
Estelibro fue pasado a formato Word para facilitar la difusión, y con el propósitode que así como usted lo recibió lopueda hacer llegar a alguien más. HERNÁN
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EL DILEMA DEL CABALLERO
Hace ya mucho tiempo, en una tierra muy lejana, vivía un caballero que pensaba que era bueno, generoso y amoroso. Hacía todo lo que suelen hacer los caballeros buenos, generosos y amorosos. Luchaba contra sus enemigos, que era malos, mezquinos y odiosos. Mataba a dragones y rescataba a damiselas en apuros.Cuando en el asunto de la caballería había crisis, tenía la mala costumbre de rescatar damiselas incluso cuando ellas no deseaban ser rescatadas y, debido a esto, aunque muchas damas le estaban agradecidas, otras tantas se mostraban furiosas con el caballero. Él lo aceptaba con filosofía. Después de todo, no se puede contentar a todo el mundo.
Nuestro caballero era famoso por su armadura. Reflejaba unos rayos de luz tan brillantes que la gente del pueblo juraba no haber visto el sol salir en el norte o ponerse en el este cuando el caballero partía a la batalla. Y partía a la batalla con bastante frecuencia. Ante la mera mención de una cruzada, el caballero se ponía la armadura entusiasmado, montaba su caballo y cabalgaba en cualquier dirección. Su entusiasmo era tal que a veces partía en varias direcciones a la vez, lo cual no es nada fácil.
Durante años, el caballero es esforzó en ser el número uno del reino. Siempre había otra batalla que ganar, otro dragón que matar y otra damisela que rescatar.
El caballero tenía una mujer fiel y bastante tolerante, Julieta, que escribía hermosos poemas, decía cosas inteligentes y tenía debilidad por el vino. También tenía un hijo de cabellos dorados, Cristóbal, al que esperaba ver algún día,convertido en un valiente caballero.
Julieta y Cristóbal veían poco al caballero porque, cuando no estaba luchando en una batalla, matando dragones o rescatando damiselas, estaba ocupado probándose su armadura y admirando su brillo. Con el tiempo, el caballero se enamoró hasta tal punto de su armadura que se la empezó a poner para cenar y, a menudo, para dormir. Después de un tiempo, ya no se tomaba la molestia de quitársela para nada. Poco a poco, su familia fue olvidando qué aspecto tenía sin ella.
Ocasionalmente,Cristóbal le preguntaba a su madre qué aspecto tenía su padre. Cuando esto sucedía, Julieta llevaba al chico hasta la chimenea y señalaba el retrato del caballero.
-He aquí a tu padre - decía con un suspiro.
Una tarde,mientras contemplaba el retrato, Cristóbal le dijo a su madre:
-Ojalá pudiera a ver a padre en persona.
-¡No puedes tenerlo todo! - respondió bruscamente Julieta.
Estaba cada vez más harta de tener tan sólo una pintura como recuerdo del rostro de su marido y estaba cansada de dormir mal por culpa del ruido metálico de la armadura.
Cuando paraba en casa y no estaba absolutamente pendiente de su armadura, el caballero solía recitar monólogos sobre sus hazañas. Julieta y Cristóbal casi nunca podían decir una palabra. Cuando lo hacían, el caballero las acallaba, ya sea cerrando su visera o quedándose repentinamente dormido.
Undía, Julieta se enfrentó a su marido.
-Creo que amas más a tu armadura de lo que me amas a mí.
-Eso no es verdad - respondió el caballero - ¿Acaso no te amé lo suficiente como para rescatarte de aquel dragón e instalarte en este elegante castillo con paredes empedradas?
-Lo que tu amabas - dijo Julieta, espiando a través de la visera para poder ver sus ojos - era la idea de rescatarme. No me amabas realmente entonces y tampoco me amas realmente ahora.
-Sí que te amo - insistió el caballero, abrazándola torpemente con su fría y rígida armadura, casi rompiéndole las costillas.
-¡Entonces,quítate esa armadura para ver quién eres en realidad! - le exigió.
-No puedo quitármela. Tengo que estar preparado para montar en mi caballo y partir en cualquier dirección - explicó el caballero.
-Si no te quitas la armadura, cogeré a Cristóbal, subiré a mi caballo y me marcharé de tu vida.
Bueno,esto sí que fue un golpe para el caballero. No quería que Julieta se fuera.Amaba a su esposa y a su hijo y a su elegante castillo, pero también amaba a su armadura porque les mostraba a todos quién era él: un caballero bueno, generoso y amoroso. ¿Por qué no se daba cuenta Julieta de ninguna de estas cualidades?.
Elcaballero estaba inquieto. Finalmente, tomó una decisión. Continuar llevando la armadura no valía la pena si por ello había de perder a Julieta y Cristóbal.
De mala gana, el caballero intentó quitarse el yelmo pero, ¡no se movió!. Tiró con más fuerza. Estaba muy enganchado. Desesperado, intentó levantar la visera pero, por desgracia, también estaba atascada. Aunque tiró de la visera una y otra vez, no consiguió nada.
El caballero caminó de arriba abajo con gran agitación. ¿Cómo podía haber sucedido esto? Quizá no era tan sorprendente encontrar el yelmo atascado, ya que no se lo había quitado en años, pero la visera era otro asunto. Lo había abierto con regularidad para comer y beber. Pero bueno, ¡si la había abierto esa misma mañana para desayunar huevos revueltos y cerdo en su salsa!.
Repentinamente,el caballero tuvo una idea. Sin decir adónde iba, salió corriendo hacia latienda del herrero, en el patio del castillo. Cuando llegó, el herrero estabadándose forma a una herradura con sus manos.
-Herrero - dijo el caballero - tengo un problema.
-Sois un problema, señor - dijo socarronamente el herrero, con su tacto habitual.
El caballero, que normalmente gustaba de bromear, arrugó el entrecejo.
-No estoy de humor para tus bromas en estos momentos. Estoy atrapado en esta armadura - vociferó, al tiempo que golpeaba el suelo con el pie revestido de acero, dejándolo caer accidentalmente sobre el dedo gordo del pie del herrero.
El herrero dejó escapar un aullido y, olvidando por un momento que el caballero era su señor, le propinó un brutal golpe en el yelmo. El caballero sintió tansólo una ligera molestia. El yelmo ni se movió.
-Inténtalo otra vez - ordenó el caballero, sin darse cuenta de que el herrero le había golpeado porque estaba enfadado.
-Con gusto - dijo el herrero, balanceando un martillo en venganza y dejándolo caer con fuerza sobre el yelmo del caballero. El yelmo ni siquiera se abolló.
El caballero se sintió muy turbado. El herrero era, con mucho, el hombre más fuerte del reino. Si él no podía sacar al caballero de su armadura, ¿quién podría?.
Como era un buen hombre, excepto cuando le aplastaban el dedo gordo del pie, el herrero percibió el pánico del caballero y sintió lástima.
-Estáis en una situación difícil, caballero, pero no os deis por vencido.Regresad mañana cuando yo haya descansado. Me habéis cogido el final de un día muy duro.
Aquella noche, la cena fue difícil. Julieta se enfadaba cada vez más a medida que iba introduciendo por los orificios de la visera del caballero la comida que había tenido que triturar previamente. A mitad de la cena, el caballero le contó aJulieta que el herrero había intentado abrir la armadura, pero que había fracasado.
-¡No te creo, bestia ruidosa! -Gritó al tiempo que estrellaba el plato de puré de estofado de paloma contra su yelmo.
El caballero no sintió nada. Sólo cuando la salsa comenzó a chorrear por los orificios de la visera, se dio cuenta de que le habían dado en la cabeza.Tampoco había sentido el martillo del herrero aquella tarde. De hecho, ahoraque lo pensaba, su armadura no le dejaba sentir apenas nada, y la había llevado durante tanto tiempo que había olvidado cómo se sentían las cosas sin ella.
El caballero se entristeció mucho porque Julieta no creía que estaba intentando quitarse la armadura. El herrero y él lo habían intentado, y lo siguieron intentado durante días, sin éxito. Cada día el caballero se deprimía más yJulieta estaba cada vez más fría.
Finalmente,el caballero admitió que los esfuerzos del herrero eran vanos.
-¡Vaya con el hombre más fuerte del reino! ¡Ni siquiera puedes abrir este montón de lata! -gritó con frustración.
Cuando el caballero regresó a casa, Julieta le chilló:
-Tu hijo no tiene más que un retrato de su padre, y estoy harta de hablar con una visera cerrada. No pienso volver a pasar comida por los agujeros de esahorrible cosa nunca más. ¡Este es el último puré de cordero que te preparo!
-No es mi culpa si estoy atrapado en esta armadura. Tenía que llevarla para estar siempre listo para la batalla. ¿De qué otra manera, si no, hubiera podido comprar bonitos castillos y caballos para ti y para Cristóbal?
-No lo hacías por nosotros - argumentó Julieta, ¡Lo hacías por ti!.
Al caballero le dolió en el alma que su mujer pareciera no amarlo más. También temía que, si no se quitaba la armadura pronto, Julieta y Cristóbal realmente se marcharían. Tenía que quitarse la armadura, pero no sabía cómo.
El caballero descartó una idea tras otra por considerarlas poco viables. Algunosplanes eran realmente peligrosos. Sabía que cualquier caballero que se plantease fundir su armadura con la antorcha de un castillo, o congelarlasaltando a un foso helado, o hacerla explotar con un cañón, estaba seriamentenecesitado de ayuda. Incapaz de encontrar ayuda en su propio reino, el caballero decidió buscar en otras tierras.
“En algún lugar debe de haber alguien que me pueda ayudar a quitarme esta armadura”, pensó.
Desde luego, echaría de menos a Julieta, Cristóbal y el elegante castillo. También temía que, en su ausencia, Julieta encontrara el amor en brazos de otrocaballero, uno que estuviera deseoso de quitarse la armadura y de ser un padrepara Cristóbal. Sin embargo, el caballero tenía que irse, así que, una mañana, muy temprano, montó en su caballo y se alejó cabalgando. No osó mirar atrás por miedo a cambiar de idea.
Al salir de la provincia, el caballero se detuvo para despedirse del rey, que había sido muy bueno con él. El rey vivía en un grandioso castillo en la cima de una colina del barrio elegante. Al cruzar el puente levadizo y entrar en el patio, el caballero vio al bufón sentado con las piernas cruzadas, tocando la flauta.
E lbufón se llamaba Bolsalegre porque llevaba sobre su hombro una bolsa con los colores del arco iris, llena de artilugios para hacer reír o sonreír a lagente. Había extrañas cartas que utilizaba para adivinar el futuro de las personas, cuentas de vivos colores que hacía aparecer y desaparecer y graciosas marionetas que usaba para divertir a su audiencia.
-Hola, Bolsalegre - dijo el caballero - He venido a decirle adiós al rey.
Elbufón miro hacia arriba.
-El rey se acaba de ir.
No hay nada que él os pueda decir.
-¿Adónde ha ido? - preguntó el caballero.
-A una cruzada ha partido.
Silo esperáis, vuestro tiempo habréis perdido.
Elcaballero quedó decepcionado por no haber podido ver al rey y perturbado por nopoder unirse a él en la cruzada.
-Oh - suspiró. Podría morir de inanición dentro de esta armadura antes de que elrey llegara. - quizás no le vuelva a ver nunca más.
E lcaballero sintió ganas de dejarse caer de su montura pero, por supuesto, la armadura se lo impedía.
-Sois una imagen triste de ver.
Nocon todo vuestro poder, vuestra situación podéis resolver.
-No estoy de humor para tus insultantes rimas - ladró el caballero, tenso dentrode su armadura - ¿No puedes tomarte los problemas de alguien seriamente por unavez?.
Conuna clara y lírica voz, Bolsalebre cantó:
-A mí los problemas no me han de afectar.
Sonoportunidades para criticar.
-Otra canción cantarías si fueras tú el que estuviera atrapado aquí - gruñó elcaballero.
Bolsalegrecontinuó:
-A todos, alguna armadura nos tiene atrapados.
Sóloque la vuestra ya la habéis encontrado.
-No tengo tiempo de quedarme y oír tus tonterías. Tengo que encontrar la manerade salir de esta armadura.
Ydicho esto, el caballero se dispuso a partir, pero Bolsalegre le llamó:
-Hay alguien que puede ayudaros, caballero, a sacar a la luz vuestro yoverdadero.
