a la mujer una
 evidente felicidad. Hubiera podido despertarla, pero era evidente que no se trataba
de ninguna pesadilla, antes al contrario. Hablando en aquella lengua venida de los
 sueños su mujer se había transfigurado y su belleza de mármol era ahora una
belleza dinámica y ardiente.
Al cabo de tres noches aquel hombre cansado había aprendido a afinar el sueño,
de manera que el mínimo murmullo de su mujer le despertaría. Así fue. De nuevo
 aquel rostro de felicidad acompasando un misterioso soliloquio. El marido intentó
 apuntar en una libreta alguno de los sonidos que emitía aquel cuerpo dormido.
 Por la eufonía descartó las lenguas conocidas: ni francés ni inglés, ni mucho
menos italiano. Tal vez alemán u holandés, pero no, tampoco. La mesita de noche
 se iba llenando de diccionarios y, cuando parecía que una palabra correspondía a
una entrada en el libro ella callaba. Pero los monólogos continuaban
tres días después. Para entonces el marido se había armado de una grabadora
 con un micrófono de alta precisión.
Al día siguiente llevó el disquete a un antiguo amigo suyo de la Universidad.
 Los dos lo escucharon y el amigo lingüista concluyó: "No es ninguna lengua oficial".
 Aconsejó al marido inquieto que visitara al más famoso y veterano de los
 lingüistas que vivía en la lejana ciudad de Alfabetia. Era un hombre mayor que
 escuchó con atención las palabras robadas a las noches de su mujer. Se le
 iluminó la cara y emitió el diagnóstico. Su esposa, en sueños, hablaba la
lengua sami. "¿Sami, dice usted?". Y el veterano lingüista se explayó:
"Se trata de una lengua del Fílum urálico-iukhagur, familia finoúgrida,
subfamilia finopermiana, en 1995 la hablaban 25.000 personas entre Finlandia,
 Rusia europea, Noruega y Suecia. Es una lengua al límite de Europa y al límite
 de su extinción. Se habla cuando aparece el sol de medianoche. Es usted
 afortunado de tener una hablante de sami en casa. No la deje perder".
Confuso todavía por el hallazgo, el marido dejó de aburrirse. Llamó a su mujer y
 le dijo que estaría un mes fuera por asuntos de negocios. Fue al aeropuerto de
Alfabetia y en un par de horas se plantó en Oslo. Alquiló un coche y cruzó
bosques, fiordos y glaciares hasta llegar a las tierras del sol de medianoche.
 Alquiló una tienda de lapones seminómadas y pidió que le enseñaran a
 hablar sami. Un mes más tarde regresó a su casa y a su alcoba. Y el
 marido esperó a que su mujer iniciara sus advocaciones en aquella lengua
 cálida y septentrional. Ahora la comprendía: hablaba de su infancia y de lo
 afortunada que era al tener un marido como él. O sea: que ella le quería.
 Con los apuntes en una libreta, el marido antes aburrido y ahora emocionado,
 le respondió en voz baja en aquella lengua mínima. Ella abrió los ojos y
un jardín de hiedras les unió por la cintura. El lenguaje del amor no tiene
 nada que ver con las lenguas oficiales.

Fuente : El Periódico de Cataluña

EUSKERA EZ , de Ramiro Pinilla

Escrito por novoyatirarlatoalla 22-12-2006 en General. Comentarios (1)
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Euskera ez




*Cuento de Ramiro Pinilla

*www.ehu.es/sarrikosolidario/vivir/relatos/euskeraez.htm



Bilbao las recibió con una llovizna inmóvil. En la puerta de la estación del
ferrocarril la anciana desplegó un paraguas de hombre y dio el primer paso
con la niña pegada a su cuerpo. La niebla de agua desdibujaba los contornos de
 la ciudad. Las cosas se mostraban en una lejanía amenazante y las gentes
 parecían caminar a un centímetro del suelo. La anciana se las arregló para
 apretar el pañuelo negro de su cabeza sin soltar la cesta que llevaba al brazo.
Vestía el luto abrochado de las aldeanas viejas y arrastraba por sus narices
 una respiración tortuosa. La boca la tenía clausurada por una línea dura de
labios azules.
Se detuvieron en la esquina del edificio. Cuando se les acercó el guardia
 municipal la niña levantó la cara para mirar a su abuela y los labios de la
 anciana se apretaron tanto que se hicieron blancos. El hombre observó
sus atuendos de aldea y les preguntó qué buscaban. La niña volvió a mirar
 a la anciana, que parecía de piedra.
—La cárcel —musitó con transparencia.
El guardia miró con curiosidad a la anciana. Luego escrutó a su alrededor,
sofocó la voz y repitió la pregunta, ahora en euskera. La anciana no alteró
la postura de su boca.
—¿Es sorda? —preguntó el guardia.
La niña respondió también en castellano.
—Le han dicho que si la oyen en euskera será peor para su hijo. Y no sabe más.
El guardia las situó al extremo de una calle que subía. Permaneció quieto viéndolas
sumergirse en una densidad traslúcida. En la cuesta la respiración de la anciana se
 hizo más abrupta, pero no se concedió una sola pausa. Por la calzada subían y bajaban camiones penosamente, como en una operación de guerra. La acera era tan angosta
que sólo cabía un paraguas y el de la anciana desplazaba a los demás en su avanzar terminante. La tela negra salpicaba resonancias de tambor con las goteras de los aleros.
 La niña oía a la altura de su oreja el esfuerzo fragoroso de los pulmones de su
abuela. Cuando alcanzaron el alto, la anciana recuperó su respiración sin
separar los labios y sin detenerse.
Localizaron la cárcel sin error. La vieron en la distancia, mojada, como si
fuera de cartón. Era uno de esos edificios con el aire taciturno inconfundible
délas prisiones. La niña volvió a mirar a su abuela y ésta apretó los labios como
 cuando se encontró con el guardia y otra vez se le pusieron blancos.
La niña tenía doce años, pero se movía con la gravedad de las personas adultas.
 Era espigada, con unos ojos tristes que no correspondían a su edad, y apenas
 retenía otro tiempo que no fuera el de la guerra. También vestía un luto total.
 Y si miraba tanto a su abuela era para acordarse que no debía llorar.
Las detuvieron a la puerta del muro. Un teniente de tricornio y bigote lineal se les
 puso delante con las manos en el correaje.
—Qué desean.
La anciana siguió mirando al frente aunque ya había dejado de ver el edificio.
El teniente repitió la pregunta. El bigote se le rompió con una mueca y regresó
al resguardo del cuerpo de guardia.
—No tengo prisa —sonrió—. Mi puesto acaba a las seis.
Los otros guardias asomaron la cabeza. La anciana sostuvo el paraguas con más
firmeza que nunca y la presión de un labio contra otro casi le produjo dolor.
Paradas sobre el guijo de la puerta ambas daban la impresión de que la lluvia
sólo caía para ellas. Entonces la niña empezó a buscar en la cesta de su abuela.
 La anciana le ayudó, temblando, pero la niña la miró a los ojos y supo que no