Elcaballero detuvo su caballo bruscamente y, emocionado, regresó haciaBolsalegre.
-¿conoces a alguien que me pueda sacar de esta armadura? ¿Quien es?
-Tenéis que ver al mago Merlín, así lograréis ser libre al fin.
-¿Merlin? El único Merlin del que he oído hablar es el gran sabio, el maestrodel Rey Arturo.
-Si. Si, el mismo es.
Merlínsolo hay uno, ni dos ni tres.
-¡Pero no puede ser! -Exclamó el caballero - Merlin y el rey Arturo vivieronhace muchos años.
Bolsalegrereplicó:
-Es verdad, pero aún vive ahora. En los bosques el sabio mora.
-Pero esos bosques son tan grandes... dijo el caballero - ¿cómo lo encontraréahí?
Bolsalegresonrió.
-aunque muy difícil ahora os parece. Cuando el alumno está preparado, el maestroaparece.
-Ojalá Merlín apareciera pronto. Voy a buscarlo a él - dijo el caballero.
Estiróel brazo y le dio la mano a Bolsalegre en señal de gratitud, y por poco letritura los dedos del bufón con el guantelete.
Bolsalegredio un grito. El caballero soltó rápidamente la mano del bufón.
-Lo siento.
Bolsalegrese frotó los magullados dedos.
-Cuando la armadura desaparezca y estéis bien. Sentiréis el dolor de los otrostambién.
-¡Me voy! - dijo el caballero.
Hizogirar su caballo y, abrigando nuevas esperanzas en su corazón, se alejógalopando.
EN LOS BOSQUES DE MERLÍN
Nofue tarea fácil encontrar el astuto mago. Había muchos bosques en los quebuscar, pero sólo un Merlín. Así que el pobre caballero cabalgó día tras día,noche tras noche, debilitándose cada vez más.
Mientrascabalgaba en solitario a través de los bosques, el caballero se dio cuenta deque había muchas cosas que no sabía. Siempre había pensado que era muy listo,pero no se sentía tan listo ahora, intentando sobrevivir en los bosques.
Demala gana, se reconoció a sí mismo que no podía distinguir una baya venenosa deuna comestible. Esto hacía del acto de comer una ruleta rusa. Beber no eramenos complicado. El caballero intentó meter la cabeza en un arroyo, pero suyelmo se llenó de agua. Casi se ahoga dos veces. Por si eso fuera poco, estabaperdido desde que había entrado en el bosque. No sabía distinguir el norte delsur, ni el este del oeste. Por fortuna, su caballo sí lo sabía.
Despuésde meses de buscar en vano, el caballero estaba bastante desanimado. Aún nohabía encontrado a Merlín, a pesar de haber viajado muchas leguas. Lo que lehacía sentirse peor aún era que ni siquiera sabía cuánto era una legua. Unamañana, se despertó sintiéndose más débil de lo normal y un tanto peculiar.Aquella misma mañana encontró a Merlín. El caballero reconoció al magoenseguida. Estaba sentado en un árbol, vestido con una larga túnica blanca. Losanimales del bosque estaban reunidos a su alrededor, y los pájaros descansabanen sus hombros y brazos.
Elcaballero movió la cabeza sombríamente de un lado a otro, haciendo querechinase su armadura. ¿Cómo podían estos animales encontrar a Merlín con tantafacilidad cuando había sido tan difícil para él?.
Cansinamente,el caballero descendió de su caballo.
-Os he estado buscando - le dijo al mago - He estado perdido durante meses.
-Toda vuestra vida - le corrigió Merlín, mordiendo una zanahoria ycompartiéndola con el conejo más cercano.
Elcaballero se enfureció.
-No he venido hasta aquí para ser insultado.
-Quizá siempre os habéis tomado la verdad como un insulto - dijo Merlín,compartiendo la zanahoria con algunos de los animales.
Alcaballero tampoco le gustó mucho este comentario, pero estaba demasiado débilde hambre y sed como para subir a su caballo y marcharse. En lugar de eso, dejócaer su cuerpo envuelto en metal sobre la hierba. Merlín le miró con compasión.
-Sois muy afortunado - comentó - Estáis demasiado débil para correr.
-¿Y eso qué quiere decir? - preguntó con brusquedad el caballero.
Merlínsonrió por respuesta.
-Una persona no puede correr y aprender a la vez. Debe permanecer en un lugardurante un tiempo.
-Sólo me quedaré aquí el tiempo necesario para aprender cómo salir de estaarmadura - dijo el caballero.
-Cuando hayáis aprendido eso - afirmó Merlín - nunca más tendréis que subir avuestro caballo y partir en todas direcciones.
Elcaballero estaba demasiado cansado como para cuestionar esto. De alguna manera,se sentía consolado y se quedó dormido enseguida.
Cuandoel caballero despertó, vio a Merlín y a los animales a su alrededor. Intentósentarse, pero estaba demasiado débil. Merlín le tendió una copa de plata quecontenía un extraño líquido.
-Bebed esto - le ordenó.
-¿Qué es? - preguntó el caballero, mirando la copa receloso.
-¡Estáis tan asustado! - dijo Merlín - Por supuesto, por eso os pusisteis laarmadura desde el principio.
Elcaballero no se molestó en negarlo, pues estaba demasiado sediento.
-Está bien, lo beberé. Vertedlo por mi visera.
-No lo haré. Es demasiado valioso para desperdiciarlo.
Rompióuna caña, puso un extremo en la copa y deslizó el otro por uno de los orificiosde la visera del caballero.
-¡Éstaes una gran idea! - dijo el caballero.
-Yo lo llamo pajita - replicó Merlín.
-¿Por qué?
-¿Y por qué no?
Elcaballero se encogió de hombros y sorbió el líquido por la caña. Los primerossorbos le parecieron amargos, los siguientes más agradables, y los últimostragos fueros bastante deliciosos.
Agradecido,el caballero le devolvió la copa a Merlín.
-Deberías lanzarlo al mercado. Os haríais rico.
Merlínse limitó a sonreír.
-¿Qué es ? - preguntó el caballero.
-Vida.
-¿Vida?
-Si - dijo el sabio mago. - ¿No os pareció amarga al principio y, luego, a medidaque la degustabais, no la encontrabais cada vez más apetecible?.
Elcaballero asintió.
-Sí, los últimos sorbos resultaron deliciosos.
-Eso fue cuando empezasteis a aceptar lo que estabais bebiendo.
-¿Estáis diciendo que la vida es buena cuando uno la acepta? - preguntó elcaballero.
-¿Acaso no es así? - replicó Merlín, levantando una ceja divertido.
-¿Esperáis que acepte toda esta pesada armadura?.
-Ah - dijo Merlín - no nacisteis con esa armadura. Os la pusisteis vos mismo.¿Os habéis preguntado por qué?.
-¿Y por qué no? - replicó el caballero, irritado. En ese momento, le estabaempezando a doler la cabeza. No estaba acostumbrado a pensar de esa manera.
-Seréis capaz de pensar con mayor claridad cuando recuperéis fuerzas - dijoMerlín.
Dichoesto, el mago hizo sonar sus palmas y las ardillas, llevando nueces entre losdientes, se alinearon delante del caballero. Una por una, cada ardilla trepó alhombro del caballero, rompió y masticó una nuez, y luego empujó los pequeñostrozos a través de la visera del caballero. Las liebres hicieron lo mismo conlas zanahorias, y los ciervos trituraron raíces y bayas para que el caballerocomiera. Este método de alimentación nunca sería aprobado por el ministerio deSanidad, pero ¿qué otra cosa podía hacer un caballero atrapado en su armaduraen medio del bosque?.
Losanimales alimentaban al caballero con regularidad, y Merlín le daba a beberenormes copas de Vida con la pajita. Lentamente, el caballero se fuefortaleciendo, y comenzó a sentirse esperanzado.
Cadadía le hacía la misma pregunta a Merlín:
-¿Cuando podré salir de esta armadura?
Cadadía Merlín replicaba:
-¡Paciencia!Habéis llevado esa armadura durante mucho tiempo. No podéis salir de ella asícomo así.
Unanoche, los animales y el caballero estaban oyendo al mago tocar con su laúd losúltimos éxitos de los trovadores. Mientras esperaba que Merlín acabara de tocarAñoro los viejos tiempos, en que loscaballeros eran valientes y las damiselas eran frías, el caballero le hizouna pregunta que tenía en mente desde hacía tiempo.
-¿Fuisteisen verdad el maestro del rey Arturo?
Elrostro del mago se encendió.
-Sí, yo le enseñé a Arturo - dijo.
-Pero¿cómo podéis seguir vivo? ¡Arturo vivió hace mucho tiempo! - exclamó elcaballero.
-Pasado, presente y futuro son uno cuando estás conectado a la Fuente - replicóMerlín.
-¿Qué es la Fuente? - preguntó el caballero.
-Es el poder misterioso e invisible que es el origen de todo.
-No entiendo - dijo el caballero.
-Eso se debe a que intentáis comprender con la mente, pero vuestra mente eslimitada.
-Tengo una mente muy buena - le discutió el caballero.
-E inteligente - añadió Merlín - Ella te atrapó en esa armadura.
Elcaballero no pudo refutar eso. Luego recordó algo que Merlín le había dichonada más llegar.
-Una vez me dijisteis que me había puesto esta armadura porque tenía miedo.
-¿No es eso verdad? - respondió Merlín.
-No, la llevaba para protegerme cuando iba a la batalla.
-Y temíais que os hirieran de gravedad o que os mataran - añadió Merlín.
-¿Acaso no lo teme todo el mundo?
Merlínnegó con la cabeza.
-¿Y quién os dijo que teníais que ir a la batalla?
-Tenía que demostrar que era un caballero bueno, generoso y amoroso.
-Si realmente erais bueno, generoso y amoroso, ¿por qué teníais que demostrarlo?- preguntó Merlín.
Elcaballero eludió tener que pensar en eso de la misma manera que solía eludirtodas las cosas: se puso a dormir.
Ala mañana siguiente, despertó con un pensamiento elevado en su mente: ¿Eraposible que no fuese bueno, generoso y amoroso? Decidió preguntárselo a Merlín.
-¿Qué pensáis vos? - replicó Merlín.
-¿Por qué siempre respondéis a una pregunta con otra pregunta?
-¿ Y por qué siempre buscáis que otros os respondan vuestras preguntas?
Elcaballero se marchó enfadado, maldiciendo a Merlín entre dientes.
-¡Ese Merlín! - masculló - ¡Hay veces que realmente me saca de mi armadura!.
Conun ruido seco, el caballero dejó caer su pesado cuerpo bajo un árbol parareflexionar sobre las preguntas del mago.
¿Quépensaba en realidad?
-¿Podría ser - dijo en voz alta a nadie en particular - que yo no fuera bueno,generoso y amoroso?
-Podría ser - dijo una vocecita - Si no ¿por qué estáis sentado sobre mi cola?
-¿Eh? - el caballero miró hacia abajo y vio a una pequeña ardilla sentada a sulado. Es decir, a casi toda la ardilla. Su cola estaba escondida.
-¡Ohperdona! - dijo el caballero, moviendo rápidamente la pierna para que laardilla pudiera recuperar su cola - Espero no haberte hecho daño. No veo muybien con esta visera en mi camino.
-No lo dudo - replicó la ardilla sin ningún resentimiento en la voz - Por esosiempre estáis pidiendo disculpas a la gente por haberles hecho daño.
-La única cosa que me irrita más que un mago sabelotodo es una ardillasabelotodo. - gruñó el caballero - No tengo por qué quedarme aquí y hablarcontigo.
Luchócontra el peso de la armadura en un intento de ponerse de pie. De repente,sorprendido, balbuceó:
-¡Eh... tu y yo estamos hablando!
-Un tributo a mi buena fe - replicó la ardilla - teniendo en cuenta que oshabéis sentado sobre mi cola.
-Pero si los animales no pueden hablar - dijo el caballero.
-Oh, claro que pueden - dijo la ardilla - Lo que sucede es que la gente noescucha.
Elcaballero movió la cabeza perplejo.
-¿Me has hablado antes?
-Claro, cada vez que rompía una nuez y la empujaba por vuestra visera.
-¿Cómo es que te puedo oír ahora si no te podía oír entonces?
-Admiro una mente inquisitiva - comentó la ardilla - pero ¿nunca aceptáis nadatal como es, simplemente porque es?