 tenía miedo. Salió del paraguas llevando un papel tieso. Cuando lo entregó al
teniente el agua lo había ablandado.
El teniente sonrió aún más al tropezar con el sello del obispo. Regresó ante la
anciana con los ojillos semicerrados.
—Es su hijo —le preguntó.
La anciana sintió en su cara la mirada de la nieta y no movió un solo tejido.
El teniente le blandió el papel ante los ojos.
—Además de muda es ciega —añadió.
Los guardias volvieron a asomar la cabeza para mirar. De sus figuras aún se
desprendía la guerra.
—Diga algo —ordenó el teniente a la anciana. Se metió el papel en el bolsillo
 y cruzó los brazos sobre el pecho. La niña le obligó a volverse tirándole de la
guerrera. El teniente chocó con una mirada lacerante.
—Usted sabe que no le entiende —dijo la niña—. Que sólo habla nuestra lengua.
Sostuvo la mirada del hombre hasta obligarle a hablar.
—Pues que no salga de casa.
—Lleva más de un año sin ver al padre —dijo la niña.
El teniente contempló a ambas desde el horror de aquella cárcel de posguerra.
 Se irritó consigo mismo al advertir que dudaba. Siguió mirando a la niña, ya sin
 ningún deseo de hacerlo. Luego le devolvió el papel, y en el momento de darle
 la espalda dibujó en el aire una indicación con la mano.
Cruzaron un patio desolado. En una esquina habí;» tres hombres limpiando con
una manguera la caja de un camión, de cuyas labias desprendían costras de color
de hígado. En la puerta del edificio les salió al paso un guardián de barba rubia y tierna.
 La niña le entregó el papel que llevaba en la mano. El hombre lo leyó meticulosamente
 y después las miró a ellas como si hubiera olvidado que las dejó allí. Giró sin
pronunciar una palabra y se alejó por un corredor oscuro. La niña se preguntó cómo
 no ponía remedio al pesado pistolón que le golpeaba el muslo. Una repentina ráfaga
 de viento las azotó por la izquierda y la anciana
levantó a su nieta el cuello de la chaqueta con la misma mano que llevaba la cesta.
 La niña no olvidaría jamás aquella boca de la abuela cosida como con pernos,
ni su rostro terroso cada vez más sereno. Observó que su expresión había dejado de
 delatar su necesidad de hablarle. Sus ojos le transmitieron con nitidez y con un sosiego increíble que no olvidara el recado que tenía para el padre ni el único ruego que tenía que hacerle al enemigo.
El guardia regresó detrás de un hombre gordo con cara de sueño. Les habló parado a tres metros.
—Nadie puede ver a los condenados a muerte.
Su voz quebradiza produjo la impresión de que había contado un chiste.
Las dos figuras de la puerta no se movieron.
—Es la norma —concluyó, parapetándose en la frase.
El de la barba rubia le marcó con el dedo un lugar del papel. El hombre gordo
 extrajo unas gafas del bolsillo de su guerrera, las abrió con una sola mano y
 las encajó en su rostro. Al darse cuenta de la fuerza de lo que había escrito
 emitió un gruñido. —Habría que encerrar al clero en las sacristías. Metió la
mano en la cesta que llevaba la anciana y sacó un paquete.
—¿Qué es?
—Pan, tortilla y chorizos para el padre —dijo la niña.
El guardián puso en sus manos el paquete.
—Ponlo en ese balde.
La niña lo depositó cuidadosamente en el fondo de un balde que había en el suelo.
El guardián las condujo a una estancia atravesada por dos tabiques de alambres
 formando pasillo. La abuela y la nieta esperaron un tiempo interminable
estremecido por golpes de cerrojo en todo el edificio. Con el último estruendo
de hierros se abrió una puerta al otro lado de los tabiques y apareció una figurita
 irreconocible. La anciana pegó el rostro a la alambrada y apretó con vigor un labio
contra otro para no traicionar su voluntad.
La niña se aferró con los dedos a los alambres. Miró con vehemencia para comprobar
 si aquel era realmente su padre. Estuvo a punto de escapársele el idioma de su cocina,
pero descubrió a tiempo al guardián apostado a dos pasos.
—¿Está usted bien, padre? —dijo en castellano. El hombre no acertaba a hablar.
La niña comprendió que no creía del todo que ellas estuvieran allí.
—Padre.
Los brazos del hombre seguían caídos. No los movió para hablar.
—Sí. Sí. Bien. ¿Y en casa?
La niña vio cómo la abuela bebía con su expresión las palabras del hijo que no
entendía. La anciana despegó los labios para dejarlos temblar.
—Todos bien —dijo la niña.
El hombre miró a su madre.
—Ama.
A la anciana se le escapó un aire de emoción por la rendija de su boca.
—Eh —exclamó el guardián—. Quiero oir que lo que hablan no sea maldito vasco.
La anciana realizó un esfuerzo potente para recuperar la clausura de sus labios.
—Ama —repitió el hombre.
Llevába la misma boina y el mismo tabardo de caza con que lo apresaron en
Santoña con medio ejército del Norte, tres años antes. La cárcel lo había reducido
 a la mitad de su peso. Las pisadas del guardián que recorría las celdas
llamando a los veinticuatro muertos de cada noche, le había vuelto los
 cabellos blancos.
—Cuántas vacas tenéis en la cuadra —preguntó.
—Sólo tres —dijo la niña—. Quitamos cinco cuando tú...
—Están sanas.
—Sí.
Luego le preguntó por qué no había venido el abuelo.
—No se atrevió a verte aquí.
El hombre no tuvo necesidad de volverse hacia su madre porque desde el principio
 las abarcaba a las dos en una misma mirada.
—Ama.
La anciana se apretó más contra la verja.
—Rezad por ella —dijo el hombre. La niña supo que se refería a la madre asesinada
 en Gernika tres años antes.
—Sí —contestó.
El hombre no pudo reprimir el ruido de su respiración.
—¿Ya seguís guardando las semillas en el arcén?
—Sí —dijo la niña.
—Si no podéis con las tres vacas quitad alguna más.
—La abuela me dice que le diga que cuando usted tenía once años le pegó
aquel plastazo en la cara no para castigarle por no sé qué, sino porque a
ella se le había quemado el guiso y estaba de mal humor, y que le perdone ahora.
La niña palpó con pulcritud el estremecimiento del padre.
El guardián dio un fuerte chalo de mando.
—Pasó el tiempo. Despídanse. Los botones del tabardo del padre oprimieron
la alambrada.
—Ama.
La niña no se atrevía a decir adiós para que no acabara todo. Recibió una mirada
azul de su abuela y dio tres pasos hacia el guardián.
—Sólo pide una palabra en euskera.
—Está prohibido.
—Es la última que podrá decir al padre en este mundo.
—No es posible.
—Sólo una palabra.
—No.
—Sólo una.
El guardián titubeó.
—Una sola —dijo.
La niña regresó junto a su abuela y la miró moviendo la cabeza hacia abajo.
La anciana se concentró. Empuñó con fuerza la cesta para emprender el
regreso al caserío y esperó a serenar su respiración. Siguió concentrándose
 con ahinco. Antes de desprenderse de la palabra la impregnó de treinta y
 siete años, día a día, de convivencia con el hijo, desde el parto a aquella
jaula para fieras. Al saborear por anticipado que la oiría él, descubrió que ni
con una muerte más podrían derrotar su mundo los enemigos. Recogió con
 entereza el nuevo rostro cuadriculado del hijo para el recuerdo y se sintió de
 hierro por dentro al pronunciar:
—Agur.