-Estás respondiendo a mis preguntas con preguntas - dijo el caballero - Haspasado demasiado tiempo con Merlín.
-Y vos no habéis pasado el tiempo suficiente con él.
Laardilla le dio un ligero golpe al caballero con su cola y trepó a un árbolcorriendo. El caballero la llamó.
-¡Espera! ¿Cómo te llamas?
-Ardilla - replicó ella simplemente, y desapareció en la copa del árbol.
Aturdido,el caballero movió la cabeza. ¿Se había imaginado todo esto? En ese precisoinstante, vio a Merlín acercarse.
-Merlín - dijo Tengo ganas de salir deaquí. He empezado a hablar con las ardillas.
-Espléndido - replicó el Mago.
Elcaballero le miró preocupado.
-¿Cómo puede ser espléndido? ¿Qué queréis decir?.
-Simplemente eso. Os estáis volviendo lo suficientemente sensible como parasentir las vibraciones de otros.
Elcaballero estaba obviamente confundido, así que Merlín continuó explicando:
-No hablasteis con la ardilla con palabras, sino que sentisteis sus vibraciones,y tradujisteis esas vibraciones en palabras. Estoy esperando el día en queempecéis a hablar con las flores.
-Eso será el día que las plantéis en mi tumba. ¡Tengo que salir de estosbosques!
-¿Adonde irías?
-Regresaría con Julieta y Cristóbal. Han estado solos durante mucho tiempo.Tengo que volver y cuidar de ellos.
-¿Cómo podéis cuidar de ellos si ni siquiera podéis cuidar de vos mismo? -preguntó Merlín.
-Pero les echo de menos - se quejó el caballero - quiero regresar con ellos. Aúnen el peor de los casos.
-Y es exactamente así como regresaréis si vais con vuestra armadura - le previnoMerlín.
Elcaballero miró a Merlín con tristeza.
-No quiero esperar a quitarme la armadura. Quiero volver ahora y ser un maridobueno, generoso y amoroso para Julieta y un gran padre para Cristóbal.
Merlínasintió comprensivo. Le dijo al caballero que regresar para dar de sí mismo eraun maravilloso regalo.
-Sin embargo - añadió - un don para ser un don, debe ser aceptado. De no ser asíes como una carga para las personas.
-¿Queréis decir que quizá no quieran que regrese? - preguntó el caballerosorprendido - Seguramente me darían otra oportunidad. Después de todo, yo soyuno de los mejores caballeros del reino.
-Quizás esta armadura sea más gruesa de lo que parece - dijo Merlín consuavidad.
Elcaballero reflexionó sobre esto. Recordó las eternas quejas de Julieta porqueél se iba a la batalla tan a menudo, porla atención que le prestaba a su armadura, y por su visor cerrado y sucostumbre de quedarse dormido para no oír las palabras. Quizá Julieta noquisiera que él volviese, pero Cristóbal sí querría.
-¿Por qué no mandarle una nota a Cristóbal y preguntárselo? - sugirió Merlín.
Elcaballero estuvo de acuerdo en que era una buena idea, pero ¿cómo podía hacerlellegar una nota a Cristóbal?
Merlínseñaló a la paloma que estaba posada sobre su hombro.
-Rebeca la llevará.
Elcaballero estaba perplejo.
-Ella no sabe donde vivo. Es sólo un estúpido pájaro.
-Puedo distinguir el norte del sur y el este del oeste - respondió secamenteRebeca - lo cual es más de lo que se podría decir de vos.
Elcaballero se disculpó rápidamente. Estaba completamente pasmado. No sólo habíahablado con una paloma y una ardilla, sino que además las había hecho enfadar alas dos en el mismo día.
Comoera un pájaro de gran corazón, Rebeca aceptó las disculpas del caballero ypartió con la nota para Cristóbal en el pico.
-No arrulles con palomas extrañas o dejarás caer mi nota - le gritó elcaballero.
Rebecaignoró este comentario desconsiderado. El caballero estaba cada vez másimpaciente, temiendo que hubiera caído presa de alguno de los halcones de cazaque él y otros caballeros habían entrenado. Se estremeció, preguntándose cómohabía podido participar en un deporte tan sucio, y se arrepintió otra vez de suhorrible equivocación.
CuandoMerlín terminó de tocas su laúd y de cantar Tendrásun largo y frío invierno, si tienes un corto y frío corazón, el caballerole expresó sus preocupaciones con respecto a Rebeca.
Merlínle dio confianza con un alegre verso:
-La paloma más lista que jamás haya volado, no puede ir a parar a ningúnguisado.
Enese momento, un gran parloteo se levantó entre los animales. Todos miraban alcielo, así que Merlín y el caballero miraron también. Muy alto, sobre suscabezas, dando círculos para aterrizar, estaba Rebeca.
Elcaballero se puso de pie con gran esfuerzo, el tiempo que Rebeca se posaba enel hombro de Merlín. Cogiendo la nota de su pico, el mago la miró y le dijo alcaballero con gravedad que era de Cristóbal.
-¡Déjamelaver! - dijo el caballero, quitándole el papel... ¡Está en blanco! Exclamó- ¿quéquiere decir esto?
-Quiere decir - dijo Merlín suavemente - que vuestro hijo no os conoce losuficiente como para daros una respuesta.
Elcaballero permaneció quieto un momento, pasmado, luego lanzó un gemido ylentamente cayó al suelo. Intentó retener las lágrimas, pues los caballeros debrillante armadura simplemente no lloran. Sin embargo, pronto su pena levenció. Luego, exhausto y medio ahogado en su yelmo por las lágrimas, elcaballero se quedó dormido.
EL SENDERO DE LA VERDAD
Cuandoel caballero despertó, Merlín estaba sentado silenciosamente a su lado.
-Siento no haber actuado como un caballero - dijo - Mi barba está hecha unasopa.- añadió disgustado.
-No os excuséis - dijo Merlín - Acabáis de dar el primer paso para liberaros devuestra armadura.
-¿Qué queréis decir?
-Ya lo veréis - replicó el Mago. Se puso de pie. Es hora de que os vayáis.
Estomolestó al caballero. Estaba empezando a disfrutar de estar en el bosque conMerlín y los animales. De cualquier manera, le parecía que no tenía adónde ir.Aparentemente, Julieta y Cristóbal no lo querían en casa. Es verdad que podíavolver al asunto de la caballería e ir a alguna cruzada. Tenía muy buenareputación en batalla, y había muchos reyes que se sentirían felices teniéndoloa su lado, pero ya no le parecía que luchar pudiese tener sentido.
Merlínle recordó al caballero su nuevo propósito: liberarse de la armadura.
-¿Porqué molestarse? - preguntó el caballero ásperamente - a Julieta y a Cristóballes daba igual si me la quito o no.
-Hacedlo por vos mismo - sugirió Merlín - El estar atrapado entro todo ese aceroos ha causado muchos problemas, y las cosas empeorarán con el paso del tiempo.Incluso podríais morir a causa de una neumonía por culpa de una barba empapada.
-Supongo que sí, mi barba se ha convertido en un fastidio - replicó el caballero- Estoy cansado de cargar con ella y estoy harto de comer papillas. Ahora quelo pienso, ni siquiera me puedo rascar la espalda cuando me pica.
-¿Y cuando fue la última vez que sentisteis el calor de un beso, olisteis lafragancia de una flor, o escuchasteis una hermosa melodía sin que vuestraarmadura se interpusiera entre vosotros?
-Ya ni me acuerdo - murmuró el caballero con tristeza - Tenéis razón, Merlín.Tengo que liberarme de esta armadura por mí mismo.
-No podéis continuar viviendo y pensando como lo habéis hecho hasta ahora - dijoMerlín - Fue así como os quedasteis atrapado en ese montón de acero alprincipio.
-Pero, ¿cómo puedo cambiar todo eso? - preguntó el caballero intranquilo.
-No es tan difícil como parece - explicó Merlín, conduciendo al caballero haciaun sendero - Éste es el sendero que seguisteis para llegar a estos bosques.
-Yo no seguí ningún sendero - dijo el caballero - ¡Estuve perdido durante meses!
-La gente no suele percibir el senderopor el que transita - replicó Merlín.
-¿Queréis decir que el sendero estaba ahí pero yo no lo podía ver?
-Sí, y podéis regresar por el mismo, si así lo deseáis; pero conduce a ladeshonestidad, la avaricia, el odio, los celos, el miedo y la ignorancia.
-¿Estáis diciendo que yo soy todo eso? - preguntó el caballero indignado.
-En algunos momentos, sois alguna de esas cosas - admitió Merlín en voz baja.
Elmago señaló hacia otro sendero. Era más estrecho que el primero y muy empinado.
-Parece una escalada difícil - observó el caballero.
-Ése- dijo Merlín asintiendo - es el Sendero de la Verdad. Se vuelve más empinado amedida que se acerca a la cima de una lejana montaña.
Elcaballero contempló el empinado camino sin entusiasmo.
-No estoy seguro de que valga la pena. ¿Qué conseguiré cuando llegue a la cima?
-Se trata de lo que no tendréis. - explicó Merlín - ¡Vuestra armadura!
Elcaballero reflexionó sobre esto. Si regresaba por el camino por el que habíavenido, no tendría esperanzas de liberarse de su armadura y, probablementemoriría de soledad y fatiga. La única manera de quitarse la armadura era, porlo visto, seguir el Sendero de la Verdad, aunque pudiese, en tal caso, moririntentando trepar hacia la empinada montaña.
Elcaballero observó el difícil sendero que tenía delante. Luego miró hacia abajo,y contempló el acero que cubría su cuerpo.
-Está bien - dijo con resignación - Probaré el Sendero de la Verdad.
Merlínasintió:
-Vuestra decisión de transitar un sendero desconocido, teniendo que cargar conuna pesada armadura, requiere mucho coraje.
Elcaballero sabía que tenía que comenzar de inmediato, porque, si no, podríacambiar de opinión.
-Iré a buscar mi fiel caballo - dijo
-Oh, no - rebatió Merlín, moviendo la cabeza de lado a lado - El camino tienepartes demasiado estrechas para que un caballo pueda pasar. Tendréis que ir apie.
Horrorizado,el caballero se dejó caer sobre una roca.
-Creo que prefiero morir por culpa de una barba empapada - dijo, perdiendo todoel coraje con una rapidez impresionante.
-No tendrás que viajar solo - le dijo Merlín - Ardilla os acompañará.
-¿Qué pretendéis, que cabalgue sobre una ardilla? - preguntó el caballero,asustado ante la idea de tener por compañera en tan arduo viaje a un animalsabelotodo.
-Puede que no me puedas montar - dijo la ardilla - pero me necesitaréis para queos ayuda a comer. ¿Quien si no, masticará las nueces para vos y las pasará porvuestra visera?
CuandoRebeca oyó la conversación, voló desde un árbol cercano y se posó en el hombrodel caballero.
-Yo también os acompañaré. He estado en la cima de la montaña y conozco elcamino - dijo.
Labuena disposición que mostraban los dos animales para ayudarle, proporcionó alcaballero el coraje que necesitaba.
“Bueno,bueno - se dijo -¡uno de los principales caballeros del reino necesitando queuna ardilla y un pájaro le den coraje!”
Sepuso de pie con gran esfuerzo, indicándole a Merlín que estaba listo paracomenzar el viaje.
Mientrascaminaban por el sendero, el mago sacó una exquisita llave dorada de su cuelloy se la dio al caballero.
-Esta llave abrirá las puertas de los tres castillos que bloquearán vuestrocamino.
-¡Losé! Gritó el caballero - Habrá una princesa en cada castillo, y mataré aldragón que la retiene y la rescataré...
-¡Basta!- lo interrumpió Merlín - No habrá princesas en ninguno de estos castillos. E,incluso si las hubiese, en estos momentos no estáis capacitado para rescatar aninguna. Tenéis que aprender a salvaros vos primero.
Trasla reprimenda, el caballero permaneció en silencio, mientras Merlín continuaba:
-El primer castillo se llama Silencio; el segundo Conocimiento y el terceroVoluntad y Osadía. Una vez hayáis entrado en ellos, encontraréis la salida sólocuando hayáis aprendido lo que habéis ido a aprender.
Desdeel punto de vista del caballero, esto no parecía tan divertido como rescatarprincesas. Además, en aquel momento, visitar castillos no era lo que más leapetecía.