*www.ehu.es/sarrikosolidario/vivir/relatos/euskeraez.htm

AMÁ............madre
AGUR..........adios



Manifiesto Politico Emiliano Zapata

Escrito por novoyatirarlatoalla 22-12-2006 en General. Comentarios (6)

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Frente Emiliano Zapata
Huastecas Y Sierra Oriental, año 2005

AL PUEBLO DE MÉXICO, A NUESTROS HERMANOS OPRIMIDOS
Y EXPLOTADOS DEL CAMPO Y LA CIUDAD

1. Nuestro país, como toda América Latina y el resto de los pueblos pobres del mundo, padece el avasallamiento económico y político, expresado en el saqueo interminable de nuestras riquezas que van a parar a los países imperialistas, en nuestro caso al norteamericano que ha basado su poderío económico en el saqueo depredador, la explotación indiscriminada de la mano de obra y de nuestros recursos naturales.
2. Con la globalización y el neoliberalismo la riqueza social queda concentrada en manos de las transnacionales, que son propiedad de las oligarquías de los países poderosos que se han adueñado del mundo, apoyados en la fuerza militar y la intervención política y económica abierta o encubierta.
3. Ante la permanente crisis económica que vive el país y la aplicación de políticas neo-liberales dictadas desde el extranjero, vía organismos financieros internacionales, se intensifica el saqueo y la dependencia hacia el extranjero.
4. La lucha en México contra la opresión y la esclavitud asalariada no es un problema exclusivo de los indígenas, tiene que ver con la lucha entre explotados y explotadores, porque en nuestra patria la existencia de la miseria y la pobreza son generadas por el carácter de propiedad de los medios de producción, la injusta distribución de la riqueza y las inhumanas relaciones de producción que Impone el sistema capitalista polarizando la sociedad.
5. En el proceso de transformación social no cabe que ninguna clase o sector se erija por encima de los demás, lo que se requiere es la unidad del pueblo constituido en un frente de clase que luche contra el capitalismo, la oligarquía transnacional, el neoliberalismo y el imperialismo, que enarbole las demandas sociales, políticas y económicas más sentidas del pueblo trabajador.
6. En este frente amplio debemos estar los que luchamos por el socialismo y todas aquellas fuerzas y personalidades progresistas, convencidas de que el sistema capitalista sólo genera desigualdades y guerras de rapiña que se le imponen a los pueblos pobres.
7. Tenemos la convicción política de que en México la liberación del indígena debe darse de la mano de los demás hermanos explotados de las diferentes clases sociales, pero identificados por ser explotados y oprimidos, por eso impulsamos la consigna de la liberación proletaria del campesino.
8. La unidad es una necesidad política permanente que debe ir más allá de la lucha pragmática de ocasión y las coyunturas electorales, debe partir sobre la base de la coordinación y la congruencia de los principios, desde y por las bases politizadas, que sean éstas las que se coordinen y discutan los caminos y soluciones a seguir para lograr nuestras demandas y los cambios que exige el país.
9. Para nosotros la izquierda no son aquellos que se autodenominan como tal, sino todos nuestros hermanos de lucha que refrendan en la práctica cotidiana esta posición en contra del capitalismo, buscando contribuir de manera colectiva a la transformación de raíz la sociedad mexicana, he ahí la esencia del problema.
10. Decimos con voz propia que la lucha indígena no es patrimonio de nadie, es parte de la lucha general de nuestro pueblo contra el neoliberalismo y contra el capitalismo. Sostener lo contrario es ahondar las diferencias y distancias entre los explotados.
11. Tenemos claro que la discriminación y lástima son las dos caras del falso humanismo que promueve la burguesía y nos negamos a ser bufones de ese circo social que monta el Estado mexicano, por lo tanto exigimos el derecho de que nadie nos discrimine, ni social, ni políticamente, tampoco que nos impongan caprichos racistas de gobernantes en tumo.
12. La criminalización del descontento popular es la estrategia de este gobierno de ultra-derecha para contener las aspiraciones de justicia de nuestro pueblo, llenando las cárceles de luchadores sociales, presos políticos y de conciencia, activistas defensores de los derechos humanos, alter mundistas, críticos al sistema y sobre todo de los opositores al régimen existiendo más de 500 presos políticos en las diferentes cárceles del país. Consideramos que ser de izquierda es enarbolar y tomar un compromiso real y concreto por la lucha de la libertad de todos los presos políticos sin importar si son propios o no.
13. Ante el aumento del descontento popular se intensifican y especializan en todo el país las campanas de Guerra de Baja Intensidad, como la única respuesta gubernamental a las demandas del pueblo con el propósito de sofocar la protesta social, existiendo laboratorios de la GBI en varios estados de la república donde se aplican los diferentes componentes de la contrainsurgencia. El saldo: más de 500 presos políticos, cientos de asesinados por los grupos paramilitares, cientos de perseguidos políticos, estado de sitio en gran parte del país, paulatina anulación de las libertades políticas y violación a los derechos humanos.
14. La lucha por la sucesión presidencial se ha adelantado invirtiéndose en ella grandes cantidades de dinero que son ofensivas para nuestro pueblo que vive en el hambre, la miseria y la marginación; recursos que bien pueden ser canalizados para la reactivación del campo o para el financiamiento de la educación pública.

¡Mexicanos! Así como la miseria y la explotación están presentes a lo largo y ancho del país, la lucha popular debe impulsarse y desarrollarse en cada rincón de nuestra patria. Por ello convocamos a la coordinación de los distintos sectores sociales en lucha para unificar esfuerzos a través de un frente, que represente y defienda de palabra y hechos los intereses de les des-poseídos y marginados por el régimen imperante. La historia de la lucha de nuestro pueblo y el presente nos exigen la unidad de los pobres, enarbolando la bandera del socialismo como proyecto emancipador y transformador.


¡LIBERTAD INMEDIATA E INCONDICIONAL A LOS MÁS DE500 PRESOS POLITICOS DEL PAIS!
¡LIBERTAD INMEDIATA A LOS HERMANOS CEREZO, Y A PABLO ALVARADO!
¡LIBERTAD INMEDIATA E INCONDICIONAL A SANTOS SOTO RAMIREZ Y ALBERTANO PEREZ GARCIA!
¡LIBERTAD INMEDIATA A LOS PRESOS POLÍTICOS DE LA OCEZ!
¡CONTRA EL RAPAZ NEOLIBERALISMO, LA LUCHA POPULAR POR EL SOCIALISMO!
¡FUERA EJÉRCITO Y BANDAS PARAMILITARES DE LA HUASTECA!

F R A T E R N A L M E N T E
FRENTE DEMOCRATICO ORIENTAL DE MEXICO EMILIANO ZAPATA (FDOMEZ)

Organizaciones solidarias: ORGANIZACION CAMPESINA EMILIANO ZAPATA (OCEZ), ORGANIZACION CAMPESINA, INDIGENA Y POPULAR RICARDO FLORES MAGON (OCIP-RFM), ORGANIZACION CAMPESINA INDEPENDIENTE MARIANO MATAMOROS (OCl-MM), TIMOCEPANOTOKE NOCHE ALTEPEME MACEHUALME (UNION DE TODOS LOS PUEBLOS POBRES) TINAM, FRENTE POPULAR FRANCISCO VILLA - INDEPENDIENTE (FPFV-IND), FORO ESTUDIANTIL DEMOCRATICO (FED), SOCIEDAD ACTIVISTA DEMOCRATICA ESTUDIANTIL (SADE), CASA DE ESTUDIANTES EMILIANO ZAPATA (PUEBLA), LIGA ESTUDIANTIL DEMOCRÀTICA (LED).

ORGANIZACIONES SOLIDARIAS DEL ESTADO DE GUERRERO; LIGA AGRARIA REVOLUCIONARIA DEL SUR EMILIANO ZAPATA( LARSEZ) COORDINADORA ESTATAL DE TRANPORTISTAS INDEPENTIENTES DE GRO. (CETIG) COL. EXCAMPO DE TIRO-ACAPULCO, CAMPAMENTO POPULAR LUCIO CABAÑAS BARRIENTOS, CONSEJO CIVICO COMUNITARIO LUCIO CABAÑAS BARRIENTOS, CORRIENTE CRITICA DE MEXICO, DEPORTES PARA TODOS A.C., MOVIMIENTO SOCIAL AGRARIO A.C. AMPL. DEL EJIDO DE LLANO LARGO., COMUNEROS DE TILA, PAEL SALTO. CERRO HUAYABO, LOMA MAMEY, EL MANGO, EL RINCON, PARAJE MONTERO, DEL MPIO. DE MALINALTEPEC. REGION TLAPANECA, COCHOAPA, CUMBRES DE BARRANCA HONDA, SAN JOSE EJIDO, ZACUALPAN DEL MPIO. DE OMETEPEC REGION AMUSGA, UNION DE JOVENES REVOLUCIONARIOS (U.J.R.) FRENTE DE DEFENZA POPULAR (F.D.P.).