-¿Por qué no puedo simplemente rodear los castillos? Preguntó malhumorado.
-Si lo hacéis, os extraviaréis del sendero y seguramente os perderéis. La únicamanera de llegar a la cima de la montaña es atravesando los castillos - dijoMerlín firmemente.
Elcaballero suspiró profundamente mientras contemplaba la empinada y estrechasenda. Desaparecía entre los altos árboles que sobresalían hacia unas nubesbajas. Presintió que este viaje sería mucho más difícil que una cruzada.
Merlínsabía lo que el caballero estaba pensando.
-Sí - afirmó - es una batalla diferente la que tendréis que librar en el Senderode la Verdad. La lucha será aprender a amaros.
-¿Cómoharé eso? - preguntó el caballero.
-Empezaréispor aprender a conoceros - respondió Merlín - Esta batalla no se puede ganar con la espada, así que la tendréis quedejar aquí - la tierna mirada de Merlín descansó en el caballero por unmomento. Luego añadió -: Si os encontráis con algo con lo que no podáis lidiar,llamadme, y yo acudiré.
-¿Queréis decir que podéis aparecer dondequiera que yo me encuentre?
-Cualquier mago que se precie lo puede hacer - replicó Merlín. Dicho estodesapareció.
Elcaballero quedó asombrado.
-¡Pero bueno... si ha desaparecido!
Ardillaasintió.
-A veces realmente la hace buena.
-Gastaréis toda vuestra energía hablando - les riño Rebeca - Pongámonos enmarcha.
Elyelmo del caballero emitió un chirrido cuando éste asintió. Partieron conArdilla al frente y, detrás, el caballero con Rebeca sobre su hombro. De tantoen tanto, Rebeca volaba en misión exploratoria y volvía para informarles de loque les esperaba más adelante.
Despuésde unas horas, el caballero se derrumbó, exhausto y dolorido. No estabaacostumbrado a viajar sin caballo y con la armadura puesta. Como de todasmaneras era casi de noche, Rebeca y Ardilla decidieron parar para dormir.
Rebecavoló entre los arbustos y regresó con algunas bayas, que empujó a través de losorificios de la visera del caballero. Ardilla fue a un arroyo cercano y llenóalgunas cáscaras de nuez con agua, que el caballero bebió con la pajita queMerlín le había proporcionado. Demasiado agotado como ara esperar a que Ardillale preparara más nueces, se quedó dormido.
Ala mañana siguiente le despertó el sol cayendo sobre sus ojos. La luminosidadle molestaba. Su visera nunca había dejado pasar tanta luz. Mientras intentabaentender este fenómeno, se dio cuenta de que Ardilla y Rebeca le estabanobservando, al tiempo que parloteaban y arrullaban con excitación. Hizo unesfuerzo por sentarse y, de repente, se dio cuenta de que podía ver mucho másque el día anterior, y que podía sentir la fresca brisa en sus mejillas.
¡Unaparte de su visera se había roto y se había caído!
“¿Cómohabrá sucedido?”, se preguntó.
Ardillacontestó a la pregunta que él no había formulado en voz alta.
-Se ha oxidado y se ha caído.
-Pero ¿Cómo? - preguntó el caballero.
-Por las lágrimas que derramasteis después de ver la carta en blanco de vuestrohijo - dijo Rebeca.
Elcaballero meditó sobre esto. La pena que había sentido era tan profunda que suarmadura no había podido protegerle. Al contrario, sus lágrimas habíancomenzado a deshacer el acero que le rodeaba.
-¡Estoes! Gritó - ¡Las lágrimas de auténticos sentimientos me liberarán de laarmadura!
Sepuso de pie más rápido de lo que había hecho en años.
-¡Ardilla! ¡Rebeca! - gritó -¡Espabilad! ¡Vamos al Sendero de la Verdad!
Rebeca yArdilla estaban tan llenas de alegría con lo que estaba sucediéndole alcaballero que no le dijeron que su rima era malísima. Los tres continuaron laascensión de la montaña. Era un día muy especial para el caballero. Notó lasdiminutas partículas iluminadas por el sol que flotaban en el aire, filtrándosea través de las ramas de los árboles. Miró con detenimiento las caras dealgunos petirrojos y vio que no eran todas iguales. Le comentó eso a Rebeca,que dio pequeños saltitos, arrullando alegremente.
- Estáisempezando a ver las diferencias en otras formas de vida porque estáis empezandoa ver las diferencias en vuestro interior.
Elcaballero intentó comprender qué quería decir Rebeca exactamente. Era demasiadoorgulloso para preguntar, pues todavía pensaba que un caballero tenía que sermás listo que una paloma.
Enese preciso momento, Ardilla, que había ido a explorar, regresaba alborotada.
-ElCastillo del Silencio está justo detrás de la próxima subida.
Emocionadoante la idea de ver el Castillo, el caballero apuró el paso. Llegó a la cimadel monte sin aliento. Era verdad, el castillo se veía a lo lejos, bloqueandoel sendero por completo. El caballero les confesó a Ardilla y Rebeca que estabadecepcionado. Había esperado una estructura más elegante. En lugar de eso, elCastillo del Silencio parecía uno más.
Rebecarió y dijo:
-Cuandoaprendáis a aceptar en lugar de esperar, tendréis menos decepciones.
Elcaballero asintió ante la sabiduría de estas palabras.
-He pasado casi toda mi vida decepcionándome. Recuerdo que, estando en la cuna,pensaba que era el bebé más bonito del mundo. Entonces mi niñera me miró y dijo: “Tenéis una caraque sólo una madre puede amar”. Me sentí decepcionado por ser feo en lugar dehermoso, y me decepcionó que la niñera fuera tan poco amable.
-Si realmente os hubierais sentido hermoso, no os hubiera importado lo que elladijo. No os hubierais sentido decepcionado - explicó Ardilla.
Estotenía sentido para el caballero.
-Estoy empezando a pensar que los animales son más listos que las personas.
-El hecho de que podáis decir eso os hace tan listo como nosotros - replicóArdilla.
-No creo que todo esto tenga nada que ver con ser listo - dijo Rebeca - Losanimales aceptan los humanos esperan.Nunca oiréis a un conejo decir: “Espero que el sol salga esta mañana para poderir al lago a jugar”. Si el sol no sale, no le estropeará el día al conejo. Esfeliz siendo un conejo.
Elcaballero pensó en esto. No recordaba a ninguna persona que fuera felizsimplemente por ser una persona.
Alpoco rato llegaron a la puerta del enorme castillo. El caballero cogió la llavedorada de su cuello y la introdujo en la cerradura. Y mientras abría la puerta,Rebeca le dijo:
-Nosotras no iremos contigo.
Elcaballero, que estaba empezando a amar y a confiar en los animales, se sintiódecepcionado por que no le acompañaran. Estaba a punto de decirlo, cuando sedio cuenta. Estaba esperando otra vez.
Losanimales sabían que el caballero dudaba entre entrar o no en el castillo.
-Os podemos mostrar la puerta - dijo Ardilla, pero tendréis que entrar solo.
Alalejarse volando, Rebeca le llamó alegremente.
-Nos encontraremos al otro lado.
EL CASTILLO DEL SILENCIO
Abandonadoa su suerte, el caballero asomó la cabeza con precaución por la puerta delcastillo. Las rodillas te temblaban ligeramente, por lo que producía un ruidometálico a causa de su armadura. Como no quería parecer una gallina frente auna paloma, en caso de que Rebeca pudiera verle, reunió fuerzas y entróvalientemente, cerrando la puerta a sus espaldas.
Porun momento deseó no haber dejado atrás su espada, pero Merlín le habíaprometido que no tendría que matar dragones, y el caballero confiaba en elmago.
Entróen la enorme antesala del castillo y miró a su alrededor. Sólo vio el fuego queardía en una enorme chimenea de piedra en uno de los muros y tres alfombras enel suelo. Se sentó en la alfombra más cercana al fuego.
Elcaballero pronto se dio cuenta de dos cosas: primero, parecía no haber ningunapuerta que lo condujera fuera de la habitación, hacia otras áreas del castillo.Segundo, había un extraordinario y aterrador silencio. Se sobresaltó al notarque el fuego ni siquiera chasqueaba. El caballero pensaba que su castillo erasilencioso, especialmente en las épocas en que Julieta no le hablaba durantedías, pero aquello no era nada comparado con esto. El Castillo del Silenciohacia honor a su nombre, pensó. Jamás en su vida se había sentido tan solo.
Derepente, el caballero se sobresaltó por el sonido de una voz familiar a susespaldas.
-Hola caballero.
Elcaballero se giró y se sorprendió al ver al rey aproximarse desde una esquinalejana de la habitación.
-¡Rey!- dijo con la voz entrecortada - Ni siquiera os había visto. ¿Qué estáishaciendo aquí?
-Lo mismo que vos, caballero: buscando la puerta.
Elcaballero miró a su alrededor otra vez.
-No veo ninguna puerta.
-Uno no puede ver realmente hasta que comprende - dijo el Rey - Cuandocomprendáis lo que hay en esta habitación, podréis ver la puerta que conduce ala siguiente.
-Definitivamente, eso espero, rey - dijo el caballero - Me sorprende veros aquí.Había oído que estabais en una cruzada.
-Eso es lo que dicen siempre que viajo por el Sendero de la Verdad - explicó elrey - Mis súbditos lo entienden mejor así.
Elcaballero parecía perplejo.
-Todo el mundo entiende las cruzadas -dijo el rey - pero muy pocos comprenden la Verdad.
-Sí - asintió el caballero - Yo mismo no estaría en este Sendero si no estuvieraatrapado en esta armadura.
-La mayoría de la gente está atrapada en su armadura - declaró el rey.
-¿Qué queréis decir? - preguntó el caballero.
-Ponemos barreras para protegernos de quienes creemos que somos. Luego un díaquedamos atrapados tras las barreras y ya no podemos salir.
-Nunca pensé que vos estuvierais atrapado, rey. Sois tan sabio... dijo elcaballero.
Elrey soltó una carcajada.
-Soy lo suficientemente sabio como para saber cuándo estoy atrapado, y tambiénpara regresar aquí para aprender más de mí mismo.
Elcaballero estaba entusiasmado, pensando que quizás el rey podría mostrarle elcamino.
-Decidme - dijo el caballero, su rostro iluminado - ¿podríamos atravesar elcastillo juntos? Así no sería tan solitario.
Elrey negó con la cabeza.
-Una vez lo intenté. Es verdad que mis compañeros y yo no nos sentíamos solosporque hablábamos constantemente, pero cuando uno habla es imposible ver lapuerta de salida de esta habitación.
-Quizá podríamos limitarnos a caminar juntos, sin hablar - sugirió el caballero.No le apetecía mucho tener que caminar solo por el Castillo del Silencio.
Elrey volvió a negar con la cabeza, esta vez con más fuerza.
-No, también lo intenté. Hizo que el vacío fuera menos doloroso, pero tampocopude ver la puerta de salida.
Elcaballero protestó.
-Pero si no estabais hablando...
-Permanecer en silencio es algo más que no hablar - dijo el rey - Descubrí que,cuando estaba con alguien, mostraba sólo mi mejor imagen. No dejaba caer misbarreras, de manera que ni yo ni la otra persona podíamos ver lo que yointentaba esconder.
-No lo capto - dijo el caballero.
-Lo comprenderéis - replicó el rey - cuando hayáis permanecido aquí el tiemposuficiente. Uno debe estar solo para poder dejar caer su armadura.
Elcaballero estaba desesperado.
-¡No quiero quedarme aquí solo! -exclamó, golpeando el suelo con el pie, y dejándolo caer involuntariamentesobre el pie del rey.
Elrey gritó de dolor y comenzó a dar saltos.
¡Elcaballero estaba horrorizado! Primero al herrero; ahora al rey.
-Perdonad, señor - dijo, disculpándose.
Elrey se acarició el pie con suavidad.
-Oh, bueno. Esa armadura os hace más daño a vos que a mí - luego, miró alcaballero con expresión sabia -. Comprendo que no queráis quedaros solo en elcastillo. Yo tampoco deseaba las primeras veces que estuve aquí, pero ahora medoy cuenta de que lo que uno ha de hacer aquí, lo ha de hacer solo - Dichoesto, se alejó cojeando al tiempo que decía -: Ahora debo irme.
Perplejo,el caballero preguntó:
-¿A donde vais? La puerta está por aquí.
-Esa puerta es sólo de entrada. La puerta que lleva a la siguiente habitaciónestá en la pared más lejana. La vi, por fin, cuando vos entrabais - dijo elrey.
-¿Quéqueréis decir con que por fin la visteis? ¿No recordabais dónde estaba, de lasotras veces que estuvisteis aquí? - preguntó el caballero, sin comprender porqué el rey continuaba viniendo.
-Uno nunca acaba de viajar por el Sendero de la Verdad. Cada vez que vengo, amedida que voy comprendiendo cada vez más, encuentro nuevas puertas - el rey sedespidió con la mano - Trataos bien, buen amigo.
-¡Aguardad,por favor ! - le suplicó el caballero.
Elrey se volvió y le miró con compasión.
-¿Sí?
Elcaballero, que no podía hacer que tambalease la resolución del rey, pidió:
-¿Hay algún consejo que me podáis dar antes de iros?.
Elrey lo pensó por un momento, luego respondió:
-Esto es un nuevo tipo de cruzada para vos, querido caballero: una que requieremás coraje que todas las otras batallas que habéis conocido antes. Si lográisreunir las fuerzas necesarias y quedaros para hacer lo que tenéis que haceraquí será vuestra mayor victoria.
Dichoesto, el rey se giró y, estirando el brazo como para abrir una puerta,desapareció en la pared, dejando al caballero mirando con incredulidad.
Elcaballero corrió al sitio donde había estado el rey, esperando que, de cerca,también podría ver la puerta. Al encontrar tan sólo lo que parecía ser unapared sólida, comenzó a caminar por toda la habitación. Lo único que el caballeropodía oír era el sonido de su armadura resonando por todo el castillo.
Despuésde un rato, se sentía más deprimido que nunca. Para animarse, cantó un par decanciones de batalla: Estaré contigo parallevarte a una Cruzada, cariño y Dondequiera que deje mi yelmo, es mi casa.Las cantó una y otra vez.
Amedida que su voz se fue cansando, la quietud comenzó a ahogar su canto,envolviéndolo en el silencio más absoluto. Sólo entonces pudo el caballeroadmitir francamente algo que ya sabía: tenía miedo a estar solo.
Enese momento, vio una puerta en la pared más lejana de la habitación. Fue hastaella, la abrió lentamente y entró en otra habitación. Esta otra sala se parecíamucho a la anterior, sólo que era más pequeña. También ésta estaba vacía detodo sonido.
Parapasar el tiempo, el caballero, comenzó a hablar consigo mismo. Decía cualquiercosa que le venía a la mente. Habló de cómo era de pequeño y de qué manera eradiferente de los otros niños que conocía. Mientras cazaban codornices y jugabana “Ponle la cola al burro”, él se quedaba en casa y leía. Como en aquelentonces los libros eran manuscritos de los monjes, había pocos y, muy pronto,los hubo leído todos. Fue entonces cuando comenzó a hablar con todo aquel quepasaba delante de él. Cuando no había con quién hablar, hablaba consigo mismo,igual que ahora.
Seencontró diciendo que había hablado tanto durante toda su vida para evitarsentirse solo.
Elcaballero pensó profundamente sobre esto hasta que el sonido de su propia vozrompió el aterrador silencio.
-Supongo que siempre he tenido miedo de estar solo.
Mientraspronunciaba estas palabras, otra puerta se hizo visible. El caballero la abrióy entró en la siguiente habitación. Era más pequeña aún que la anterior.
Sesentó en el suelo y continuó pensando. Al poco rato, le vino el pensamiento deque toda su vida había perdido el tiempo hablando de lo que había hecho y de loque iba a hacer. Nunca había disfrutado de lo que pasaba en el momento. Yentonces apareció otra puerta. Llevaba a una habitación aún más pequeña que lasanteriores.
Animadopor su progreso, el caballero hizo algo que nunca antes había hecho. Se quedóquieto y escuchó el silencio. Se dicuenta de que, durante la mayor parte de su vida, no había escuchado realmentea nadie ni a nada. El sonido del viento, de la lluvia, el sonido del agua quecorre por los arroyos, habían estado siempre ahí, pero en realidad nunca loshabía oído. Tampoco había oído a Julieta, cuando ella intentaba decirlo cómo sesentía; especialmente cuando estaba triste. Le hacía recordar que él tambiénestaba triste. De hecho, una de las razones por las que había decidido dejarsela armadura puesta todo el tiempo era porque así ahogaba la triste voz deJulieta. Todo lo que tenía que hacer era bajar la visera y ya no la oía.
Julietadebía de haberse sentido muy sola hablando con un hombre envuelto en acero; tansola como el se había sentido en esta lúgubre habitación. Su propio dolor y susoledad afloraron. Comenzó a sentir el dolor y la soledad de Julieta también.Durante años, la había obligado a vivir en un castillo de silencio. Se puso allorar.
Elcaballero lloró tanto que las lágrimas se derramaron por los agujeros de lavisera y empaparon la alfombra que había debajo de él. Las lágrimas fluyeronhacia la chimenea y apagaron el fuego. En realidad, toda la habitación habíaempezado a inundarse, y el caballero se hubiera ahogado si no fuera porque enese preciso instante apareció otra puerta.
Aunqueestaba exhausto por el diluvio, se arrastró hasta la puerta, la abrió y entróen una habitación que no era mucho más grande que el establo de su caballo.
-Me pregunto por qué las habitaciones son cada vez más pequeñas - dijo en vozalta.
Unavoz replicó:
-Porque os estáis acercando a vos mismo.
Sobresaltado,el caballero miró a su alrededor. Estaba solo, o eso había creído. ¿Quién habíahablado?
-Tú has hablado - dijo la voz como respuesta a su pensamiento.
Lavoz parecía venir de dentro de sí mismo. ¿Eso era posible?
-Sí, es posible - respondió la voz - Soy tu verdadero yo.
-Pero si yo soy mi yo verdadero. Protestó el caballero.
-Mírate - pronunció la voz con ligera aversión. Ahí sentado medio muerto, dentrode ese montón de lata, con la visera oxidada y la barba hecha una sopa. Si túeres tu verdadero yo, ¡los dos estamos con problemas!
-Ahora óyeme tú a mí - dijo el caballero - He vivido todos estos años sin oíruna palabra sobre ti. Ahora que oigo, lo primero que me dices es que tú eres miverdadero yo. ¿Por qué no me habías hablado antes?
-He estado aquí durante años - replicó la voz - pero ésta es la primera vez queestás lo suficientemente silencioso como para oírme.
Elcaballero dudó.
-Si tú eres mi verdadero yo, entonces, por favor, dime ¿quién soy yo?
Lavoz replicó amablemente.
-No puedes pretender aprender todo de golpe. ¿Por qué no te vas a dormir?
-Esta bien - dijo el caballero - pero antes, quiero saber cómo debo llamarte.
-¿Llamarme?- preguntó la voz, perpleja - Pero si yo soy tú.
-No puedo llamarte yo. Me confunde.
-Está bien. Llámame Sam.
-¿Por qué Sam?
-¿Ypor qué no? - fue la respuesta.
-Tienes que conocer a Merlín - dijo el caballero, empezando a cabecear decansancio. Luego se le cerraron los ojos mientras se sumergía en un profundo ydulce sueño.
Cuandodespertó, no sabía dónde estaba. Tan sólo era consciente de sí mismo. El restodel mundo parecía haberse desvanecido. A medida que se fue despertando, elcaballero se fue dando cuenta de que Ardilla y Rebeca estaban sentadas sobre supecho.
-¿Cómohabéis entrado aquí? - preguntó.
Ardillarió.
-No estamos ahí.
-Vos estáis aquí - arrulló Rebeca.
Elcaballero abrió más los ojos y se sentó. Miró a su alrededor sorprendido. Sinlugar a dudas, se encontraba sentado sobre el Sendero de la Verdad, al otrolado del Castillo del Silencio.
-¿Cómosalí de allí? - preguntó.
Rebecale respondió:
-De la única manera posible, pensando.
-Lo último que recuerdo - dijo el caballero - es que estaba sentado hablandocon... - Aquí se detuvo. Quería contarles a Rebeca y Ardilla acerca de Sam,pero no era fácil de explicar. Además, podía habérselo imaginado todo. Teníamucho que pensar. El caballero se rascó la cabeza, pero tardó un momento endarse cuenta de que en realidad estaba rascando su propia piel. Se llevó lasdos manos envueltas en acero a la cabeza. ¡Su yelmo había desaparecido! Se tocóla cara y la larga barba -¡Ardilla! ¡Rebeca! - gritó.
-Ya lo sabemos - dijeron en un alegre unísono - Habéis debido llorar otra vez enel Castillo del Silencio.
-Lo hice - replicó el caballero - Pero, ¡cómo puede haberse oxidado todo unyelmo en una noche?
Losanimales rieron con estrépito. Rebeca yacía sin aliento, dando aletazos contrael suelo. Al caballero le pareció que estaba fuera de sus pajarillos. Exigióque le hicieran saber qué era tan gracioso.
Ardillafue la primera en recuperar el aliento.
-No estuvisteis sólo una noche en el castillo.
-Entonces , ¿durante cuánto tiempo?
-¿Y si os dijera que mientras estabais ahí dentro pude haber recogido fácilmentemás de cinco mil nueces?
-¡Diríaque estáis loca! - exclamó el caballero.
-Pues permanecisteis en el castillo durante mucho, muchísimo tiempo - afirmóRebeca.
Elcaballero dejó caer la mandíbula incrédulo. Miró hacia el cielo y, con unaresonante voz, dijo:
-Merlín, debo hablar con vos.
Comohabía prometido, el mago apareció inmediatamente. Iba desnudo, a excepción desu larga barba y estaba completamente mojado. Parecía que el caballero le habíacogido mientras tomaba un baño.
-Lamento la intrusión - dijo el caballero - pero era una urgencia. YO...
-No hay problema - dijo Merlín, interrumpiéndolo - Los magos somos molestados amenudo.- Se sacudió el agua de la barba - Respondiendo a vuestra pregunta, hede deciros que es verdad. Permanecisteis en el Castillo del Silencio por unlargo tiempo.
Merlínno dejaba de sorprender al caballero.
-¿Cómo sabíais lo que quería preguntaros?
-Como me conozco, puedo conoceros. Somos todos parte el uno del otro.
Elcaballero pensó un momento.
-Estoy empezando a entender. ¿He podido comprender el dolor de Julieta porquesoy parte de ella?
-Sí - respondió Merlín - Por eso pudisteis llorar por ella y por vos mismo. Fuela primera vez que derramasteis lágrimas por otra persona.
Elcaballero le dijo a Merlín que se sentía orgulloso. El mago sonrió indulgente.
-Uno no debe sentirse orgulloso por ser humano. Tiene tan poco sentido como queRebeca se sintiera orgullosa por poder volar. Rebeca nació con alas. Vosnacisteis con un corazón, y ahora lo estáis utilizando, como es natural.
-Realmente sabéis cómo desanimar a un amigo, Merlín.
-No era mi intención ser duro con vos. Lo estáis haciendo bien, de no ser así,no hubierais conocido a Sam.
Elcaballero se sintió aliviado.
-Entonces, ¿lo oí realmente? ¿No fue sólo mi imaginación?
Merlínsoltó una risita ahogada.
-No, Sam es real. De hecho, es un yo más real que el que habéis estado llamandoyo durante estos años. No os estáis volviendo loco. Simplemente, estáisempezando a oír a vuestro yo verdadero. Por esta razón el tiempo transcurriósin que os dierais cuenta.
-No lo comprendo - dijo el caballero.
-Comprenderéis cuando hayáis pasado por el Castillo del Conocimiento.
Antesde que el caballero pudiera hacer más preguntas, Merlín desapareció.
EL CASTILLO DEL CONOCIMIENTO
Elcaballero, Ardilla y Rebeca continuaron el viaje por el Sendero de la Verdad,en dirección al Castillo del Conocimiento. Se detuvieron tan sólo dos veces esedía, una para comer y otra para que el caballero afeitara su escuálida barba ycortara su largo cabello con el borde afilado del guantelete. Una vez hechoesto, el caballero tuvo mejor aspecto y se sintió mucho mejor, más libre queantes. Sin el yelmo podía comer nueces sin la ayuda de Ardilla. Aunque habíaapreciado la técnica salvavidas, no consideraba que aquello fuera un modo devida realmente elegante. Se podía alimentar también de frutas y raíces a lasque se había acostumbrado. Nunca más comería paloma ni ninguna otra ave ocarne, pues se daba cuenta que hacerlo sería, literalmente, como comerse a susamigos.