@DIN - http://www.adin-noticias.com.ar

De Luchador anarquista

Escrito por novoyatirarlatoalla 22-12-2006 en General. Comentarios (5)
Trascribo el mensaje de "luchadoranarquista" ,,,y solo le pongo un pequeño
"pero"....por favor usemos el "compañeros y compañeras"..
.no dejemos fuera de la revolución cultural y educacional al 50% del planeta ,
LAS MUJERES.
 Salud............Tere Marin del blog novoyatirarlatoalla.blogdiario.com
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Compañeros: Les pido su ayuda para recibir textos anarquistas para difundir y también que difundan la existencia de la Librería Virtual Gratuita "Mijail Bakunin" entre más anarquistas. La forma para difundir la existencia de la Librería "Mijail Bakunin" es difundir el siguiente texto. Si quieren algún libro o artículo, busquen en la lista de abajo que se los regalo por mail a luchadoranarquista@hotmail.com. Además les paso un boletin (suscribirse a luchadoranarquista@hotmail.com). Gracias


Librería Virtual Gratuita “MIJAIL BAKUNIN”


ESTATUTO


Preámbulo:

“POR EL LIBRE PENSAMIENTO”

Ellos mandan hoy..... porque Tú obedeces!
(A. Camus)


La difusión del ideal libertario es parte de nuestra lucha por la Revolución Social. Esto tiene dos razones fundamentales.
La primera razón, es que, luego de la Caída del Muro de Berlín junto con la alternativa marxista al capitalismo, los anarquistas debemos difundir nuestro programa y nuestra teoría para presentar una alternativa al capitalismo que se encuentra en una gran crisis con cede en Washington.
El capitalismo caerá y es algo innegable por su crisis profunda. Pero siempre el fusilado queda moribundo y alguien debe darle su tiro de gracia. Debemos cortar la agonía del sistema que sufrimos todos con el hambre y la desocupación. Ese tiro de gracia debe darse con una profunda conciencia revolucionaria y los libros pueden garantizárnosla.
La segunda razón, es que las clases opresoras que dirigen a la sociedad se empeñan en denigrar la educación. Los hijos del pueblo sólo pueden acceder a la educación estatal cada vez más precaria, pues el Estado siempre que debe recortar gastos lo hace en la educación. Pero hay una alternativa, “la noche no es eterna, sólo es oscura”. Proudhon llegó a ser un importante filósofo sin haber podido pagarse el secundario. La difusión de los libros puede servir para la formación de los individuos con una perspectiva crítica y no con el sometimiento de la educación “conductista” y autoritaria que pretende formar futuros gobernados.
El anarquismo plantea la rebelión emancipadora del brazo y de la mente. Las armas de liberación del brazo son muy discutidas, pero para la liberación de la mente no hay duda en que el libro es el arma más contundente.


Plataforma Organizativa

LA SOLIDARIDAD ES EL CAMINO”

“Sólo el pueblo salvará al pueblo”