Justoantes de caer la noche, el trío continuó caminando penosamente por un monte ycontempló el Castillo del Conocimiento en la distancia. Era más grande que elCastillo del Silencio, y la puerta era de oro sólido. Era el castillo másgrande que el caballero hubiera visto jamás, incluso más grande que el que elcaballero se había construido. El caballero contempló la impresionanteestructura y se preguntó quién lo habría diseñado.
Enese preciso momento, sus pensamientos fueron interrumpidos por la voz de Sam.
-El Castillo del Conocimiento fue diseñado por el propio universo: la fuente detodo conocimiento.
Elcaballero se sintió sorprendido y a la vez complacido de volver a oír la voz deSam.
-Me alegro que hayas vuelto - dijo
-En realidad, nunca me fui - replicó Sam - recuerda que yo soy tú.
-Por favor, no quiero volver a oír eso. ¿Qué te parezco ahora que me he afeitadoy me he cortado el pelo?
-Es la primera vez que sacas provecho de ser esquilado - replicó Sam.
Elcaballero rió con la broma de Sam. Le gustaba su sentido del humor. Si elCastillo del Conocimiento se asemejaba al Castillo del Silencio, estaría felizde tener a Sam por compañía.
Elcaballero, Rebeca y Ardilla cruzaron el puente levadizo por encima del foso yse detuvieron ante la dorada puerta. El caballero cogió la llave que colgaba desu cuello e hizo girar la cerradura. Al abrir la puerta, le preguntó a Rebeca ya Ardilla si se irían como lo habían hecho en el Castillo del Silencio.
-No - replicó Ardilla - El silencio es para uno; el conocimiento es para todos.
Elcaballero se preguntó cómo era posible que se considerara a una paloma unblanco fácil.
Lostres atravesaron la puerta y penetraron en una oscuridad tan densa que elcaballero no podía ver ni su propia mano. El caballero buscó a tientas lasacostumbradas antorchas que suelen estar en la entrada de los castillos, perono había ninguna. ¿Un castillo con puerta de oro y sin antorchas?
-Incluso los castillos de la zona barata tienen antorchas - refunfuñó elcaballero al tiempo que Ardilla lo llamaba.
Elcaballero tanteó el camino hasta donde se encontraba ella y vio que estabaseñalando una inscripción que brillaba en la pared. Ponía: El conocimiento es la luz que iluminará vuestro camino.
“Preferíauna antorcha”, pensó el caballero, “quien quiera que sea el que gestiona estecastillo, está decidido a reducir las facturas de la luz!
Samhabló:
-Significa que cuantas más cosas sepas, más luz habrá en el interior delcastillo.
-¡Apuestoa que tienes razón, Sam! - exclamó el caballero. Y un rayo de luz se filtró enla habitación.
Enese preciso momento, Ardilla volvió a llamar al caballero para que se reunieracon ella. Había encontrado otra brillante inscripción grabada en la pared:
¿Habéis confundido la necesidad con elamor?
Todavíaperturbado, el caballero masculló:
-Supongo que tengo que encontrar la respuesta para conseguir un poco más de luz.
-Lo estas cogiendo rápidamente - replicó Sam, a lo que el caballero respondióbufando:
-No tengo tiempo para jugar a Preguntas y Respuestas. ¡Quiero encontrar mi caminopor el castillo para poder llegar pronto a la cima de la montaña!
-Tal vez lo que tengáis que aprender aquí sea que tenéis todo el tiempo delmundo - sugirió Rebeca.
Elcaballero no estaba de un ánimo muy receptivo y no tenía ganas de oír sufilosofía. Por un momento consideró la posibilidad de internarse en laoscuridad del castillo e intentar atravesarlo. La negrura, sin embargo, erabastante intimidatoria y, sin su espada, se sentía temeroso. Le pareció que laúnica alternativa que le quedaba era intentar descifrar el significado de lainscripción. Suspiró y se sentó ante ella. La leyó otra vez;”Habéis confundidola necesidad con el amor?”
Elcaballero sabía que amaba a Julieta y a Cristóbal, aunque tenía que admitir quehabía amado más a Julieta antes de que le diera por ponerse bajo los toneles devino y vaciar su contenido en su boca.
San dijo:
-Sí, amabais a Julieta y a Cristóbal, pero, ¿no los necesitabais también?
-Supongo que si - admitió el caballero.
Habíanecesitado toda la belleza que Julieta le añadía a su vida con su inteligenciay su encantadora poesía. También había necesitado las cosas agradables que ellasolía hacer, como invitar amigos para que lo animaran, después de que sequedara atrapado en su armadura.
Seacordó de las épocas en las que el asunto de la caballería había estado bajomínimos y no se podían permitir comprar ropa nueva o contratar sirvientes.Julieta había confeccionado hermosos vestidos para la familia y había preparadodeliciosos platos para el caballero y sus amigos. El caballero reconoció queJulieta había mantenido siempre el castillo muy limpio. Y él le había dadomuchos castillos para limpiar. A menudo habían tenido que mudarse a un castillomás barato cuando él había regresado de las cruzadas sin un chavo. Había dejadoque Julieta hiciera casi todas las mudanzas ella sola, pues él solía estarsiempre en algún torneo. Recordó su aspecto agotado mientras llevaba suspertenencias de un castillo a otro, y cómo se había puesto cuando se vioimposibilitada de tocarlo a causa de la armadura.
-¿No fue entonces cuando Julieta comenzó a ponerse bajo los toneles de vino? -preguntó Sam suavemente.
Elcaballero asintió, y las lágrimas brotaron de sus ojos. Después, se le ocurrióalgo espantoso: no había querido culparse de las cosas que hacía. Habíapreferido culpar a Julieta por todo el vino que bebía. De hecho, le venía bienque ella bebiera, así podía decir que todo era por su culpa, incluyendo elhecho de que él estuviera atrapado en la armadura.
Amedida que el caballero se iba dando cuenta de lo injusto que había sido conJulieta, las lágrimas iban cayendo por sus mejillas. Si, la había necesitadomás de lo que la había amado. Deseó haberla necesitado menos y amado más, perono había sabido como hacerlo.
Mientrascontinuaba llorando, le vino a la cabeza que también había necesitado aCristóbal más de lo que le había amado. Un caballero necesitaba un hijo paraque partiera a las batallas y luchara en nombre de su padre cuando éste sehiciera mayor. Esto no quería decir que el caballero no amara a Cristóbal, puesamaba la belleza de su hijo. También disfrutaba oyéndole decir: “Te quieropapá!, pero, así como había amado estas cosas de Cristóbal, también respondíana una necesidad suya.
Unpensamiento le vino a la mente como un relámpago: ¡Había necesitado el amor deJulieta y Cristóbal porque no se amaba a sí mismo! De hecho, había necesitadoel amor de todas las damiselas que había rescatado y de toda la gente por laque había luchado en las cruzadas porque no se amaba a sí mismo.
Elcaballero lloró aún más al darse cuenta de que si no se amaba, no podía amarrealmente a otros. Su necesidad de ellos se interpondría.
Aladmitir esto, una hermosa y resplandeciente luz brilló a su alrededor, ahídonde antes había habido oscuridad. Una mano se posó suavemente sobre suhombro. Miró a través de sus lágrimas y vio a Merlín que le sonreía.
-Habéis descubierto una gran verdad - le dijo el mago al caballero - Sólo podéisamar a otros en la medida en que os amáis a vos mismo.
-¿Y cómo hago para empezar a amarme? - preguntó el caballero.
-Ya habéis empezado, al saber lo que ahora sabéis - dijo Merlín.
-Sé que soy un tonto - sollozó el caballero.
-No, conocéis la verdad, y la verdad es amor.
Estoconsoló al caballero, que dejó de llorar. A medida que sus lágrimas se fueronsecando, fue notando la luz que había a su alrededor. Era distinta de cualquierluz que hubiera visto antes.
Parecíano venir de ningún lugar, y de todos los lugares a la vez.
Merlínhizo eco del pensamiento del caballero:
-No ha nada más hermoso que la luz del conocimiento.
Elcaballero miró la luz que le rodeaba y luego hacia la lejana oscuridad.
-Para vos no hay oscuridad en este castillo, ¿no es verdad?.
-No - replicó Merlín - Ya no.
Animado,el caballero se puso de pie, listo para continuar. Le agradeció a Merlín porhaber aparecido incluso sin haber sido llamado.
-Está bien - dijo el mago - Uno no siempre sabe cuándo pedir ayuda.
Y,dicho esto, desapareció.
Cuandoel caballero se dispuso a continuar, Rebeca apareció volando desde laoscuridad.
¡Escuchad!- dijo toda emocionada -¡Esperad a ver lo que voy a mostraros!
Elcaballero nunca había visto a Rebeca tan excitada. Normalmente, era más bientranquila, pero ahora no dejaba de dar saltos sobre su hombro, sin podercontenerse mientras guiaba al caballero y a Ardilla hacia un gran espejo.
-¡ Es eso! ¡ Es eso! - gorjeó en vozalta, los ojos brillando de entusiasmo.
Elcaballero tuvo una decepción.
-Es sólo un viejo espejo - dijo impaciente - Vamos, pongámonos en marcha.
-No es un espejo corriente - insistió rebeca - No refleja tu aspecto. Reflejacómo eres de verdad.
Elcaballero estaba intrigado, pero no entusiasmado. Nunca le habían importadomucho los espejos porque nunca se había considerado muy guapo. Pero Rebecainsistió, así que, de mala gana, se colocó ante el espejo y contempló sureflejo. Para su gran sorpresa, en lugar de un hombre alto con ojos tristes ynariz grande, con una armadura hasta el cuello, vio a una persona encantadora yvital, cuyos ojos brillaban con amor y compasión.
-¿Quién es? - preguntó
Ardillarespondió:
-Sois vos.
-Este espejo es un fantasma - dijo elcaballero - Yo no soy así.
-Estáis viendo a vuestro yo verdadero - explicó Sam - el yo que vive bajo esaarmadura.
-Pero - protestó el caballero, contemplándose con atención en el espejo - esehombre es un espécimen perfecto. Y su rostro está lleno de inocencia y debelleza.
-Ése es su potencial - le respondió Sam - ser hermoso, inocente y perfecto.
-Si ése es mi potencial - dijo el caballero - algo terrible sucedió en elcamino.
-Sí - replicó Sam - pusiste una armadura invisible entre tú y tus verdaderossentimientos. Ha estado ahí durante tanto tiempo que se ha hecho visible ypermanente.
-Quizá sí escondí mis sentimientos - dijo el caballero - Pero no podía decirsimplemente todo lo que se me pasaba por la cabeza y hacer todo lo que meapetecía. Nadie me hubiera querido. - El caballero se detuvo al pronunciarestas palabras, pues se dio cuenta que se había pasado la vida intentandoagradar a la gente. Pensó en todas las cruzadas en las que había luchado, losdragones que había matado, y en las damiselas en apuros que había rescatado:todo para demostrar que era bueno, generoso y amoroso. En realidad, no teníaque demostrar nada. Era bueno, generoso y amoroso.
-¡Jabalinas saltarinas! - exclamó - ¡He desperdiciado toda mi vida!
-NO - dijo Sam, rápidamente - No la has desperdiciado. Necesitabas tiempo paraaprender todo lo que has aprendido.
-Todavía tengo ganas de llorar - dijo el caballero.
-Pues, eso sí sería un desperdicio - dijo Sam. Acto seguido, entonó estacanción.
“Laslágrimas de autocompasión no te pueden ayudar. No son del tipo que a tuarmadura puedan eliminar”
Elcaballero no estaba de humor para apreciar ni la canción ni el humor de Sam.
-Deja ya esas pesadas rimas, o te echaré fuera - chilló.
-No me puedes echar - rió Sam - Yo soy tú. ¿No lo recuerdas?
Enese momento, el caballero se hubiera pegado un tiro gustoso con tal de librarsede Sam, más, por fortuna, aún no habían inventado las armas de fuego.Aparentemente, no había manera de librarse de Sam.