Como su nombre lo indica, la Librería “Mijail Bakunin” es gratuita, pues la solidaridad entre trabajadores y entre compañeros nos impone el dar a nuestros hermanos de clase sin pedir nada a cambio. También es virtual, porque el no tener que afrontar gastos de impresión garantiza su gratuidad. No podemos esperar ayuda del Estado o del Mercado para nuestra empresa de difundir y recibir la difusión, debemos apelar a la solidaridad y ayuda entre compañeros y es por eso que todos los libros serán regalados.
La obtención de los libros y su difusión, también se basa en la Solidaridad. Todo aquel que quiera recibir un libro virtual o que lo quiera regalar a la Librería “Mijail Bakunin” lo podrá hacer por mail a: luchadoranarquista@hotmail.com.
La Librería será solidaria con todos y regalará libros virtuales a quien los desee. Pero también espera tener, con quienes lo deseen, una relación recíproca: espera también la difusión de su existencia por parte de cualquiera y también espera recibir más libros virtuales. Pero no lo espera como condición, sino como ayuda solidaria y desinteresada.
La lista de libros será cada vez más grande con los aportes de todos, y por lo tanto informaremos los nuevos libros con Boletines mensuales que podrán ser recibidos por quien se inscriba. La forma es escribir a luchadoranarquista@hotmail.com y manifestar expresamente el deseo de recibir el boletín.

BOLETÍN I

Libros
"Dios y el Estado", Mijail Bakunin.
¿Que es la propiedad?, P.J. Proudhon.
El Apoyo Mutuo, Pedro Kropotkin.
La Conquista del Pan, Pedro Kropotkin.
Miguel Bakunin: Esbozo de biografía intelectual, Demetrio Velasco Criado.
Antología [La Mujer, el Matrimonio y la Familia, Patria y Nacionalidad, Socialismo sin Estado: Anarquismo, La Política del Consejo (1869), La Asociación Roja (1870)], Miguel Bakunin.
El Principio Federativo, P. J. Proudhon.
Los principios del sindicalismo revolucionario. AIT.
"El patriotismo", Miguel Bakunin.
"El Antricristo", Federico Nietzsche.
"ANARQUISMO: Lo que significa realmente", Emma Goldman.
"Bitácora de la Utopía: Anarquismo para el Siglo XXI", NELSON MÉNDEZ y ALFREDO VALLOTA.
"La moral anarquista", Pedro Kropotkin.
"El Único y su Propiedad", Max Stirner.
"Cartas de la Revolución Española", Benjamin Péret.
"Historia de las utopías", Osvaldo Bayer.
"EL SOCIALISMO EL SOCIALISMO ANARQUISTA", Ricardo Mella.
"La ley del número", Ricardo Mella.

Artículos
“7 piezas sueltas del rompecabezas mundial”, Subcomandante Marcos.
"Oxímoron", Subcomandante Marcos.
“Acerca del Concepto de la Persona Humana en las Ideas Libertarias Argentinas (A Partir de un Estudio de Juan Suriano)”, Mariano Ron.
“Análisis Socialista del Presupuesto de la Argentina para el 2004”, Aníbal Montoya.
“Los errantes” (acerca del anarquista Severino di Giovanni), Osvaldo Bayer.
“Definiciones de un Compañero” (1975), Gerardo Gatti.
“El Carnicero del Planeta Cosechó su Siembra” (sobre los atentados del 11 de Septiembre de 2001), Liga Socialista Revolucionaria.
“Como afecto el Golpe de Estado de 1930 a las Fuerzas Anarquistas”, Fernando López Trujillo.
“Entrevista a Osvaldo Bayer”, Silvia Schwarzböck.
“Homenaje a León Czolgosz, compañero anarquista que hace 100 años mataba al presidente de Estados Unidos”, Juventudes Libertarias de Bolivia.
“Liquidación del socialismo libertario en Cuba: ¿final de una utopía?” (los anarquistas y Fidel), Carlos M. Estefanía
“La Situación Argentina: A 7 Meses del Gobierno de Kirchner”, Luchador Anarquista.
Lula en el ALCA y con el FMI, Basilio Abramo, desde San Pablo
No al ALCA (sus lineamientos básicos y el accionar del pueblo para rechazarlo), AA.VV..
La Lucha de Clases en Chile, José Antonio Gutiérrez D.(militante del Congreso de Unificación Anarco-Comunista).

_________________
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SOCIALISMO O BARBARIE ¡POR TODAS LAS LIBERTADES Y POR TODAS LAS REBELIONES!
¡¡¡VIVA LA ANARQUÍA!!!
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