Elcaballero se miró al espejo otra vez. La amabilidad, la compasión, el amor, lainteligencia y la generosidad le devolvieron la mirada. Se dio cuenta de quetodo lo que tenía que hacer para tener todas esas cualidades era reclamarlas,pues siempre habían estado ahí.
Anteeste pensamiento, la hermosa luz brilló una vez más, con más fuerza que antes.Iluminó toda la habitación revelando, para sorpresa del caballero, que elcastillo tenía tan sólo una gigantesca habitación.
-Es la construcción estándar para un Castillo del Conocimiento - dijo Sam.
-El verdadero Conocimiento no se divide en compartimientos porque todo procedede una única verdad.
Elcaballero asintió. Estaba listo para partir justo cuando Ardilla se acercócorriendo.
-Este castillo tiene un patio con un gran manzano en el centro.
-Oh, llévame a él - pidió el caballero ansioso, pues empezaba a tener hambre.
Elcaballero y Rebeca siguieron a Ardilla hasta el patio. Las robustas ramas delárbol se torcían por el peso de las manzanas más brillantes y rojas que elcaballero hubiera visto jamás.
-¿Te gustan las manzanas? - preguntó Sam.
Elcaballero se encontró riendo. Luego notó una inscripción grabada en una losajunto al árbol:
Poresta fruta impongo condición, pero ahora aprenderéis acerca de la ambición.
Elcaballero reflexionó sobre esto pero, con franqueza, no tenía ni idea de lo quesignificaba. Finalmente, decidió olvidarlo.
-Si lo haces, no saldremos de aquí - dijo Sam.
Elcaballero gruñó.
-Estas inscripciones son cada vez más difíciles de entender.
-Nadie dijo que el Castillo del Conocimiento fuera fácil - dijo Sam con firmeza.
Elcaballero suspiró, cogió una manzana y se sentó bajo el árbol con Rebeca yArdilla.
-¿Vosotras lo entendéis? - les preguntó.
Ardillanegó con la cabeza.
Elcaballero miró a Rebeca, que también negó con la cabeza.
-Pero lo que sí se - dijo pensativa - es que no tengo ninguna ambición.
-Ni yo - intervino Ardilla - y apuesto a que este árbol tampoco tiene ninguna.
- Tiene razón - dijo Rebeca - Este árbol escomo nosotras. No tiene ambiciones. Quizá vos no necesitéis ninguna.
-Esto está bien para los animales y los árboles - dijo el caballero - Pero ¿quesería una persona si no tiene ambición?
-Feliz - dijo Sam
-No, no lo creo.
-Todos estáis en lo cierto - dijo una voz familiar.
Elcaballero se volvió y vio a Merlín de pie, detrás de él y los animales. El magovestía su larga túnica blanca y llevaba un laúd.
-Estaba a punto de llamaros, Merlín - dijo el caballero.
-Lo sé - replicó el mago - Todo el mundonecesita ayuda para entender a un árbol. Los árboles son felices simplementesiendo árboles, al igual que Rebeca y Ardilla son felices siendo simplemente loque son.
-Pero los humanos somos distintos - protestó el caballero - tenemos mentes.
-Nosotros también tenemos mentes - declaró Ardilla, un tanto ofendida.
-Lo siento. Es sólo que los seres humanos tenemos mentes más complicadas quehacen que deseemos ser mejores - explicó el caballero.
-¿Mejores que qué? - preguntó Merlín, tañendo ociosamente unas notas en su laúd.
-Mejores de lo que somos - respondió el caballero.
-Nacéis hermosos, inocentes y perfectos. ¿Qué podría ser mejor que eso? -demandó Merlín.
-No, quiero decir que queremos ser mejores de lo que pensamos que somos, ymejores que los demás... ya sabéis, como yo, que siempre he querido ser elmejor caballero del reino.
-Ah, si - admitió Merlín - la ambición de vuestra complicada mente os llevó aintentar demostrar que erais mejor que otros caballeros.
-¿Y qué hay de malo en ello? - preguntó el caballero a la defensiva.
-¿Cómo podríais ser mejor que otros caballeros si todos nacisteis tan inocentesy perfectos como erais?
-Al menos era feliz intentándolo - replicó el caballero.
-¿Lo erais? ¿O es que estabais tan ocupado intentando serlo que no podíaisdisfrutar del simple hecho de ser?
-Me estáis confundiendo - musitó el caballero - Sé que las personas necesitantener ambición. Desean ser listas y tener bonitos castillos y poder cambiar elcaballo del año pasado por uno nuevo. Quieren progresar.
-Ahora estáis hablando del deseo del hombre de enriquecerse; pero si una personaes generosa, amorosa, compasiva, inteligente y altruista, ¿cómo podría ser másrica?.
-Esas riquezas no sirven para comprar castillos y caballos - dijo el caballero.
-Es verdad - Merlín esbozó una sonrisa -hay más de un tipo de riquezas, así como hay más de un tipo de ambición.
-A mi me parece que la ambición es la ambición. O deseas progresar o no lodeseas.
-Es más complicado todo eso - respondió el mago - La ambición que proviene de lamente te puede servir para conseguir bonitos castillos y buenos caballos. Sinembargo, sólo la ambición que proviene del corazón puede darte, además, lafelicidad.
-¿Qué es la ambición del corazón? - le cuestionó el caballero.
-La ambición del corazón es pura. No compite con nadie y no hace daño a nadie.De hecho, le sirve a uno de tal manera que sirve a otros al mismo tiempo.
-¿Cómo? - preguntó el caballero, esforzándose por comprender.
-Es aquí donde podemos aprender del manzano. Se ha convertido en un árbolhermoso y maduro, que da generosamente sus frutos a todos. Cuantas más manzanascoge más gente - dijo Merlín - más crece el árbol y más hermoso deviene. Esteárbol hace exactamente lo que un manzano debe hacer: desarrollar su potencialpara beneficio de todos. Lo mismo sucede con las personas que tienen ambicionesdel corazón.
-Pero - objetó el caballero - si me pasara el día regalando manzanas, no podríatener un elegante castillo y no podría cambiar el caballo del año pasado poruno nuevo.
-Vos, como la mayoría de la gente, queréis poseer muchas cosas bonitas, pero esnecesario separar la necesidad de la codicia.
-Decidle eso a una esposa que quiere un castillo en un mejor barrio - replicómordaz el caballero.
Unaexpresión divertida se dibujó en el rostro de Merlín.
-Podríais vender algunas de vuestras manzanas para pagar el castillo y elcaballo. Después podríais dar las manzanas que no necesitarais para que losdemás se alimentasen.
-Este mundo es más fácil para los árboles que para las personas - dijo elcaballero filosóficamente.
-Es una cuestión de percepción - dijo Merlín - Recibís la misma energía vitalque el árbol. Utilizáis la misma agua, el mismo aire y la misma nutrición de latierra. Os aseguro que si aprendéis del árbol podréis dar frutos y no tardaréisen tener todos los caballos y castillos que deseáis.
-¿Queréis decir que podría conseguir todo lo que necesito simplemente quedándomequieto en mi propio jardín? - preguntó el caballero.
Merlínrió.
-A los seres humanos se les dio dos pies para que no tuvieran que permanecer enun mismo lugar, pero si se quedaran quietos más a menudo para poder aceptar yapreciar, en lugar de ir de aquí para allá intentando apoderarse de todo lo quepueden, entenderían verdaderamente lo que es la ambición del corazón.
Elcaballero permaneció en silencio, reflexionando sobre las palabras de Merlín.Estudió el manzano que florecía ante sus ojos. Observó a Ardilla, a Rebeca y aMerlín. Ni el árbol ni los animales tenían ambición, y la ambición de Merlínprovenía sin duda de su corazón. Todos permanecían sanos y felices; eranhermosos especimenes de la vida.
Despuéspensó en sí mismo: escuálido y con una barba que empezaba a tener mal aspecto.Estaba malnutrido, nervioso, y exhausto por tener que arrastrar su pesadaarmadura. Había adquirido todo esto por su ambición mental, y ahora comprendíaque todo eso debía cambiar. La idea le inspiraba temor, pero luego pensó que yalo había perdido todo, así que ¿qué más podía perder?.
-A partir de este momento, mis ambiciones vendrán del corazón - prometió elcaballero.
Mientraspronunciaba estas palabras, el castillo y Merlín desaparecieron, y el caballerose encontró otra vez en el Sendero de la Verdad, con Rebeca y Ardilla. Junto alsendero se extendía un cabrilleante arroyo. Sediento, se arrodilló para beberde su agua y notó con sorpresa que la armadura que cubría sus brazos y piernasse había oxidado y caído. Su barba había crecido. Era evidente que el Castillodel Conocimiento, al igual que el Castillo del Silencio, había jugado con eltiempo.
Elcaballero reflexionó sobre este extraño fenómeno y no tardó en darse cuenta deque Merlín estaba en lo cierto. Decidió que era verdad, que el tiempotranscurría con rapidez cuando uno se escuchaba a sí mismo. Recordó cuántasveces el tiempo se había hecho eterno mientras él esperaba que otras personaslo llenaran.
Ahoraque todo lo que quedaba de su armadura era el peto, el caballero se sintió másligero y más joven de lo que se había sentido en años. También descubrió que nose había sentido tan bien consigo mismo desde hacía mucho tiempo. Con el pasofirme de un muchacho, partió hacia el Castillo de la Voluntad y la Osadía conRebeca volando sobre su cabeza y Ardilla corriendo a sus pies.
EL CASTILLO DE LA VOLUNTAD Y LA OSADÍA
Haciael amanecer del día siguiente, el inverosímil trío llegó al último castillo.Era más alto que los otros y sus muros parecían más gruesos. Confiado de queatravesaría velozmente este castillo, el caballero cruzó el puente levadizo conlos animales.
Cuandoestaban a medio camino se abrió de golpe la puerta del castillo y un enorme yamenazador dragón, cubierto de relucientes escamas verdes, surgió de suinterior, echando fuego por la boca. Espantado, el caballero se paró en seco.
Habíavisto muchos dragones, pero éste no se parecía a ninguno. Era enorme, y lasllamas salían no sólo de su boca, como sucedía con cualquier dragón común ycorriente, sino también de sus ojos y oídos. Y, por si eso fuera poco, lasllamas eran azules, lo cual quería decir que este dragón tenía un altocontenido de butano.
Elcaballero buscó su espada, pero su mano no encontró nada. Comenzó a temblar.Con una voz débil e irreconocible, el caballero pidió ayuda a Merlín, más, parasu desesperación, el mago no apareció.
-¿Por qué no viene? - preguntó ansiosamente, al tiempo que esquivaba unallamarada azul del monstruo.
-No lo sé - replicó Ardilla - Normalmente se puede contar con él.
Rebeca,sentada sobre el hombre del caballero, ladeó la cabeza y escuchó con atención.
-Por lo que he podido captar, Merlín está en París, asistiendo a una conferenciasobre magos.
“Nome puede abandonar ahora”, se dijo el caballero. “Me prometió que no habríadragones en el Sendero de la Verdad”
-Se refería a dragones comunes y corrientes - rugió el monstruo con una voz quehizo temblar los árboles y que por pocohizo caer a Rebeca del hombro del caballero.
Lasituación parecía seria. Un dragón que podía leer las mentes eradefinitivamente lo peor que se podía esperar pero, de alguna manera, elcaballero logró dejar de temblar. Con la voz más fuerte y potente que pudo,gritó:
-¡Fuera de mi camino, bombona de butano gigante!.
Labestia bufó, lanzando fuego en todas direcciones.
-Caramba, ¡qué atrevido el gatito asustado!
Elcaballero, que no sabía que más hacer, intentó ganar tiempo.
-¿Qué haces en el Castillo de la voluntad y la Osadía? - preguntó.
-¿Hay algún sitio mejor donde yo pueda vivir? - Soy el Dragón del Miedo y laDuda.
Elcaballero reconoció que el nombre era muy acertado. Miedo y duda eraexactamente lo que sentía.
Eldragón volvió a vociferar:
-Estoy aquí para acabar con todos los listillos que piensan que pueden derrotara cualquiera simplemente porque han pasado por el Castillo del Conocimiento.
Rebecasusurró al oído del caballero:
-Merlín dijo una vez que el conocimiento de uno mismo podía matar al Dragón delMiedo y la Duda.
-¿Y tu lo crees? - susurró al caballero.
-Sí - afirmó Rebeca con firmeza.
-¡Pues, entonces, encárgate tú de ese lanzallamas verde! - El caballero diomedia vuelta y cruzó el puente levadizo corriendo, en retirada.
-¡Jo,jo,jo! - rió el dragón, y con su último “jo” por poco quema los pantalonesdel caballero.
-¿Os retiráis después de haber llegado tan lejos? - preguntó Ardilla, mientrasel caballero se sacudía las chispas de la espalda.
-No lo sé - replicó él - He llegado a habituarme a ciertos lujos, como vivir.
San intervino.
-¿Cómo te soportas si no tienes la voluntad y la osadía de poner a prueba elconocimiento que tienes de ti mismo?
-¿Tú también crees que el conocimiento de uno mismo puede matar al Dragón delMiedo y la Duda? - preguntó el caballero.
-Por supuesto. El conocimiento de uno mismo es la verdad y ya sabes lo quedicen: “la verdad es más poderosa que la espada”.
-Ya sé que eso es lo que se dice, pero ¿hay alguien que lo haya probado y hayasobrevivido? - preguntó sutilmente el caballero.
Tanpronto como acabó de pronunciar estas palabras, el caballero recordó que nonecesitaba probar nada. Era bueno, generoso y amoroso. Por lo tanto, no debíasentir ni miedo ni dudas. El dragón no era más que una ilusión.
Elcaballero dirigió la mirada a través del puente hacia donde se encontraba elmonstruo lanzando fuego hacia unos arbustos, por lo visto para no perder lapráctica. Con el pensamiento en la mente de que el dragón sólo existía si élcreía que existía, el caballero inspiró profundamente y, con lentitud, volvió aatravesar el puente levadizo.
Eldragón, por supuesto, fue a su encuentro, bufando y echando fuego. Esta vez,sin embargo, el caballero siguió adelante. Pero el coraje del caballero notardó en comenzar a derretirse, al igual que su barba, con el calor de lasllamaradas del dragón. Con un grito de temor y angustia, dio media vuelta ysalió corriendo.
Eldragón dejó escapar una poderosa carcajada y disparó un chorro de fuego contrael caballero en retirada. Con un aullidode dolor, el caballero atravesó el puente como una bala, con Rebeca y Ardillatras él. Al divisar un pequeño arroyo, sumergió rápidamente su chamuscadotrasero en el agua fresca, sofocando las llamas en el acto.
Ardillay Rebeca intentaban consolarlo desde la orilla.
-Habéis sido muy valiente - dijo Ardilla.
-No está mal por tratarse del primer intento - añadió Rebeca.
Sorprendido,el caballero la miró desde donde estaba.
-¿Cómo que el primer intento?
Ardillale respondió con toda naturalidad:
-Tendréis más suerte la segunda vez
Elcaballero respondió enfadado:
-Tú irás la segunda vez.
-Recordad que el dragón es sólo una ilusión - dijo Rebeca.
-¿Y el fuego que sale de su boca? ¿Eso también es una ilusión?
-En efecto - respondió Rebeca - el fuego también era una ilusión.
-Entonces, ¿cómo es que estoy sentado en este arroyo con el trasero quemado? -exigió el caballero.
-Porque vos mismo hicisteis que el fuego fuera real, le dais el poder de quemarvuestro trasero o cualquier otra cosa - dijo Ardilla.
-Tienes razón - corroboró Sam - Debes regresar y enfrentarte al dragón de una vez por todas.
Elcaballero se sintió acorralado. Eran tres contra uno. O, mejor dicho, dos ymedio contra uno; la mitad Sam del caballero estaba de acuerdo con Ardilla yRebeca, mientras que la otra mitad quería permanecer en el arroyo.
Mientrasel caballero luchaba contra un coraje que flaqueaba, oyó a Sam decir:
-Dios le dio coraje al hombre. El hombre da coraje a Dios.
-Estoy harto de intentar comprender el significado de las cosas. Prefieroquedarme sentado en el arroyo y descansar.
-Mira - lo animó Sam - si te enfrentas al dragón, hay una posibilidad de que loelimines, pero si no te enfrentas a él, es seguro que él te destruirá.
-Las decisiones son fáciles cuando sólo hay una alternativa - dijo el caballero. Se puso en pie de mala gana, inspiró profundamente y cruzó el puente levadizouna vez más.
Eldragón le miró incrédulo. Era un tipo verdaderamente terco.
-¿Otra vez? - bufó - Bueno, esta vez sí que te pienso quemar.
Peroesta vez el caballero que marchaba hacia el dragón era otro; uno que cantabauna y otra vez: “el miedo y la duda son ilusiones”.
Eldragón lanzó gigantescas llamaradas contra el caballero una y otra vez pero,por más que lo intentaba, no lograba hacerlo arder.
Amedida que el caballero se iba acercando, el dragón se iba haciendo cada vezmás pequeño, hasta que alcanzó el tamaño de una rana. Una vez extinguida sullama, el dragón comenzó a lanzar semillas. Estas semillas - las Semillas de laDuda - tampoco lograron detener al caballero. El dragón se iba haciendo aún máspequeño a medida que continuaba avanzando con determinación.
-¡He vencido! - exclamó el caballero victorioso.
Eldragón apenas podía hablar.
-Quizás esta vez, pero regresaré una y otra vez para bloquear tu camino.
Dichoesto, desapareció con una explosión de humo azul.
-Regresa siempre que quieras - le gritó el caballero - Cada vez que lo hagas, yoseré más fuerte y tú más débil.
Rebecavoló y aterrizó en el hombro del caballero.
-Lo veis, yo tenía razón. El conocimiento de uno mismo puede matar al Dragón delMiedo y la Duda.
-Si realmente creías que era sí, ¿por qué no me acompañaste cuando me acerqué aldragón? - preguntó el caballero, que ya no se sentía inferior a su amigaemplumada.
Rebecamullió sus plumas.
-No quería interferir. Era vuestro viaje.
Divertido,el caballero estiró el brazo para abrir la puerta del castillo, pero ¡elCastillo de la Voluntad y la Osadía había desaparecido!
Sam le explicó:
-No tienes que aprender sobre la voluntad y la osadía porque acabas de demostrarque ya la posees.
Elcaballero echó la cabeza hacia atrás, riendo de pura alegría. Podía ver la cimade la montaña. El sendero parecía aún más empinado que antes, pero noimportaba.
Sabíaque ya nada le podía detener.
LA CIMA DE LA VERDAD
Centímetroa centímetro, palmo a palmo, el caballero escaló, con los dedos ensangrentadospor tener que aferrarse a las afiladas rocas. Cuando ya casi había llegado a lacima, se encontró con un canto rodado que bloqueaba su camino. Como siempre,había una inscripción sobre él: aunqueeste Universo poseo, nada poseo, pues no puedo conocer lo desconocido si meaferro a lo conocido.
Elcaballero se sentía demasiado exhausto para superar el último obstáculo.Parecía imposible descifrar la inscripción y estar colgado de la pared de lamontaña al mismo tiempo, pero sabía que debía intentarlo.
Ardillay Rebeca se sintieron tentadas de ayudarle, pero se contuvieron, pues sabíanque a veces la ayuda puede debilitar a un ser humano.
Elcaballero inspiró profundamente, lo que le aclaró un poco la mente. Leyó la última parte de la inscripción en voz alta: “Pues no puedo conocer lodesconocido si me aferro a lo conocido”.
Elcaballero reflexionó sobre algunas de las cosas “conocidas” a las que se habíaaferrado durante toda su vida. Estaba su identidad - quién creía que era y queno era - Estaban sus creencias - aquello que él pensaba que era verdad y lo queconsideraba falso - Y estaban sus juicios - las cosas que tenía por buenas yaquellas que consideraba malas.
Elcaballero observó la roca y un pensamiento terrible cruzó por su mente: también conocía la roca a la cual se aferraba para seguir con vida. ¿Quería decir la inscripción que debía soltarse y dejarse caer al abismo de lo desconocido?
-Lo has cogido caballero, - dijo Sam - Tienes que soltarte.
-¿Qué intentas hacer, matarnos a los dos? Gritó el caballero.
-De hecho, ya estamos muriendo ahora mismo - dijo Sam - Mírate. Estás tandelgado que podrías deslizarte por debajo de una puerta, y estas lleno deestrés y miedo.
-No estoy tan asustado como antes - dijo el caballero.
-En ese caso, déjate ir y confía -. Dijo Sam
-¿Qué confíe en quién? - replicó el caballero enfadado. Estaba harto de la filosofía de Sam.
-No es un quién - respondió Sam - ¡ No es un quién sino un qué!
-¿Un qué? - preguntó el caballero.
-Sí - dijo Sam - La vida, la fuerza, el universo, Dios, como quieras llamarlo.
El caballero miró por encima de su hombro y vio el abismo aparentemente infinitoque había debajo de él.
-Déjate ir - le susurró Sam con urgencia.
El caballero no parecía tener alternativa. Perdía fuerza en cada segundo que pasaba y la sangre brotaba de sus dedos allí donde se aferraban a la roca.Pensando que moriría, se dejó ir y se precipitó al abismo, a la profundidad infinita de sus recuerdos.
Recordó todas las cosas de su vida de las que había culpado a su madre, a su padre, a sus profesores, a su mujer, a su hijo, a sus amigos y a todos los demás. A medida que caía en el vacío, fue desprendiéndose de todos los juicios que había hecho contra ellos.
Fue cayendo cada vez más rápidamente, vertiginosamente, mientras su mente descendía hacia su corazón. Luego, por primera vez en su vida, contempló su vida con claridad, sin juzgar y sin excusarse. En ese instante, aceptó toda la responsabilidad por su vida, por la influencia que la gente tenía sobre ella, y por los acontecimientos que le habían dado forma.
A partir de ese momento, fuera de si mismo, nunca más culparía a nada ni a nadiede todos los errores y desgracias. El reconocimiento de que él era la causa, no el efecto, le dio una nueva sensación de poder. Ya no tenía miedo.
Le sobrevino una desconocida sensación de calma y algo muy extraño le sucedió:¡empezó a caer hacia arriba! ¡Sí, parecía imposible, pero caía hacia arriba,surgiendo del abismo! Al mismo tiempo, se seguía sintiendo conectado con lo más profundo de él, con el centro de la Tierra. Continuó cayendo hacia arriba,sabiendo que estaba unido al cielo y la Tierra.
Repentinamente,dejó de caer y se encontró de pie en la cima de la montaña y comprendió el significado de la inscripción de la roca. Había soltado todo aquello que había temido y todo aquello que había sabido y poseído. Su voluntad de abarcar lo desconocido le había liberado. Ahora el universo era suyo, para sere xperimentado y disfrutado.
Elcaballero permaneció en la cima, respirando profundamente y le sobrevino una sobrecogedora sensación de bienestar. Se sintió mareado por el encantamiento de ver, oír y sentir el universo que le rodeaba. Antes, el temor a lo desconocido había entumecido sus sentidos, pero ahora podía experimentar todo con una claridad sorprendente. La calidez del sol del atardecer, la melodía de la suave brisa de la montaña y la belleza de las formas y los colores de la naturaleza que pintaban el paisaje, causaron un placer indescriptible al caballero. Su corazón rebosaba de amor: por sí mismo, por Julieta y Cristóbal, por Merlín,por Ardilla y por Rebeca, por la vida y por todo el maravilloso mundo.
Rebeca y Ardilla observaron al caballero ponerse de rodillas, con lágrimas de gratitud surgiendo de sus ojos.
“Casi muero por todas las lágrimas que no derramé”, pensó. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, por su barba y por su peto. Como provenían de su corazón,estaban extraordinariamente calientes, de manera que no tardaron en derretir loque quedaba de su armadura.
El caballero lloraba de alegría. No volvería a ponerse la armadura y cabalgar en todas direcciones nunca más. Nunca más vería la gente el brillante reflejo del acero, pensando que el sol estaba saliendo por el norte o poniéndose por el oeste.
Sonrió a través de sus lágrimas, ajeno a que una nueva y radiante luz irradiaba de él;una luz mucho más brillante y hermosa que la de su pulida armadura, una luz destellante como un arroyo, resplandeciente como la luna, deslumbrante como el sol.
PORQUE AHORA EL CABALLERO ERA EL ARROYO.
ERA LA LUNA.
ERA EL SOL.
PODÍA SER TODAS LAS COSAS A LA VEZ, Y MÁS,
PORQUE ERA UNO CON EL UNIVERSO.
ERA AMOR.
FIN